Uno de los grandes problemas en México es la narcopolítica. Los vínculos entre quienes realizan negocios criminales que laceran a la sociedad mexicana y algunos políticos en posiciones de poder. Vínculos que, en ocasiones, son producto del ofrecimiento de plata o plomo a quienes se postulan a un puesto de elección popular. Y que, en otras, son producto de la mezquindad humana que desea el poder por sobre todas las cosas y, literalmente, a cualquier precio, no importando de dónde venga el dinero para hacerle frente.
El problema de los políticos que aceptan dinero del crimen tiene, por supuesto, implicaciones legales que son verdaderamente serias, tanto en el derecho nacional como en el extranjero (no solo las relativas a los delitos específicos que se cometen, sino las vinculadas con las relaciones con el exterior a propósito de la extradición). Tiene, además, repercusiones políticas muy delicadas, que tienen el potencial de comprometer la viabilidad de proyectos políticos enteros, pues el fenómeno, cuando es expuesto, lleva a los ciudadanos a preguntarse si el ecosistema lo sabía, o bien, a observar con detenimiento si es algo que se está dispuesto a tolerar o, incluso, a proteger. Pero, en esta columna, no profundizaré sobre aspectos legales y políticos del tema (ya se ha hecho ad nauseam por colegas en las últimas dos semanas). Más bien, haré una corta reflexión sobre la estructura psicológica personalísima del problema, que nuestra generación ha insistido en ignorar.
Un profesor de economía de la universidad solía recordarnos: “there is no such thing as a free lunch” (“no hay tal cosa como un almuerzo gratis”). Todo, absolutamente todo, tiene un precio, manifiesto o implícito, pero lo tiene. Y no necesariamente hablamos de un costo transaccional, sino más bien de un precio conceptual. Uno que, más que explicar la relación con otros, explica la relación con uno mismo en las decisiones que se toman día con día. Se trata de una noción que, quizás, es más fácil de asir desde la noción de sacrificio.
Peterson (psicólogo clínico que, a lo largo de los años, fue docente de McGill, Harvard y Toronto, y que ha construido una seria y compleja aproximación psicológica a los textos del Génesis, en un denso ciclo de conferencias disponibles en YouTube), se aproxima al fenómeno psicológico apuntado desde la historia de Esaú. Una que involucra a dos hermanos: Esaú, que creció para ser un hombre de campo y muy buen cazador, y Jacob, que era un hombre tranquilo, al que le agradaba quedarse en el campamento.
La historia cuenta que un día, en que Jacob estaba cocinando, Esaú regresó muy cansado del campo. Y pidió a Jacob un poco del guiso rojo que tenía, pues moría de hambre. Astutamente, Jacob le pide a Esaú que primero le de a cambio sus derechos de primogénito, a lo que Esaú contestó: “como puedes ver, me estoy muriendo de hambre, de manera que los derechos de hijo mayor no me sirven de nada”. Así pues, Esaú juró la transacción y, cuando terminó de comer, se levantó y se fue sin dar importancia a lo sucedido.
Peterson explica que, en la cultura hebrea antigua, los derechos de primogenitura eran un honor especial, que implicaba, incluso, el derecho a recibir el doble de la herencia que cualquier otro heredero. Implicaba, también, la responsabilidad de perpetuar el nombre de la familia y autoridad sobre los hermanos menores. Y que eso es lo que Esaú cedió insensatamente a cambio de un guisado.
A la postre, cuando el padre, viejo y ciego, estaba en su lecho de muerte (y como consecuencia de un plan urdido para tal efecto) dio la bendición del primogénito a Jacob. Y Esaú lloró amargamente, deseando no haberla perdido nunca.
La historia nos pone en evidencia un patrón observado a lo largo de generaciones. Un patrón que nos recuerda las consecuencias de poner lo importante y duradero al servicio de lo inmediato. Una historia que inevitablemente viene a mi mente cada vez que leo en medios que se acusa a un político de tomar dinero del crimen organizado para financiar campañas. Que invariablemente me hace preguntarme qué es todo aquello que esos políticos, si lo hicieron, pudieron haber sacrificado a cambio del poder, la posición social, el aplauso, el dinero y un ego bien alimentado.
Y no me refiero a la función pública que debieron realizar (aspecto central, pero propio de la discusión legal y política), sino a aquello personalísimo y profundo que, me imagino, hoy, después de ser expuestos, anhelan con toda su humanidad.