A fin de resolver cómo responder a la violencia sin perpetuarla, la filósofa Judith Butler escribió La fuerza de la no violencia: la ética en lo político (2002), sus propuestas enfrentan los aterradores conflictos actuales y ofrecen un marco ético convincente que va más allá de las concepciones de la paz como mera ausencia de conflicto. En ella, la no violencia pasa a ser una fuerza basada en la vulnerabilidad que toda persona siente: es como el pistolero que, por muy rápido que sea para desenfundar, sabe que tarde o temprano enfrentará a quién lo supere o a quien, habilidoso, sepa hallar sus flancos débiles. Accede entonces a perdonar por supervivencia. Así la vulnerabilidad no es una debilidad, sino una característica de la existencia: todos dependemos de los demás para perdurar.
A medida que las crisis geopolíticas se intensifican y las intervenciones militares se normalizan, Butler afirma que, si bien “nadie está liberado de la capacidad de destrucción, o precisamente porque ninguno de nosotros está exento de ella, la reflexión ética y política desemboca en la tarea de la no violencia”. Añade que “estamos atados a otros con la obligación de preservar el vínculo social y no destruirnos”.
El enfoque de Butler representa un cambio respecto a los marcos convencionales que se oponen a la violencia con mera convicción religiosa o moral. Reinterpreta la no violencia como una forma compartida de ser y relacionarse. En lugar de pedir un simple pacifismo, ella pregunta cómo las sociedades pueden reorganizarse en torno a los principios del cuidado mutuo.
El espectro de angustia constante transita desde las guerras iniciadas para torcer al enemigo y someterlo, hasta los conflictos en la calle porque un auto nos bloqueó el paso. He aquí que, como opción diferente, el ser ético instaurado en la no violencia es libre de decidir no reaccionar con otra agresión, insulto, fuerza o uso de las formas de violencia. Sin dejar de actuar, de ser fuerte, opta por proponer una alternativa constructiva diferente y se empeña en ella. No es poner la otra mejilla, es proponer algo firme sin eliminar la consideración por el otro.
Estas reflexiones resuenan en otras voces como las de Adriana Cavarero que aboga por la relacionalidad y el cuidado. Y nadie puede negar que, como poder transformador capaz de perturbar sistemas opresivos, subyace aquí el estilo de resistencia de Gandhi y su uso de la no violencia (llamada ahimsa y complementada con la satyagraha o fuerza de la verdad).
La belicosidad actual ha tomado un giro que los teóricos llaman Guerras de Quinta Generación. En ellas, además de los movimientos militares prevalece el uso de una multiplicidad de estrategias para influir directamente en la psicología de las sociedades: propaganda, ciberataques, redes sociales y narrativas distorsionadas se empeñan en que la sociedad enemiga —y la propia—, reaccionen embaucadas en una base emotiva.
Ucrania, Gaza y recientemente Irán tienen un componente mediático y psicológico monstruoso. Una reacción de destructividad disparatada impera como objetivo deseado por esos estímulos. Tal reacción es esclava de sus pulsiones. Cualquier ética de la no violencia, por el contrario, debe abordar esos impulsos agresivos y, en lugar de negarlos, canalizarlos sin que secunden emotivamente la provocación y propongan libremente otra opción.
Ante una diatriba legislativa, ante una voz insultante de unos contra otros, ante la propaganda electoral de evade propuestas y únicamente descalifica, ante el mismísimo conflicto urbano cotidiano, no resulta libre jugar el absurdo juego de aquel transeúnte que se postra en cuatro patas para ladrar en repuesta al perro que le ladra, incrementando la violencia. Ir a otra cosa, proponer una tercera vía, empeñarse en una perspectiva constructiva es lo que ha pasado a ser la fuerza de la no violencia y es curiosamente la vía más libre de todas.
Finalmente, a la manera de un Diego Fusaro en su visión profunda del disenso humano, la no violencia opera como técnica no gobernada que supera los esquemas del poder. Esta distinción se vuelve crucial al considerar cómo operan los Estados: si la violencia es el principal mecanismo de su control, entonces la no violencia representa una forma genuinamente alternativa de organizar las relaciones humanas que resiste a la dominación misma.