La dicha en un mundo casi distópico

21 de Agosto de 2026

La dicha en un mundo casi distópico

La pandemia nos puso en pausa, ya no había nada prometedor al día siguiente, y esto nos obligó a recordar mejores tiempos

b21d691d-7001-47f3-88ce-bfb2eeab1c9d

Días que quisieran ser ya viejos recuerdos, sensaciones que se repiten y una realidad que abruma, se entrelazan en estas postales de mujeres y hombres, todos integrantes de ejecentral, que cada día, desde que comenzó la pandemia, no se han detenido y se aferran a lo simple, informar y vivir, rebuscando en esta pandemia una dosis de optimismo

Entre las interminables horas de trabajo, el miedo a un virus del que cada día sabes más, pero entiendes menos, y el sacudirse todo el tiempo por la realidad que parpadea con un grado de desesperanza, es posible descubrirse optimista en este mundo casi distópico.

La pandemia nos puso en pausa, ya no había nada prometedor al día siguiente, y esto nos obligó a recordar mejores tiempos. Anécdotas y recuerdos formaron parte de muchas conversaciones; nuestras versiones del pasado vinieron a visitarnos y nos recordaron los objetivos que quedaron en el olvido, los aspectos de nuestra personalidad que olvidamos y los planes que todavía pueden realizarse.

Sí, entre las sombras surgen las luces de amores de cuarentena, el beso de una pequeña que aprieta el corazón, el adoptar un perro, redescubrir el valor de la comunicación y ser madre, son las buenas huellas de una pandemia que ha marcado el corazón.

Es como una vida en paralelo que se redescubre. Como el agradecerle a la pandemia que sea posible ver tantas cosas que antes era imposible por trabajar y que están tan cerca, a través de la computadora, y así poder palpar el arte, a grandes personajes de las letras o espectáculos de todo tipo, tiene una sensación de alivio en esta pandemia.

Estas son postales de vida, de lo bueno que esta pandemia dejó:

Idas venturosas

Bet-biraí Nieto Morales

Terrible en muchos aspectos, este año también ha traído buenos cambios para algunos. ¿Quién hubiera tenido una bola de cristal o una superaplicación para vislumbrar lo que pasaría después del primer trimestre de 2020?

El inicio de año no había comenzado bien: enfermé de una gripa que prometía derivar en otra morbilidad, experimenté varios problemas personales y en general guardaba un muy mal estado de ánimo.

Cuando se anunció el primer caso en México, el 27 de febrero, pasaron un par de semanas para que comenzaran a implementarse las medidas de restricción y de posterior confinamiento. En la redacción se dio la indicación de trabajar a distancia, algo que me alivió y seguramente a varios de nosotros, cuyo trayecto implicaba la inversión de una o hasta dos horas y media en el transporte público. Si bien no me desagradaba el camino, que se prestaba para desarrollar varias actividades, entre ellas la lectura, escuchar música, el descubrimiento de nuevas zonas de la ciudad y hasta la observación, tal vez lo mejor de esa noticia residía en que ya no debería hacer este recorrido por las noches.

Aunque me considero una persona sociable, esta reclusión preventiva tampoco mermó en mi ánimo ni en la melancolía o el sentimiento de extrañar las salidas a cines, bares o fiestas, como sucedió con otras personas cercanas que experimentaron la angustia de verse enclaustradas.

También esa experiencia sirvió para replantear una nueva mudanza adonde no me cobrarían más que la manutención de los servicios para cohabitar, pero también para ponerme a cuentas con las personas que más me importan, entre ellas mi pareja, con quien decidí embarcarme en la aventura de la maternidad.

Si bien la decisión no fue sencilla de tomar (mucho menos en esta época) y que el reto se va desarrollando en nueve meses, este ha sido por mucho el mejor suceso durante esta pandemia, que trato de transitar sin temor al virus y realizando un trabajo que me gusta. Pero tal vez la única ocasión en la que de verdad sentí miedo por el acecho de este microorganismo implicó la ausencia del otro, la de mi madre, quien estuvo a punto de fallecer por el embate de la Covid. Aún así, la vida en este año ha sido muy generosa al grado de presentarse ante mí como un misterio por sus vueltas que han ido del malestar a la dicha en un mundo casi distópico.

