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Manuel Lino / Los Intangibles.com

A “los ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos diecinueve años” Hernán Cortés, sus soldados y el cronista Bernal Díaz del Castillo entraron a la gran ciudad de “Tenustitán”. Habían pasado la noche anterior en “Estapalapa”, así lo escribió al principio el cronista, y unas páginas después corrigió la ortografía a Iztapalapa. 

Unos breves párrafos del relato de Díaz del Castillo sobre su llegada a este dominio menor del imperio azteca nos habla mucho de lo que debió ser la biotecnología de la época.

Apenas iban llegando cuando escribió: “Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua y en tierra firme otras grandes poblazones… nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”.

En Tlaxcala, “desde que entramos en lo poblado no cabían por las calles y azoteas de tantos indios e indias que nos salían a ver con rostros muy alegres, y trajeron obra de veinte piñas hechas de muchas rosas de la tierra, diferenciados los colores y de buenos olores…”.

En Cholula, “todos los más traían vestidas unas ropas de algodón de hechuras de marlotas…”

Ya en los palacios donde los aposentaron, además de maravillarse por el tamaño de la construcción y el labrado de las piedras, hablan de “la madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos… y entoldados con paramentos de algodón”. Cuando fueron a la huerta y el jardín, “fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra…“

Y eso que todavía estaban en los dominios de caciques y “papas” menores, aún no llegaban a la capital del gran imperio de “Montezuma”.

La maravilla y la sorpresa de los europeos estaba plenamente justificada, pero hubieran quedado aun más sorprendidos y maravillados de haber conocido las circunstancias en que se desarrolló la agricultura en lo que ahora llamamos América. 

Y quizá habría que decir “las agriculturas”, pues hay múltiples evidencias de que a lo largo del continente americano, se desarrollaron técnicas de cultivo que los europeos no supieron reconocer como tales y, por tanto, las ignoraron y suplieron. Desde las plataformas para crecer papas, que son parientes de los jitomates, hasta las aparentemente “naturales” praderas norteamericanas y selvas amazónicas son, según evidencias encontradas en los últimos años, obra de seres humanos.

La banana inane

Pregunta: si el plátano es una fruta ¿por qué no tiene semillas? Los plátanos tienen semillas, pero son casi imperceptibles; son los puntitos negros que se ubican entorno al centro, que, además de minúsculos, son inútiles: si se les siembra no crece una nueva planta de plátano y no son producto de la reproducción sexual. De hecho, para reproducirse, necesitan de los seres humanos.

Una relación de dependencia de este tipo puede suceder simplemente por coevolución. Hay, por ejemplo, semillas que no germinan a menos que pasen por el tracto digestivo de una determinada ave o mono, y no por eso decimos que estos últimos desarrollaron una forma de agricultura.

Si lo podemos decir, en cambio, de los seres humanos que de manera consciente fueron seleccionando las plantas, acondicionando el terreno, adaptándose y conociendo las estaciones del año; pero con las especies del género Musa (los plátanos), uno de los cultivos más antiguos de la humanidad y de las cuales actualmente hay unas mil variedades domesticadas, sucedió algo más.

Después del estrecho de Bering

Hace al menos 15 mil años, por el estrecho de Bering pasó un grupo de seres humanos de los que descienden las poblaciones del continente americano. Es difícil imaginar los retos a los que se enfrentaron.

El continente africano y lo que actualmente es Sudamérica se separaron hace unos 135 millones de años y hace unos 65 millones de años lo hicieron Norte América y Eurasia, que hasta entonces estaban unidas por una pequeña porción de tierra. Es decir, hubo millones de años para que la flora y la fauna de ambas partes del mundo evolucionaran de manera independiente.

Así, los primeros humanos en América se enfrentaron a un mundo muy distinto al que conocían. Al principio, la caza fue la principal fuente de alimento. No tardaron mucho en extinguir a las especies de gran tamaño que había en el continente, como los mamuts, y no tuvieron la fortuna de poder domesticar a algunas de ellas. De hecho, se sospecha que fue la falta de alimento debida a la extinción de la megafauna lo que condujo al explosivo desarrollo de la agricultura.  

Evidencias halladas en el valle de Tehuacán indican que la agricultura en Mesoamérica empezó hacía el año 5 mil antes de Cristo, con la domesticación de plantas como, chiles, aguacates, frijoles, calabazas y zapote negro; sin embargo (según el volumen Los orígenes de la Historia Económica de México de Enrique Semo) cubría alrededor del 5% de la alimentación.

Fue hasta después del 3000 aC que empezó a haber agricultores sedentarios, aunque se calcula que al principio solo poco más del 20% de su alimentación provenía de esa fuente. La diferencia, por supuesto, la empezó a marcar el cultivo del maíz.

