Hace apenas un año, Chiapas vivía una realidad que dolía. Una tierra históricamente asociada con la diversidad cultural, la riqueza natural y la vocación pacífica comenzaba a verse ensombrecida por prácticas de corrupción que, poco a poco, fueron carcomiendo los cimientos de la vida pública. Donde el Estado se debilitó, otros ocuparon el espacio: grupos criminales que, bajo el amparo o la complacencia gubernamental, sembraron miedo, violencia y desconfianza entre la población.
Por eso, cuando Eduardo Ramírez Aguilar asumió la gubernatura, su promesa fue clara y contundente: iniciar una Nueva Era para Chiapas. Hoy, a un año de distancia, esa promesa no suena a consigna de campaña, sino a una realidad palpable en la vida cotidiana de las y los chiapanecos.
La primera señal del cambio fue el combate frontal a la corrupción. No como discurso, sino como decisión política. Cortar de raíz prácticas que habían normalizado el abuso del poder permitió recuperar algo fundamental: la autoridad moral del gobierno frente a la sociedad. Sin corrupción enquistada, el margen de acción de los grupos criminales comenzó a reducirse. El mensaje fue claro: en Chiapas, la ley vuelve a ser ley.
El resultado es evidente. Hoy, Chiapas vuelve a ser esa tierra de paz que encarna lo mejor de México. Una entidad donde la gente puede transitar con mayor tranquilidad, donde las comunidades recuperan la confianza en sus instituciones y donde el miedo deja de marcar la agenda diaria. La paz no es solo ausencia de violencia; es la posibilidad de volver a planear, de trabajar, de invertir y de soñar sin sobresaltos.
Pero la transformación no se ha quedado ahí. Paralelamente, el estado ha comenzado a fortalecer sus capacidades productivas y de desarrollo. La seguridad genera confianza, y la confianza abre la puerta a la actividad económica, al empleo y al aprovechamiento responsable de las enormes potencialidades de Chiapas. Desarrollo y paz, entendidos como dos caras de una misma moneda.
Eduardo Ramírez Aguilar ha demostrado ser un político con altura de miras. No gobierna para la coyuntura ni para la foto inmediata, sino con visión estratégica. Su capacidad operativa se refleja en decisiones firmes, coordinación institucional y resultados medibles. En tiempos donde la improvisación suele ser la regla, Chiapas ofrece un ejemplo distinto: liderazgo con rumbo.
A un año de gobierno, no todo está resuelto —ningún proceso profundo lo está—, pero el rumbo es claro. Chiapas avanza. Y lo hace con algo que parecía extraviado: la certeza de que el futuro puede construirse en paz.
@jlcamachov