El pasado 17 de agosto, el semanario británico The Economist publicó un perfil sobre Daron Acemoglu bajo un titular controvertido: “el economista más influyente del mundo es, curiosamente, poco convincente”. El texto repasa el Nobel compartido de 2024, siete libros y diversos documentos de investigación, y luego cuestiona si su autoridad está justificada. Un colega anónimo, citado en el texto, remata: “usa sus modelos para respaldar políticas populistas que ya se intentaron y fracasaron”.
La parte metodológica de esta crítica es, en realidad, una muestra del método científico en acción. David Albouy mostró en 2012 que el paper de Acemoglu sobre mortalidad de colonos e instituciones (base del Nobel) usaba datos reconstruidos de forma cuestionable y en estudio de expertos el año pasado apoyó a Albouy. Este año, otros autores cuestionaron si un paper de Acemoglu sobre natalidad y crecimiento, aplica bien una relación histórica a un presente donde las cifras de fecundidad se desploman.
Acemoglu ha respondido a estos cuestionamientos. Sobre la mortalidad, ofrece una defensa técnica punto por punto. Sobre la natalidad, admite que haría ajustes si reescribiera ese trabajo con información más reciente. Se trata de la ejecución del método científico: alguien propone una estimación, otros la someten a presión, el autor original responde o cede terreno. Cuando hablamos de “Agents of Chaos” en esta columna, decíamos que ninguna tecnología merece confianza antes de que la obliguen a fallar en público. Lo mismo aplica a una hipótesis económica.
El artículo, sin embargo, da un giro desconcertante. De la crítica metodológica pasa a un juicio distinto. Sugiere que las ideas de Acemoglu son “obvias”, que su marco institucional es circular —"turtles all the way down”, frase de Tyler Cowen—, y que su fama no corresponde a la sustancia de su investigación. De ahí llega, finalmente, a la discusión sobre inteligencia artificial, donde el tono cuestiona sus argumentos, mencionando que son “pesimistas al grado de perder credibilidad”.
En un trabajo de 2024, Acemoglu estima que el impacto de la IA sobre la productividad estadounidense en la próxima década será modesto. Lawrence Summers lo criticó por dejar fuera “la posibilidad de un progreso científico más acelerado, o mejor toma de decisiones, gracias a la inteligencia artificial”. Acemoglu respondió que se trata de una crítica válida, que no incorporó el impacto de la IA agéntica en sus predicciones. Además, añade que los modelos podrían ser más útiles en investigación científica de lo que él calculó.
Nuevamente, la forma en que se da el debate revela exactamente lo que debería pasar cuando alguien pone un número sobre la mesa. Éste se debe revisar, para corregir lo corregible y defender lo defendible. Lo llamativo no es que Acemoglu se haya equivocado en la magnitud del impacto, sino que su cautela (quedarse corto en el optimismo de la adopción de la IA) se describe como una falla de carácter, mientras que resulta obvio que no recibiría el mismo trato de haberse equivocado por exceso de entusiasmo.
En esta misma columna hemos documentado que esa cautela no nace de la nada. Morgan Stanley y Block anunciaron recortes de personal en el mismo trimestre en que reportaban ganancias récord. El estudio de Anthropic sobre desempleo y contratación de jóvenes encontró señales tempranas de un mercado laboral que ya distingue entre ocupaciones expuestas a la IA y las que no. Nada de eso prueba que Acemoglu tenga razón en cada cifra, pero la suya está lejos de ser la postura de alguien que no entendió la tecnología.
Acemoglu propone una “IA a favor del trabajador”, diseñada para complementar en lugar de sustituir (un principio que hoy forma parte de la corriente de tokenomics). El artículo la despacha como “obvia”, pero está lejos de serlo en un momento en que buena parte del capital y del discurso público empuja en la dirección contraria. La escasez de esa crítica en este entorno, precisamente como dictan los principios fundacionales de la economía, la hace más valiosa.
The Economist cierra con una frase filosa: el estrellato de Acemoglu es tan grande que “a veces ciega las facultades críticas”. Puede ser cierto para un individuo, sin embargo, el fenómeno inverso es más consecuente. Un entusiasmo colectivo tan extendido sobre el rumbo de la IA que trata la cautela misma como sospechosa, y que castiga a quien pide más evidencia antes de pedir más certeza. Ante ello basta recordar que ninguna disciplina avanza sin la fricción de la duda y, precisamente por eso, Acemoglu ocupa el lugar que le corresponde en la nuestra.