El año todavía no acaba, la vida sigue su cauce y tal vez sea un bálsamo para los que seguimos lo que apuntó Frank Herbert en Duna: “la importancia de la experiencia es lo que realmente nos hace vivir. Sólo en ésta podemos conocer el misterio de la vida”.

De los males, el menor

Jonathan Nácar

Al bebé no le baja la fiebre; hay que enviar la tarea de la nena antes de las tres de la tarde, y necesitamos comprar las verduras para el consomé. Esto se ha vuelto cotidiano dentro de esta llamada ‘nueva normalidad’. Pero que, dentro de la compleja realidad se suma una sensación de cierta gratificación, que, aunque es fundamental, puede pasar imperceptible por algunos momentos: estamos juntos.

La marea de temores y preocupaciones que ha traído consigo la pandemia de Covid, ha arrojado también, tal vez de forma involuntaria, algunos salvavidas a su paso. En mi caso, el estar cerca de mi familia, bajo resguardo, lidiando con nuestros buenos y malos momentos, ha logrado revalorizar el sentido de pertenencia, de no parecer o sentirse un extraño en tu propio hogar.

Sentarse y pensar que no se necesita esperar un momento en específico para apoyar en tareas tan esenciales como ayudar a tu hija con alguna tarea; en tratar de dormir a tu pequeño de nueve meses que no quiere despegarse un momento de su mamá, o en colocar aquella repisa que desde hace tiempo tenías pensado poner en un día de descanso. Es motivante; resulta de los males, el menor.

Desde antes de la pandemia los estragos del insomnio y el estrés se hacían presentes como algo habitual, pero sin duda los trasladados en el transporte público de más de una hora, aunado a lo que implicaba el tráfico, el riesgo de sufrir algún incidente en carretera, o a ser asaltado; la permanente angustia de llegar (casi) siempre tarde a todos lados, agudizaron esos sentimientos.

Ahora, el estrés e insomnio se mantienen como fieles acompañantes, pero no es lo mismo. La seguridad de estar cerca, de no salir y exponerse para intentar movilizar todo lo que humanamente sea posible desde la computadora y el celular ha significado un bienestar, no sólo personal, sino para aquellos a quienes en sus pueriles preocupaciones figuras como una de las principales.

Es ahí donde toma sentido cuando al conectarse y empezar a teclear, en un horario que no precisamente pudiera encajar en el normal-laboral, tu pequeña se acerca para darte ‘el besito de las buenas noches’, un anhelado trofeo al que difícilmente te hacías acreedor durante la semana en los tiempos antes del Covid, y con la certeza en su voz de que ahí estarás sentado frente al monitor, te dice: “ojalá no tardes, papi, descansa”.

Esas son, al final de cada día, las bondades que sí ha traído el imparable virus.

Mentiras verdaderas

Jorge del Angel

Nos despertamos desde hace nueve meses con decenas de mensajes relacionados con la pandemia, leemos la información con sorpresa disminuida pues sentimos que los datos se repiten. Hacemos resta en los contagios y suma en las muertes, leemos que las vacunas avanzan, que los médicos se quejan por la falta de seguridad, repasamos la pantalla del celular y vemos la estadística hospitalaria. Nos informamos que ya no hay camas disponibles y mucho menos respiradores, nos avisan que la familia del vecino se ha contagiado, que la maestra Hilda del colegio sigue internada, que nuestro hermano aún no consigue trabajo, que en Francia e Italia se alistan para el rebrote y que las clases vía zoom han sido un fracaso.

Para el medio día sabemos que cientos de negocios en la ciudad han cerrado, que el desempleo aumenta y que la canasta básica se está elevando. Por la tarde en plena video-llamada comentan que un empresario fallece por culpa del Covid-19 y nos preguntamos cómo es posible si tenía tanto dinero. Recordamos que este virus no perdona a nadie, ni al rico ni al pobre, solo que el pobre pocas veces es noticia.

Con obsesión desmedida regresamos de madrugada a leer los reportes, las nuevas secuelas que deja la enfermedad son alarmantes, se dice que algunos pacientes pierden la memoria, los dientes, el olfato y hasta los ahorros de toda una vida.

