Cuando la prioridad de Washington es el combate a los carteles y la narco corrupción, la pregunta que cabe hacerse es si Roberto Lazzeri Montaño, el tecnócrata seleccionado por Claudia Sheinbaum para embajador en Estados Unidos, es la persona indicada o tiene el perfil para los tiempos de grandes tensiones que corren. Su nombramiento para el cargo diplomático más relevante y exigente de la política exterior mexicana sorprendió a propios y extraños. En entrevistas constaté que casi nadie lo conoce o ha tratado en el gobierno y los círculos políticos, diplomáticos, académicos y mediáticos en Washington. Se sabe que la única interlocución reciente con la administración Trump que ha tenido este economista del CIDE, experto en mercados de capital y estructuras financieras, ha sido con el equipo técnico del Departamento del Tesoro para efectos de los bancos mexicanos señalados de lavado. La versión cuatrotera de que es “cercano” al secretario del Tesoro Scott Bessent, es exagerada.
Aunque su hoja de vida omite los datos personales, constaté que Lazzeri contrajo matrimonio recientemente con Lauren Nicole Coughlin, ciudadana estadounidense empleada de la Embajada de Estados Unidos en México donde, al día hoy, se desempeña como “diplomática comercial” y “agregada de estándares comerciales” de la Oficina del Servicio Comercial, brazo promotor de exportaciones, mercados e inversión del Departamento de Comercio que encabeza Haword Lutnick, contraparte de Marcelo Ebrard en la revisión del TMEC. De acuerdo con el registro civil del Condado de Travis y una copia del acta de matrimonio que obra en mi poder, se casaron el 13 de marzo de este año en Austin, Texas. Aunque la ley del servicio exterior no regula el matrimonio de diplomáticos mexicanos con ciudadanos extranjeros, el caso particular de Lazzeri puede proyectar la apariencia de conflicto de interés, habida cuenta de que Coughlin trabaja para el gobierno de Estados Unidos, el país huésped de su marido, al margen del dicho de que, si no está prohibido, está permitido.
Con todo, el relevo de embajador en Washington es más que bienvenido. Después de cinco años cuatro meses de observarlo, puedo afirmar, sin riesgo de equivocarme, que Esteban Moctezuma Barragán ha tenido el desempeño más mediocre y gris entre los titulares que han pasado por las orillas del Potomac en los últimos 37 años, abonando a la irrelevancia de la presencia mexicana en Washington. Su trabajo diplomático fue prácticamente nulo en el Capitolio, en las altas esferas del poder político, en la academia y en los medios. Dio entrevistas anodinas a las televisoras en un inglés ininteligible. Intolerante de la crítica, marginó, menospreció y excluyó de eventos oficiales a corresponsales mexicanos incómodos, no zalameros. “Ya sé con quien estás”, me recriminó recién llegado. “México tiene la oportunidad de elevar su representación en Washington para que esté a la altura de la importancia del momento”, me dijo Diego Marroquín, experto sobre el TMEC del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, cuando le pregunté sobre el sucesor de Moctezuma.
Lazzeri no tiene experiencia en seguridad, carteles, extradiciones, inteligencia y migración. No ha trabajado con los departamentos de Estado, Justicia y Defensa que, bajo la Administración Trump, marcan la pauta de la relación. Tiene mucho que aprender y poco tiempo. “Washington nunca ha sido una capital diplomática para principiantes en cualquier circunstancia y coyuntura y para cualquier embajador de cualquier país”, me dijo Arturo Sarukhan, exembajador de México en Washington. “El contexto de la relación bilateral, quizá el más fluido y peligroso en décadas y en el año más decisivo con las presiones en materia de cooperación antinarcóticos y el proceso de revisión prolongado del TMEC, obliga a una curva de aprendizaje muy acelerada”.
No sería el primer economista en ocupar la emblemática casona sobre Avenida Pensilvania 1911. Gustavo Petricioli, Jesús Silva Herzog, Jesús Reyes Heroles y Gerónimo Gutiérrez, también eran economistas, pero llegaron con más kilometraje político recorrido y en circunstancias nada comparables a las actuales. “Ningún embajador la va a tener fácil aquí, sea quién sea. De lo que yo lo he tratado, me parece que es un cuate que no es presuntuoso, sino discreto”, me dijo Gutiérrez, concediendo que es un “nombramiento atípico”, por lo que tendrá que “remontar más rápido” para adquirir el mayor conocimiento posible de la relación en conjunto. Para Tony Payan, director del Centro Estados Unidos--México del Instituto Baker, Lazzeri no tiene el tamaño para ser embajador. “No estoy seguro de que tenga las habilidades político-diplomáticas para navegar por un ambiente muy hostil en Washington.” El tiempo dirá.
@DoliaEstévez