Cada enero, el Foro Económico Mundial convierte a Davos en algo más que una postal alpina. Es el espacio donde las élites políticas y económicas se dicen, sin demasiados rodeos, lo que no siempre se atreven a decir en público. No se firman tratados ni se aprueban leyes, pero se fijan prioridades. Y en política internacional, la prioridad nunca es el discurso: es el poder.
Davos importa porque ahí se define el clima en el que se tomarán decisiones durante el resto del año. No gobierna, pero condiciona. Quien entiende eso llega a marcar agenda, quien no, termina reaccionando tarde, ajustando sobre la marcha y pagando costos que pudieron evitarse.
El Davos de 2026 llega en un mundo claramente fragmentado. Guerras abiertas, comercio tensionado, cadenas de suministro reconfigurándose y una revolución tecnológica —la inteligencia artificial—, avanzando más rápido que la regulación. El lema de este año, “Cooperación en una Era de Disrupción”, no es una consigna diplomática sino una admisión incómoda: nadie puede solo, pero tampoco todos están dispuestos a cooperar bajo las mismas reglas.
La presencia de Donald Trump encabezando la mayor delegación estadounidense en la historia del foro, redefine el tablero. Trump no llega a Davos a pedir permiso ni a buscar consensos; llega a imponer narrativa. Comercio, seguridad, tecnología y clima, pasan por el filtro de una visión transaccional del mundo que incomoda a muchos, pero que deja algo claro: el orden liberal que dominó durante décadas ya no es incuestionable.
En América Latina, el contraste es evidente. Asisten Javier Milei y Gustavo Petro, dos visiones opuestas del rol del Estado y del mercado, pero con un punto en común que no es menor: ambos decidieron estar. La gran ausente es Claudia Sheinbaum. Y en un foro donde la presencia es mensaje, la ausencia también comunica, aunque a algunos les incomode admitirlo.
El impacto real de Davos no se mide en comunicados finales ni en fotografías oficiales, sino en inercias. Ahí se alinean discursos que, con el tiempo, se convierten en política pública, flujos de inversión y cambios regulatorios. Cuando líderes del G7, grandes empresarios y organismos multilaterales coinciden en diagnósticos —riesgos geopolíticos, fragmentación tecnológica, seguridad energética—, los mercados ajustan expectativas. Eso se traduce en costos de financiamiento, decisiones de expansión y apuestas sectoriales muy concretas.
Davos también normaliza ideas. Conceptos que hace algunos años parecían extremos hoy son parte del lenguaje cotidiano: reshoring, friend-shoring, soberanía tecnológica, regulación de la inteligencia artificial. El foro no los inventa, pero los legitima. Y lo que se legitima en Davos termina, tarde o temprano, influyendo en gobiernos, empresas y bancos de inversión.
Por eso la ausencia de México no es un tema protocolario ni anecdótico; es una señal estratégica. En un momento en el que se discute el rediseño de las cadenas productivas, la seguridad energética y la gobernanza tecnológica, no estar implica ceder espacio narrativo y político. México tiene ventajas reales: cercanía con Estados Unidos, capacidad manufacturera, experiencia exportadora y una oportunidad histórica con el nearshoring. Pero Davos no premia el potencial; premia la certidumbre. Y la certidumbre se construye con presencia, discurso claro y reglas previsibles.
Mientras otros países van a venderse como destinos confiables y competitivos, México corre el riesgo de aparecer como un actor que confía demasiado en su inercia. En un mundo fragmentado, la neutralidad no protege; se vuelve irrelevante. El capital no espera, la geopolítica no pausa y las decisiones no se toman pensando en quien no está en la mesa.
Davos 2026 confirma algo que muchos prefieren ignorar: el mundo ya se está reordenando. Las potencias hablan de cooperación, pero compiten sin pudor. Las empresas buscan estabilidad, pero se mueven rápido. Y los países que no cuentan su historia terminan atrapados en la historia que otros escriben sobre ellos.
México todavía está a tiempo de jugar un papel central, pero eso exige entender que la política exterior también es economía, y que la economía global hoy se discute en foros como Davos, nos guste o no. Porque al final, Davos no define el futuro, pero sí deja claro quién se sienta a la mesa… y quién se queda viendo desde afuera.