Detrás de tanta información, indudablemente la infodemia se agazapa como el lobo de la caperuza y todos sin advertencia caemos por lo menos una vez en sus garras. La ficción se parece a la realidad y viceversa, esta es la artimaña que utiliza el que propaga la mentira como un tsunami. Las fakenews están creadas para ser creíbles y se entrometen en la necesidad de estar informados.

Bajo estas “metidas de pata”, la pandemia nos ha exhibido como crédulos, en el principio creímos casi todo lo que la enfermedad generaba, creímos los discursos del subsecretario López-Gatell, su verborrea laberíntica sobre la enfermedad, del escudo moral del presidente, de las cifras manipuladas de infectados y fallecidos y las decenas de veces que anunciaron haber aplanado la curva. Y qué decir de los escapularios como sanación, de los “vamos bien” o en aberraciones como que el contagio “…solo es para los fifís”. Decenas y decenas de falsas afirmaciones entre decenas y decenas de timadores los cuales necesitan de la mentira para manipular al que se deje o alguien piensa que el funcionario que miente lo hace por diversión?

Ser tan crédulos nos hace débiles frente a la realidad, pero es un comportamiento natural entre los humanos hasta que comenzamos a dudar y permitir que nuestra intuición nos alerte de la mentira, la falsedad o el dato manipulado. Esta incredulidad como elemento de resiliencia frente a la información es sin duda un eje del conocimiento a rescatar. Hemos mostrado que somos capaces de soportar la flama del manipulador y no dejarnos quemar.

Aprendemos de modo empírico que la realidad se muestra de diversas formas, los que mienten la moldean a su conveniencia y no dejarán de hacerlo pues mentir también es humano y la mayoría de las veces conveniente, preguntémosle a nuestros políticos.

El año que nadie extrañará

Brenda Mireles

A pocos días de terminar el que podría ser uno de los peores años que he vivido, reconozco lo difícil que es voltear hacia atrás y notar las cosas positivas, enseñanzas y buenas experiencias que ha dejado. Inicié el 2020 con las secuelas provocadas por una pérdida importante en mi familia directa, y aunque se comenzaba a hablar del extraño virus en China, aún estaba lejos de ser una preocupación mundial.

El último mes de normalidad transcurrió rutinariamente, seguido de nueve meses de aislamiento, malas noticias, preocupaciones, corajes y lutos a distancia.

Ahora, al término de este caótico 2020 basta recordar las conversaciones que tuve con los nuevos y viejos amigos, las llamadas con la familia y los puentes que sigo construyendo entre algunas personas para agradecer y reconocer lo que tengo.

“Con esta pandemia no hay mucho que se pueda hacer, es bueno enfocarse en lo simple”, fueron justo las palabras que solté hace poco en una conversación, porque es justamente a lo que me puedo aferrar y usar para enfrentar un panorama que no mejorará mágicamente el 1 de enero de 2021.

Sobrevivimos a la pandemia con un balance positivo: aprendimos a gestionar las actividades de trabajo, estudio, convivencia, responsabilidades y recreación en un espacio de 60 metros cuadrados. Descubrí muchísima música nueva, experimenté nuevas formas de comunicación con dos de mis sobrinos, y estoy retomando el contacto que se fracturó con otras dos. Las llamadas telefónicas se multiplicaron, al igual que las confidencias a través de WhatsApp.

Estar entre 4 paredes no me limitó de intentar nuevas experiencias: aprendí a dibujar digitalmente, a hacer pan, pizza y bebidas especiales, a hacer cajones para macetas y hasta cultivé mis propias flores de cempasúchil para Día de Muertos. Pude conocer a otras personas en todo el mundo a través de una app especializada y al videojuego que por fin me animé a comprar.

La pandemia nos puso en pausa, ya no había nada prometedor al día siguiente, y esto nos obligó a recordar mejores tiempos. Anécdotas y recuerdos formaron parte de muchas conversaciones; nuestras versiones del pasado vinieron a visitarnos y nos recordaron los objetivos que quedaron en el olvido, los aspectos de nuestra personalidad que olvidamos y los planes que todavía pueden realizarse.

