Raúl García Araujo

Estados Unidos ya vio mexicanizado su proceso político electoral. Después de las pasadas elecciones presidenciales, el vecino país ya no será el mismo ante los ojos del mundo, y mucho menos frente a los mexicanos. El libro “Vecinos Distantes”, de Alan Riding, tendrá que ser replanteado, a la inversa, a la luz del actual proceso político, para entender lo que está emergiendo de la batalla Donald Trump vs Joe Biden. 

Los conceptos fraude, conteo y reconteo, vistos a años luz del país que se suponía tenía uno de los sistemas electorales más controlados -que no perfectos y democráticos- del mundo, asomaron su rostro, quizás para no retirarse. 

Todo parece indicar que lo único que suavizaría los ánimos de los estadounidenses podría ser una gran reforma política, de esas de las que en México son marca registrada, tras cada proceso electoral cuestionado, y de las que la clase política mexicana tiene que dar clases magistrales a su homóloga de Estados Unidos. 

Y de eso hay más que muestras a lo largo de la historia moderna del país, como lo fue la reforma de 1953, con el presidente Adolfo Ruiz Cortines, que permitió el voto de la mujer; la de 1977 (la Ley de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales -LOPPE-), derivada de la inconformidad de los partidos políticos con la inequidad política y que los llevó a no presentar candidato presidencial alguno, lo que propició que José López Portillo fuera el único candidato y a la postre, presidente de la República. 

La de 1988, derivada de lo que para muchos fue un fraude electoral contra Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del último general, presidente del país, Lázaro Cárdenas del Río, y padre del coordinador de asesores del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien a raíz de ese movimiento de inconformidad dentro de las filas del PRI, por la postulación de Carlos Salinas de Gortari, formó parte del Frente Democrático Nacional. 

Ese Frente agrupó a los partidos Auténtico de la Revolución Mexicana, de Carlos Enrique Cantú Rosas; Popular Socialista, de Jorge Cruishank García y Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, de Rafael Aguilar Talamantes, y más tarde el Partido Mexicano Socialista, tras la declinación a la candidatura presidencial del ingeniero Heberto Castillo Martínez. 

Los detonadores de ese movimiento que minó al PRI, el cual ya nunca más fue el mismo, en términos de su poderío político, fueron sin duda Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Ignacio Castillo Mena, entre otros, con la formación de la Corriente Democrática del PRI, y cuyo antecedente inmediato fue la corriente crítica del PRI, de Rodolfo González Guevara y dos combativos e ideologizados jóvenes Ramiro de la Rosa y Alejandro Rojas Díaz Durán, actualmente uno de los principales activos de MORENA. Ambos hechura de González Guevara, de quien ya nadie se acuerda, y de Muñoz Ledo. 

De ese multicitado fraude, que favoreció al candidato oficial, y posterior presidente Carlos Salinas de Gortari, surgió una reforma política, que arrojó como resultado la ciudadanización del proceso electoral, antes en manos de la Secretaría de Gobernación, a cargo en esos momentos convulsos de Manuel Bartlett Díaz, quien es recordado desde entonces por muchos por haber tirado el sistema electoral, para propiciar el arribo de Salinas de Gortari a la presidencia de México. 

La reforma del expresidente Ernesto Zedillo, cuya propuesta ha sido la única que verdaderamente trastocó, y no gatopardeó al Poder Judicial de la Federación. Zedillo disolvió a la Suprema Corte y nombró a una nueva, con nuevas características y dimensiones, y lo hizo de manera magistral que pudo sortear el vacío que se produjo entre la disuelta y la nueva, con tal solo once integrantes, con solo quince años de vigencia de los ministros, y no de manera vitalicia, como eran los 24 de antes. La amnesia política ha arrojado al baúl de los no recuerdos, ese hecho histórico. 

La reforma política de Felipe Calderón, obligada por el reclamo de fraude electoral, del entonces candidato presidencial, López Obrador, quien lo calificó como «el presidente espurio», y la cual no rindió frutos, salvo para terminar con más pena que gloria su sexenio púrpura. 

Y también están las llamadas reformas estructurales anheladas por el presidente Enrique Peña Nieto, que se van derrumbando a pedazos, conforme avanza el gobierno de la Cuarta Transformación. 

Es así que la clase política mexicana tienen mucho que aportar en este sentido a una clase política estadounidense tocada por «el fraude» del que habla el todavía presidente Donald Trump. 

Bien hará el gobierno futuro de Biden, a través de la embajada estadounidense, en acercarse a la clase política de nuestro país para aprender de esas lecciones de ciencia política, a fin de lograr trascender ese difícil camino que significa tener una sociedad lastimada, herida, producto de esa polarización, en la que incidieron los candidatos, pero también  la sociedad (actores, músicos, cantantes deportistas, etcétera), los medios de información, que trastocando el deber ser del periodismo, ejercieron una labor militante, y la sociedad en general, a través de las diversas expresiones que permiten las redes sociales. Nadie es ajeno a ello. 

En Cortito: Nos cuentan que en la Secretaría de Relaciones Exteriores la decisión fue unánime del cuerpo diplomático de nuestro país de asumir La Doctrina Carranza de respetar las leyes y soberanía, antes y durante las elecciones del país del norte. Es por ello, que la decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador fue de no felicitar al candidato demócrata y presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden hasta que se cierre la elección presidencial. La construcción de puentes de comunicación es sólida, incluso, los equipos diplomáticos mantienen comunicación todos los días para ampliar la relación binacional entre ambas naciones. El canciller mexicano basa sus argumentos en la mesura, prudencia y respeto con el equipo de trabajo del presidente número 46 de los Estados Unidos. De parte de nuestro país, trabaja en ello, la embajadora de México en Estados Unidos, Martha Bárcena y el director general de América del Norte, Roberto Velasco. Incluso, ya se maneja la posibilidad de una eventual comunicación entre López Obrador y Joe Biden.

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