1er. TIEMPO: Cuando la censura era primitiva. La censura en México nunca se vistió con uniforme, ni necesita militares afuera de las redacciones. No llega de madrugada para clausurar imprentas. De hecho, el presidente Gustavo Díaz Ordaz, con un talante represor, lo hizo de día y sin esconderse cuando en 1966 ordenó el cierre del Diario de México, cuyo propietario siempre fue Federico Bracamontes, al cometer un error sus editores, intercambiando los pies de foto de dos imágenes distintas: una convención de gasolineros con un retrato del presidente al fondo, y otra con la llegada de nuevos monos al Zoológico de Chapultepec. Díaz Ordaz también fue precursos de matar la libertad de prensa, asfixiando, como lo hizo en 1967 con la revista Política de Manuel Marcué Pardiñas, que contenía la respiración de la izquierda que esperaba ansiosa su publicación. Díaz Ordaz, le negó la venta de papel subsidiado, como lo hacía con otros, y le retiró la publicidad. José López Portillo, con la famosa frase de “no pago para que me peguen”, le quitó la publicidad a Proceso, pero no pudo doblegar a Julio Scherer, que era su primo. Carlos Salinas hizo lo mismo con El Financiero, que sobrevivió sus intentos. Ernesto Zedillo dobló a Alejandro Junco, dueño de Reforma, para no ir a la cárcel por cometer el mismo quebranto que su compadre y albacea, Jorge Lankenau. La censura en México se enfrentaba de manera indirecta, con creatividad. Nunca fue tan beligerante como la prensa brasileña durante la dictadura, cuando los censores militares -ahí sí- en las redacciones, decidían que se publicaba y que no, y los editores respondían dejando en blanco el espacio purgado o publicando poemas o recetas de cocina. En la parte final de la parte dura del autoritarismo, en el sexenio de López Portillo, los reporteros de Excélsior modificaban la técnica de redacción -la famosa “pirámide invertida”, para escribir de lo más importante a lo menos-, colocando lo más relevante pasando el sexto párrafo, donde los editores-censores ya no llegaban para revisar el contenido. La publicidad se volvió un instrumento de presión y control, donde algunos resistían, asumiendo las consecuencias, y otros no, porque como dijo a principio de este siglo el entonces editor de uno de los diarios importantes de la Ciudad de México, “era capaz de arrastrarse por publicidad”. La palanca de control se extendió al sector privado, aunque el único que lo aplicó fue Carlos Slim, por lustros quien con sus empresas era el principal anunciante de la prensa escrita, cancelando convenios por columnas críticas a él, o rescatando con plan francés -pago de publicidad adelantada por año-, a medios amigos, como fue La Jornada de Carlos Payán. No todos censuraron. Algunos solo fueron cooptados, como hizo Luis Echeverría con periodistas e intelectuales. Otros fueron más violentos, paradójicamente en tiempos de la transición democrática, como Vicente Fox -a través de Marta Sahagún-, Felipe Calderón -por medio de Juan Camilo Mouriño y Eduardo Medina Mora-, y Enrique Peña Nieto -él mismo-, que pidieron cabezas de sus periodistas para tener una buena relación política y publicidad.
2º TIEMPO: La censura cambia de cara. Durante la primera década de este siglo, las viejas formas de censura fueron combiándose con nuevas acciones, pero del crimen organizado. En 2005, el primer periodista censurado por esas razones fue Jesús Blancornelas, fundador y director de la sevista Zeta de Tijuana, cuyas columnas sindicadas dejaron de aparecer en los periódicos de la frontera, por miedo a represalias. El asesinato de periodistas por sus coberturas sobre el crimen se empezaron a elevar y nunca más se fueron de la realidad nacional. Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, se inauguraron nuevos mecanismos de represión y censura. Durante años, el poder presumió que en México existía libertad de prensa porque nadie cerraba periódicos ni desaparecía estaciones de radio. Era una verdad incompleta. La libertad de expresión no se mide únicamente por la ausencia de censura directa, sino por la posibilidad real de ejercerla sin miedo a represalias políticas, económicas, judiciales o criminales. Legalmente se tipifica en algunas constituciones locales, como en la Ciudad de México, como previa censura. Ahí, desde 2018, México comenzó a retroceder. López Obrador entendió algo que los viejos regímenes autoritarios tardaban años en aprender: desacreditar al mensajero era más eficaz que prohibir el mensaje. Convirtió su conferencia mañanera en un tribunal político-mediático donde periodistas, medios y analistas críticos fueron exhibidos como enemigos públicos. El “quién es quién en las mentiras”, que instauró