Esto lo cuento poco. Como periodista, tuve la responsabilidad de escribir semanalmente los resúmenes que se publicaron en la revista TVyNovelas del primer Big Brother que se realizó en México por allá de 2002. Lo consideraba poca cosa, desde mi pedestal de periodista cultural dedicado a la crítica de cine. Pero, cuando menos, fue más divertido que redactar otros chismes de las que, a mi juicio, eran celebridades deslavadas de Televisa.
Jamás hubiera pensado que, más de 20 años después, las juventudes mexicanas seguirían hablando de las intimidades de Verónica Castro, Yuri, Lucía Méndez, Thalía o Itatí Cantoral. Más aún, ¿quién hubiera imaginado que, décadas más tarde, el formato de ese reality show seguiría vigente? Su productor, Pedro Torres, ya abandonó este plano. También se fue Memo del Bosque, otro destacado productor de esa televisora. Y ahora, le tocó a Chucho Gallegos, una de las principales voces del entretenimiento en México.
A “El señor del espectáculo”, como muchos le conocían, se le atribuye frecuentemente el haber introducido a nuestro país los tabloides, ese formato de publicación impresa, con titulares sensacionalistas, típicamente enfocado en chismes de la farándula. Así fue como, en 1979, se convirtió en el fundador de la revista TVyNovelas, teniendo como portada a ninguna otra que, sí, la Big Vero.
El Señor Gallegos fue mi jefe durante un corto periodo en el que laboré para Editorial Televisa, en las ahora célebres oficinas de Televisa Santa Fe, donde también se construyó el primer foro de Big Brother México. Mis recuerdos de esa época son claros como el agua, aunque suelo pretender que son borrosos cuando alguien me lo pregunta. Mi breve paso por TVyNovelas me enseñó todo lo que me hacía falta aprender sobre el espectáculo en México. No fue bonito.
Por lo que a mí respecta, Chucho Gallegos era un caballero de la vieja guardia. De él solo puedo decir cosas positivas. No así, de los tiburones que lo merodeaban esperando a quedarse con su puesto. Fue, por pura proximidad, un gran maestro para mí. Con él, aprendí todo lo que no quería aprender del mundo del espectáculo. Pero, sobre todo, aprendí que tenía que salir corriendo lo más pronto posible.
Manejó con mucha gracia que los altos mandos le impusieran a este jovenzuelo de 20-y-pocos años como su asistente, cuando probablemente no lo necesitaba. Junto a él, me tocó supervisar el área de revistas que incluía títulos como TVyNovelas, Tele Guía, Somos, Furia Musical y, por aquellos años, también fui responsable de desarrollar el proyecto de Contacto Digital, que se convirtió en la revista oficial de Cablevisión.
Mi paso por esas revistas fue un amargo (pero necesario) despertar. Ahí entendí que, en ciertos círculos del periodismo, importa más la nota que la ética. Todos los días, mi responsabilidad era reescribir, íntegramente, los chismes que entregaban los colaboradores. Notas apenas legibles, escritas a lápiz en trozos de papel, con faltas de ortografía. A veces, textos completos sin la mínima idea de redacción. Incluso, tomar dictado de “reporteros” que, me atrevo a asegurar, no sabían escribir. En el mundo del espectáculo solamente triunfan los que tienen muchas ganas de triunfar.
No es mi intención, en lo absoluto, manchar el legado de alguien como Chucho Gallegos. La última vez que lo vi, ni se acordaba de mí. Fue años después, cuando yo trabajaba en otro grupo de comunicaciones y él presentó un proyecto que no fue aprobado. Lo encontré por los pasillos, confundido. Lo saludé y me ofrecí a acompañarlo a su auto. Por un momento, me tomó del brazo, frágil, y me dijo, “tú trabajaste para mí, ¿verdad?”. Era de noche y lo acerqué hasta la avenida. “En serio, agradezco tu atención”, me dijo al final.
Tengo que preguntar, ¿en qué momento los medios de comunicación se fueron al caño? Hoy, cuando los reyes del rating siguen siendo los mismos reality shows, tan tóxicos como La Casa de los Famosos y La Granja VIP, y cuando las redes sociales nos han saturado con una nueva generación de reporteros, chismosos y creadores de contenido para los que conocer las reglas más básicas del periodismo -ya no digamos saber escribir- dejó de ser un requerimiento, porque hoy basta con ponerse frente a un celular y empezar a hablar.