Y aunque puede sonar poco original, saber que puedo disfrutar una taza de café caliente cada mañana y café de olla cada fin de semana es algo que reconozco y agradezco. Platicar con el esposo de cómo nos fue en nuestras respectivas jornadas en cada extremo de la casa y disfrutar cada comida juntos son cosas que ahora forman parte de mi rutina y me ayudan a mantener el equilibrio y tranquilidad, tanto que si volvemos a la antigua normalidad es lo que más extrañaré.

Después de todo, de eso de lo que se trata: son las pequeñas cosas las que se recuerdan y las que unen a las personas.

Amores de cuarentena

Marco Antonio Aguilar

Es difícil pensar en lo bueno que nos deja este año, cuando nuestra forma de vida, laboral, de ver a los amigos y la familia, cambiaron radicalmente. Pese a la contingencia, en lo personal, el 2020 me sorprendió para bien.

En el trabajo, una nueva forma de comunicar. El estar desde casa hizo que el tiempo que antes utilizaba para transportarme, fuera ocupado en diferentes actividades, de ocio, de aprender o simplemente descansar más.

La oportunidad del teletrabajo también me permitió, como ya hacía varios años que no lo hacía, pasar más tiempo con mi familia, compartir con ellos más de cinco días de vacaciones, de un “hola y adiós”.

Me permitió estar en celebraciones importantes, aunque sin besos ni abrazos como acostumbran los aguilares y los zaragozas. Pero con ello, también estar en un momento importante: la muerte de un primo, si bien un hecho triste fue importante tener la oportunidad de estar presente, apoyando a mi tío.

He escuchado y leído de los amores de cuarentena, de cómo se mofan de estas relaciones, pero las analizo sonriendo y al lado de mi “amor de cuarentena”. Pero, aunque no le haya conocido durante la contingencia, sino años atrás, fue al inicio de esta crisis sanitaria cuando se consumó. Y aquí seguimos, terminaremos el 2020 juntos.

Tal vez banales, pero para mi las personas importantes, son las cosas buenas que me dejó el 2020.

Esta crisis pasará

Claudia Serrano

Nada volverá a ser como antes, sin duda este 2020 ha sido un año de reflexión, donde se reflejan nuestros puntos más vulnerables o de mayor fortaleza. Ante el escenario de un acontecimiento mundial como lo es la actual pandemia por Covid-19, donde todo se puede ver como perdido, creo que es importante hacer frente con nuevas estrategias y evolucionar tanto en lo individual como en sociedad.

No todo ha sido crisis, tristeza o frustración, ha habido buenas noticias, desde oír que el planeta tomó un respiro, los mares, lagos, calles y el aire se veían más limpios; las empresas tuvieron transiciones para reforzar o generar sistemas tecnológicos que han permitido una mayor accesibilidad para su público, gracias a ello con un simple clic tenemos al alcance alimentos, productos o servicios a domicilio.

En lo personal, experimenté la tranquilidad en el hecho de despertar y no verme envuelta en el ajetreo que vivía en las mañanas, que implicaba apurarme para llevar a mi hijo a la escuela, llegar a tiempo al trabajo, enfrentarme día a día a más de una hora de tráfico y el desayuno era un simple café. Actualmente, ese tiempo se convirtió en la oportunidad de prepararme un buen desayuno, conectarme a las actividades laborales sin prisa y ¿por qué no? algunas veces trabajar en pijama en la comodidad del hogar.

Sin duda de los más beneficiados en esta pandemia, han sido los animales de compañía, ya que ahora todo el día lo pueden compartir con sus amos y hacen esta época más llevadera.

La convivencia familiar tomó fuerza y con ello la solidaridad entre la comunidad o incluso con personas residentes en otros estados de la República, donde todos estamos dispuestos a apoyar. Distintos acontecimientos han marcado lecciones donde hemos aprendido que en la vulnerabilidad podemos salir adelante unidos, como en el sismo de 2017, muchas personas salimos a la calle para brindar alimento, agua, ropa, cobijas, entre otras, para las personas que se quedaron sin casa, o levantar una roca de construcciones que se derrumbaron.

Esta crisis pasará, pero de las decisiones que tomemos en lo individual y como sociedad, dependerá nuestro futuro.