Breve recuento de intervenciones

23 de Enero de 2026

Jorge Carlos de María
Jorge Carlos de María

Breve recuento de intervenciones

Jorge Carlos de María-

Para entender el futuro de Venezuela vale la pena voltear a mirar el pasado. Hablar de intervenciones estadounidenses en América Latina —y fuera de ella—, exige bajar el volumen y subir el contexto. No se trata de elegir un bando. Se trata de historia, de intereses y de consecuencias humanas que, con distintos matices, se repiten.

Empecemos por el presente inmediato. Venezuela (días atrás) sigue siendo un tablero sensible. Sanciones, presión diplomática y una narrativa centrada en “restaurar la democracia”, han sido los instrumentos dominantes. No hay botas en el terreno, pero sí una intervención indirecta que condiciona la economía, fragmenta a la oposición y deja a la población atrapada entre discursos externos y errores internos. La lección reciente es clara: la presión sin una ruta realista de transición suele prolongar el conflicto más que resolverlo.

Si miramos hacia atrás, el patrón se vuelve reconocible. Panamá (1989) fue una intervención abierta, rápida, con objetivo preciso y costo humano subestimado. Chile (1973) mostró cómo la injerencia política y económica puede alterar un proceso interno con efectos que duran décadas. Guatemala (1954) dejó la huella de una intervención encubierta que abrió la puerta a una larga inestabilidad. Fuera de la región, Iraq (2003) enseñó que incluso la intervención directa, justificada como liberación, puede desembocar en caos prolongado cuando se subestima la complejidad social. ¿Qué une estos casos? Tres constantes: intereses estratégicos —energía, seguridad, influencia—, una narrativa moral que simplifica realidades complejas y resultados que rara vez coinciden con las promesas iniciales. No todo es blanco o negro: hubo contextos de Guerra Fría, amenazas reales y actores locales que también tomaron malas decisiones. Pero el saldo humano —migración, polarización, economías dañadas—, suele recaer en la gente común.

Entonces, ¿qué podemos esperar para Venezuela si el futuro se parece al pasado? Probablemente más presión externa sin intervención militar directa, negociaciones intermitentes, incentivos graduales y un desenlace lento. Las transiciones duraderas no suelen imponerse desde fuera; se construyen cuando los actores internos encuentran un mínimo común y el entorno internacional acompaña con responsabilidad, no con una agenda propia.

La historia no absuelve ni condena: advierte. Cuando la política olvida a las personas y se enamora de soluciones que vienen de fuera, el costo suelen pagarlo quienes menos voz tienen adentro. México debería recordarlo cada vez que, desde la comodidad de la oposición, se coquetea con la idea de que una potencia extranjera —la que sea—, venga a resolver lo que solo los mexicanos debemos enfrentar. Venezuela merece algo mejor que repetir ese ciclo. Y el mundo—si aprende—, también.