Caín

27 de Abril de 2026

Caín

José Ángel Santiago Ábrego

La historia de Caín y Abel es, probablemente, una de las más arquetípicas de la psique humana. Pone en evidencia la encrucijada de conducta y actitud a la que, día con día, estamos expuestos, así como las consecuencias constantes de optar por una u otra alternativa. Es un mito que, en una condensación máxima de sabiduría obtenida después de años de observar cómo nos comportamos, nos advierte que coquetear y revolcarnos con aquello que sabemos es nocivo nos arroja a una espiral descendente que, poco a poco, nos carcome y nos hace reflejarlo en el mundo material que nos rodea.

Caín, quien se dedicaba a cultivar la tierra, llevó al Señor una ofrenda producto de su cosecha. Abel hizo lo propio, llevando las primeras y mejores crías de sus ovejas. Dios miró con agrado a Abel, pero no así a Caín ni a su ofrenda, quien por ello se enojó muchísimo y puso muy mala cara. Y Dios le dijo “¿Por qué te enojas y pones tan mala cara? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él”.

Así pues, Caín invitó a su hermano Abel a dar un paseo. Cuando los dos estaban ya en el campo, Caín atacó a su hermano y lo mató. Entonces, el Señor preguntó a Caín por su hermano, y Caín contestó: “No lo se. ¿Acaso es mi obligación cuidar de él?”. Como consecuencia, fue expulsado de su tierra y quedó maldito: “aunque trabajes la tierra, no volverá a darte sus frutos. Andarás vagando por el mundo, sin poder descansar jamás”.

La historia, tan breve como es, contiene profundidad que sería imposible desarrollar en los alcances de esta columna. Baste con observar que, según los expertos (no tanto desde la teología, como desde la psicología y la filosofía), muestra un patrón acerca de la estructura de la realidad (i.e., de la psique individual y colectiva) difícilmente refutable: una ofrenda mal hecha (e.g., dar buscando el interés propio, buscar las mieles del presente sacrificando lo que podríamos ser en el futuro o apuntar hacia la validación externa dejando en un segundo plano lo que es intrínsecamente valioso) que, inevitablemente, es una ofrenda mal recibida; una advertencia acerca del porqué de esta reacción, para que, quien la realiza, pueda corregir en el futuro; y la encrucijada, aceptar el error y corregir, o bien, resistir, resintiéndonos ante la frustración de no obtener lo que queremos, identificándonos con el odio hacia las manifestaciones de lo no obtenido y, por supuesto, cultivando el deseo de venganza, cuya ejecución es ni más ni menos el matar lo que representa aquello que queremos pero no podemos alcanzar. El infierno en la tierra. Y en la mente.

Quizás (y solo quizás) los crímenes registrados por la prensa en México, realizados por tiradores, sean manifestaciones de este patrón: síntomas de lo que sucede cuando nos identificamos con el resentimiento, el odio y el deseo de venganza. Un niño de 11 años que, el 10 de enero de 2020, entró a su colegio en Torreón con dos pistolas para asesinar a una maestra y herir a un profesor y cinco estudiantes, previo a su suicidio... Un joven de 15 años (posiblemente identificado con el movimiento “Incel”) que, el 24 de marzo pasado, incursionó en una preparatoria en Lázaro Cárdenas y mató a tiros, con un fusil semiautomático AR-15, a dos maestras en el pasillo de entrada del plantel, y que fue a la postre detenido por sus compañeros… Un hombre de 27 años que, el 20 de abril pasado, subió a la Pirámide de la Luna para humillar y disparar a turistas que visitaban las ruinas, para posteriormente quitarse la vida…

Si esto fuese así, entonces podríamos estar en presencia de fenómenos que van más allá del derecho y la criminología detrás de casos concretos. Que rayan, más bien, en la psicología colectiva y en la manera en que hemos transmitido nuestros valores culturales de generación en generación.

¿Estamos enseñando a las nuevas generaciones responsabilidad individual o sentimientos de merecimiento cuya frustración amerita ajuste de cuentas?