Lo que ocurrió el pasado 20 de abril en la zona arqueológica de Teotihuacán es el síntoma de una patología social que cruza fronteras y que cada vez que vuelve un problema más frecuente y preocupante. El perfil de Julio César ‘N’, quien abrió fuego desde la Pirámide de la Luna contra un grupo de turistas, revela una contradicción tan absurda como letal. Y es que el tirador, movido por un odio visceral hacia los extranjeros, nutrió su delirio precisamente con referentes foráneos. Su obsesión con Adolf Hitler y su mimetismo con los perpetradores de la matanza de Columbine demuestran que el fascismo y la ultraderecha han encontrado en las audiencias jóvenes un terreno fértil para la radicalización.
Pero, tal vez, lo más paradójico del caso, es que, al mismo tiempo, su historial en redes sociales lo vincula con tendencias progresistas: en su adolescencia fue vegano, fanático de Lady Gaga, un icono LGBT+ al que invariablemente se le relaciona con los inadaptados y segregados de la sociedad, pero desde una perspectiva de autoaceptación. En contraparte, el asesino era escritor y amante de la literatura. De hecho, llegó a publicar un libro que, según sus propias publicaciones, era de un ser superior y para seres superiores.
Independientemente de la tendencia ultraconservadora o de radical progresismo, todo lo que ha ido surgiendo en torno a los gustos e ideales de Julio César, deja en evidencia que se trata de otro personaje que vivió su vida buscando una identidad, un espacio propio. Cuando dejó atrás el fanatismo por las divas pop, por ejemplo, se condujo al extremo opuesto, con el nazismo o tiradores en masa como sus principales referentes, una desconexión profunda de la sociedad que terminó en uno de los hechos criminales más sonados de las últimas semanas.
El joven de apenas 27 años no eligió el 20 de abril por azar. La fecha, que conmemora tanto el nacimiento del dictador alemán como el aniversario del tiroteo en la secundaria de Colorado en 1999, funciona como un código de identidad para quienes habitan las subculturas de odio en la red. Al vestir una camisa idéntica a la de Eric Harris y realizar montajes digitales junto a sus ídolos, el tirador se inscribió en una espiral interminable de resentimiento social.
El riesgo es que, en este ciclo vicioso, el tirador de Teotihuacán deje de ser visto como un criminal para convertirse en un nuevo objeto de culto para jóvenes alienados, así como esta vez él actuó influido por los actos de otros. La historia nos enseña que la violencia tiende a ser imitativa; hoy lamentamos a las víctimas de Jasso, pero mañana podríamos enfrentar a quienes decidan idolatrar su barbarie.
Este hecho ocurre en un momento de extrema sensibilidad para el país. A pocas semanas del inicio del mundial de fútbol, el incidente obliga a cuestionar, de nuevo, la preparación de México en materia de seguridad y logística. Si bien las autoridades federales y estatales han presumido despliegues millonarios en las sedes de los partidos, aeropuertos y vialidades principales, el ataque en la Pirámide de la Luna demuestra un punto ciego crítico. Todo indica que el diseño de seguridad se concentró en los “espacios mundialistas”, olvidando que el turismo internacional buscará realizar actividades recreativas en recintos históricos y culturales que hoy lucen vulnerables.
Resulta incomprensible que un individuo lograra ingresar a un sitio de alta visibilidad con un arma y más de 50 cartuchos útiles. La falla de los filtros del INAH y la Guardia Nacional, a cargo de Guillermo Briseño Lobera, expone una fragilidad institucional que no se resuelve solo con discursos de solidaridad. México se prepara para albergar la justa deportiva más importante del año, pero la masacre de ayer deja la impresión de que el Estado no contempló acciones para garantizar la integridad de los visitantes fuera de los estadio
Julio César representa el terrorismo individual del siglo XXI: el tirador ideologizado por internet que no responde a las lógicas del narcotráfico o la delincuencia organizada. Su psicopatía fue alimentada por foros digitales donde el desprecio por la vida ajena se disfraza de superioridad racial o mística. Ante este panorama, la seguridad nacional debe evolucionar para detectar la radicalización psicológica en la red antes de que se traduzca en balas en el mundo físico.
Hoy, el joven que es un monstruo, puede convertirse en el mártir y referente de miles de niños del mañana. Y la historia nos obliga a entender que, mientras no se actúe cortando los temas de raíz -estos foros de odio como un escaparate para jóvenes inadaptados- este ciclo de rabia y violencia pinta para ser infinito.