De humilde pasto a divinidad

El maíz es distinto a los otros cereales que han servido de sustento a las grandes y populosas civilizaciones de la historia, como el arroz, el trigo o la cebada; pues, aunque a nivel genético hay muchas semejanzas entre ellos, el maíz es el único que si se le dejara de cultivar desaparecería. El maíz no puede reproducirse por sí mismo.

Está incapacidad tiene una base muy distinta a la del plátano, ya que las semillas o granos del maíz son muy grandes, pero la resistente cubierta de hojas que tienen en torno, hace que sea necesaria la mano humana para poder diseminarse y germinar; además, tiene que ver con el peculiar origen del maíz, que también es distinto al de otros granos. 

Los ancestros salvajes de cualquier cereal que no sea el maíz son fáciles de ubicar y, además, son comestibles. En cambio, no existe como tal el maíz salvaje y el ancestro más cercano que se ha ubicado, el teocintle o teosinte, es casi incomible, por lo duro y leñoso de los granos, poco nutritivo y, a la vista, muy distinto al maíz.

Lo más sorprendente es que aún no está claro cómo fue que los antiguos habitantes del sur oeste de México lograron convertir al teosinte en maíz.

Hasta finales del siglo XX aún existían dos hipótesis. Una planteaba que el maíz es una especie resultante de la hibridación de un pariente cercano del maíz con una planta del género Tripsacum; otra, que el teosinte era el único ancestro, lo cual requeriría que los cultivadores fueran seleccionando cuidadosamente las mutaciones que podían conducir a que el teosinte dejara de ser una hierba cualquiera.

Como señala Charles Mann en su libro 1491, ambas hipótesis requieren de una gran capacidad biotecnológica, y cita a la reconocida biotecnóloga Nina Federoff cuando escribió que la creación del maíz había sido “posiblemente la primera y quizá la más grande hazaña de ingeniería genética lograda por el ser humano”. 

A principios del siglo XXI, la evidencia genética y arqueológica sustentó la hipótesis de que el teosinte es el único ancestro del maíz y que la divergencia entre ambos empezó a ocurrir hace unos 9 mil años alrededor del río Balsas (actuales Guerrero y Michoacán), aunque donde después se generaron la mayor cantidad de variedades fue en las actuales en Oaxaca y Puebla. 

El maíz del futuro

Actualmente, la producción agrícola mundial debe alimentar a más de 7 mil millones de personas. Esta demanda depende, sobre todo, de los cultivos de maíz, arroz y trigo, que aportan el 50% del consumo alimentario total del mundo. Para 2050 seremos 9 mil millones; sin embargo, la productividad está amenazada por una multitud de factores, como el cambio climático y la degradación de los suelos. 

De los tres cereales, el más productivo es el maíz y, por diversos factores, podría ser determinante para sobrevivir en el futuro.

Se calcula que la diversidad genética del maíz es más de 10 veces superior que la de los humanos, resultado de las distintas tecnologías de mejora aplicadas desde que comenzó la modificación del teosinte, por lo que, además de las variedades tradicionales que se hicieron en México, hay muchos tipos nuevos de maíz desarrollados para propósitos específicos y en los que se ha aumentado cierto tipo de rendimiento. 

Así, se ha generado maíz con alto contenido de amilosa, con alto contenido de aceite, maíz con proteína de alta calidad, maíz dulce, maíz palomero, maíz ceroso, maíz para ensilar (que se almacena en silos y alcanza un cierto grado de fermentación) y varios más.

A principios de la década de 1990 se publicó la base de datos MaizeGDB, que se ha convertido en la más valiosa para la comunidad de investigación del maíz, “una ‘navaja suiza’ de conjuntos de datos y herramientas para la investigación de la genómica funcional del maíz”, comentan los autores de una revisión sobre lo que se ha hecho en genómica del maíz. 

También comentan que “la mayoría de las secuencias del genoma del maíz publicadas hasta la fecha provienen de zonas templadas. Rara vez se ha informado de secuencias genómicas de líneas tropicales, variedades locales y teosintes, aunque existen muchas variaciones conocidas que son específicas del teosinte o líneas tropicales”.

Esas variedades serían necesarias para llevar a cabo un proyecto que se propuso en 2019 “como una solución viable para diseñar cultivos ideales al tiempo que se mantiene la seguridad alimentaria y una agricultura de bajo rendimiento más sostenible”: volver a domesticar los principales cultivos. 

En el caso que nos ocupa, sería volver a hacer maíz a partir de teosinte. Lo más probable es que, de hacerse, esta segunda domesticación del maíz no sucederá en las riveras del Balsas, ni en Oaxaca ni en el valle de Tehuacán. 

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