De la representación mexicanaLa semana anterior se anunciaron las películas que representarán a México en la carrera por los premios Oscar y Goya de 2027. La violenta fantasía queer, En el camino, del director David Pablos, buscará un lugar entre las nominadas en Hollywood, y la deprimente historia en blancio y negro del director Fernando Eimbcke, Moscas, hará lo propio en España.
Desde ya, me gustaría declarar que hemos perdido ambas batallas. Pero el panorama cinematográfico es tan cambiante y el gusto del público y la crítica contemporáneos es tan difícil de predecir, que no me atrevería a asegurar nada. Lo que sí puedo hacer es expresar mi inconformidad como espectador.
Empecemos por decir lo que es obvio, que se trata de producciones de buena calidad, no estarían compitiendo por premios importantes si no fuera así. Lo que yo encuentro problemático es la representación que hacen de lo mexicano y, en el caso de En el camino, también la representación que hace de lo queer en México.
Quisiera agregar que, como crítico, desistí de escribir de ellas durante su estreno, precisamente porque no me gusta aportar a la negatividad que podría rodear a un estreno mexicano y afectar su desempeño en taquilla. No pensé que tendría que retomar el tema después, pero aquí estamos.
Moscas es una de dos películas (la otra es Olmo) con las que el director Fernando Eimbcke está de vuelta, tras casi 13 años en los que solamente se involucró en proyectos menores y a más de 20 años de Temporada de patos, la película que lo volvió un referente. Olmo es una historia más brillante pero Moscas, en toda su melancolía y pesadumbre, es la que acaparó la atención de sus seguidores y de los festivales, quizá por los muchos vasos comunicantes que tiene con su clásico de 2004.
En el camino, de David Pablos, es una historia que destaca diversos aspectos de la marginalidad queer en México, enfocándose otra vez en el crímen organizado y en cómo su influencia trastoca las vidas de los jóvenes, pero que termina por exotizar y sexualizar a sus personajes, volviéndose poco más que una fantasía erótica en un contexto de peligro.
En ambos casos, nuestras representantes ante el mundo serán dos películas que regresan a la inescapable fórmula de la pornomiseria y la romantización de la pobreza en el cine mexicano, resaltando aspectos reales pero muy negativos de lo que en otros países ya es considerada nuestra identidad, donde la pobreza, la corrupción, la ingobernabilidad y el desgaste de las instituciones ya son los nuevos cactus, desiertos, sarapes, sombreros y rancheros bigotones del cine nacional.
Exactamente lo mismo que los mexicanos detestaron de Emilia Pérez, pero con una dosis de victimismo que para mí como espectador es insultante. Es la misma pornomiseria que antes pretendía denunciar los grandes problemas que hasta hoy enfrentamos como país (que nunca ha sido la favorita del público que paga un boleto), pero ahora con un agregado de chantaje emocional que nos pide a base de lágrimas y pataletas que sintamos lástima por estos personajes. Lástima, no empatía. Hay diferencia.
¡Pero que no decaiga el ánimo! Se vale apoyar al cine mexicano cuando sale a competir, solamente hay que recordar que no estamos apoyando únicamente a sus directores sino a nuestra propia representación como país. No se trata de si David Pablos o Fernando Eimbcke nos gustan. Personalmente, yo encuentro aún más problemático que sean dos directores cuya realidad está tan alejada de los problemas que pretenden retratar, quienes elijamos para ser la voz de las minorías y los grupos vulnerados en México.