como patíbulo de condenados, no nació como un ejercicio de réplica; fue un mecanismo de señalamiento desde el poder presidencial. Una lista negra sin membrete oficial, pero con todas las consecuencias políticas del aparato del Estado. El efecto fue devastador. No porque todos los periodistas cedieran, sino porque muchos comenzaron a calcular costos. La crítica dejó de depender únicamente de la evidencia y empezó a depender del riesgo. ¿Me arriesgo a criticar y aparecer en la mañanera? ¿Vale la pena publicar esto si después vendrá una auditoría? El gobierno de López Obrador rompió todas las reglas. Su vocero y jefe de propaganda, Jesús Ramírez Cuevas, sacó de la basura a merolicos que alguna vez, alguna vez, pasaron por redacciones, y creó un star system de zalameros que eran utilizados para potenciar el linchamiento contra quienes les ordenaban, o hacer preguntas llenas de miel y vacías de contenido, para desviar y cambiar el tema. Así nació la censura más eficiente: la autocensura, que el propio periodista se impone para sobrevivir. La paradoja es brutal. Nunca hubo tantos espacios digitales, tantas plataformas y tantas voces hablando al mismo tiempo, pero nunca había existido un ecosistema tan cargado de miedo, polarización y hostigamiento sistemático. La libertad formal convive con el silenciamiento práctico. El gobierno decía no censurar, mientras alrededor del poder construía un ambiente donde disentir tiene consecuencias. Esa nueva realidad no se fue con él a La Chingada, como se llama su finca en Palenque, sino se quedó en Palacio Nacional, posiblemente, hasta que Morena pierda el poder.
3er. TIEMPO: La evolución de la censura. Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, cuando el contexto del populismo finalmente se impuso en el mundo ante el descrédito de otras formas de gobierno y liderazgos, la censura sufrió una metamorfosis. Aprendió a vestirse de legalidad, a hablar el lenguaje de los derechos y a esconderse detrás de fiscalías, jueces, ejércitos digitales y turbas ideológicas. La nueva censura no siempre prohíbe; intimida. No siempre calla; desgasta. No siempre encarcela; obliga a que muchos prefieran no hablar. Esto llevó al punto más delicado de estos tiempos: la autocensura, que dejó de ser excepción y comenzó a convertirse en rutina. El acoso se multiplicó. Demandas por “violencia de género” -derivada de coberturas críticas-, litigios estratégicos, órdenes judiciales contra periodistas, campañas de linchamiento en redes y presión económica sobre medios críticos. La censura dejó de parecer una decisión centralizada y comenzó a operar como una red descentralizada de castigos ejemplares. Gobernadores, legisladores, activistas partidistas y operadores digitales entendieron la lógica: atacar a un periodista no sólo intimidaba a uno; mandaba un mensaje a todos. López Obrador y sus operadores intentaron en algún momento al comenzar el último tercio de su gobierno, dar a conocer los estados de cuenta de una decena de periodistas, en donde, por el caso de un par de ellos, eran absolutamente falsos, inventados. No se atrevieron a violar los datos personales con falsedades en ese moment del sexenio. La autocensura no apareció de golpe. Se instala lentamente. Primero desaparece un adjetivo. Luego una línea incómoda. Después un reportaje completo. Finalmente, un medio entero decide que ciertos temas “ya no convienen”. El silencio nunca llega haciendo ruido. Produce un miedo sofisticado, negable, fragmentado y muchas veces invisible. Es el tipo de miedo que permite al poder afirmar, con cinismo, que nadie está censurado mientras cada vez menos personas se atreven a hablar con libertad. Es la misma narrativa que han utilizado muchos gobiernos con tentaciones autoritarias: redefinir la crítica como conspiración y presentar a la prensa independiente como adversario político. Quien cuestiona deja de ser periodista para convertirse, según esa lógica, en opositor disfrazado. Por eso la autocensura es más peligrosa que la censura abierta. La censura visible genera resistencia; la autocensura normaliza el silencio. Una sociedad puede indignarse frente a un periodista encarcelado, pero rara vez percibe a tiempo cuando cientos deciden callar poco a poco. Allí está el verdadero daño que dejó el sexenio pasado y que amenaza con consolidarse: la instalación cultural del miedo como método de control político. La democracia mexicana no comenzó a deteriorarse cuando aparecieron las primeras leyes ambiguas o los primeros ataques desde Palacio Nacional. Comenzó a erosionarse cuando muchos entendieron que decir la verdad podía salir demasiado caro.
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