Cartas desde el infierno

11 de Mayo de 2026

Cartas desde el infierno

Pablo Reinah columnista

Cada cierto tiempo, desde la prisión de máxima seguridad ADX Florence en Colorado, Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera agarra papel y pluma y manda una carta al juez Brian Cogan en Brooklyn. En ellas repite, con variaciones, la misma historia: que él no es el villano que pintan, que no hizo daño a nadie, que en México lo conocían por las cosas buenas y que todo fue una injusticia por “quién soy”.

La más reciente, enviada en mayo de 2026 tras el rechazo de su pedido de extradición, insiste: “No hice daño a nadie”, “el gobierno mexicano fue responsable de todos los crímenes violentos”, “en mi país era conocido no por cosas malas, sino por las cosas buenas que he hecho”.

Suena casi tierno. El hombre más famoso del narco mexicano, condenado a cadena perpetua en 2019 por dirigir el Cártel de Sinaloa, tráfico masivo de drogas, lavado de dinero, uso de armas y ordenar asesinatos, se presenta ahora como una especie de filántropo incomprendido. “Querer que la familia esté unida y tener una buena vida”, dice en la misiva. Uno lee y se pregunta si estamos hablando del mismo tipo cuyas organizaciones cavaron túneles kilométricos, desnudando una red de corrupción que dejó miles de muertos, fosas clandestinas y un rastro de complicidades que llegó a los más altos niveles en México y Estados Unidos.

No es la primera vez. Durante su juicio en 2018-2019 ya había expresado que la fama pesó más que las pruebas y que esperaba justicia ciega. Después de la sentencia, y especialmente en los últimos meses, ha enviado varias cartas. En ellas insiste en que las evidencias no fueron contundentes, culpa a testigos protegidos, al gobierno mexicano de la violencia y pide un nuevo juicio o regresar a México. El juez las ha rechazado una y otra vez por falta de mérito legal. Pero él sigue escribiendo.

Es comprensible que un preso de por vida, aislado en una cárcel supermax donde el silencio y la soledad son el castigo, busque cualquier grieta para respirar. Aprendió inglés ahí adentro. Escribe en un inglés quebrado pero directo. Hay algo humano en esa persistencia: el deseo de narrar su propia versión, de humanizarse ante quien lo condenó. Muchos reos hacen lo mismo. Pero cuando eres El Chapo, esa narrativa choca frontalmente con la realidad que millones vivieron.

Porque mientras él dice “no hice daño a nadie”, hay familias enteras destruidas por la guerra que su organización orquestó. Comunidades controladas a punta de plomo. Jóvenes reclutados o asesinados. Y un negocio de cocaína, heroína y metanfetaminas que inundó Estados Unidos y generó fortunas que financiaron balas y poder. El juicio en Brooklyn presentó testimonios de excolaboradores, agentes y evidencia financiera que el jurado consideró suficiente para declararlo culpable en todos los cargos. La fama ayudó a su captura y extradición, sí, pero también fue su marca personal la que construyó el imperio.

Lo insólito no es que escriba. Es que siga creyendo —o queriendo que crean— que puede separarse de la sangre que corrió bajo su nombre.

Al final, estas cartas revelan más de lo que él pretende. Muestran a un hombre enjaulado que aún intenta controlar la narrativa, como antes controlaba rutas y plazas. Un ser humano que, como cualquiera, busca redención o al menos comprensión. Pero la redención no se gana con cartas educadas desde la distancia. Requiere confrontar el daño real, no negarlo.

Estas misivas nos recuerdan que incluso los personajes más oscuros de nuestra historia quieren ser vistos como “buena gente”. El problema es que la historia —con sus miles de víctimas— no se deja reescribir tan fácil.

En el fondo, estas cartas son un espejo incómodo de nuestra propia fascinación por el antihéroe que, incluso tras las rejas, sigue queriendo ser protagonista de su leyenda.

¿Hasta cuándo seguirá escribiendo? Probablemente mientras tenga papel. La pregunta es otra: ¿alguna vez alguien como El Chapo podrá mirarse en el espejo y aceptar el peso de lo que desató?