La polarización de la cultura contemporánea en los Estados Unidos atraviesa uno de los momentos más álgidos y de mayor fragmentación política de su historia moderna. Lo que antes se explicaba por medio de referentes ideológicos o programáticos en términos de política pública, hoy se manifiesta como un pleito de dimensiones nacionales con dos vectores culturales y políticos predominantes: el movimiento Woke y el movimiento Make America Great Again (MAGA).
Estos movimientos trascienden las categorías de agrupación política o de plataforma electoral. Son, en esencia, un entramado de creencias y sistemas de sentido, que construyen pertenencia y marcos de referencia cognitivos y afectivos que definen la carta de identidad de una comunidad, de un condado, de un estado y, sí, de una visión de país.
Con las elecciones intermedias de noviembre a la vuelta de la esquina, el enfrentamiento entre la izquierda sociocultural (sintetizada bajo el término Woke) y la derecha populista de matiz nacionalista (MAGA) constituye el eje que estructura el debate público nacional y también del que ocurre en las sobremesas del ciudadano de a pie.
Origen
Woke. Nació en el movimiento por los derechos civiles de los años sesenta. Era un apelativo a la noción de “permanecer despierto"; simbolizaba la resistencia y el combate contra la violencia racial. En los últimos quince años, aproximadamente, experimentó un drástico desplazamiento hacia la izquierda en temas raciales y de género entre el votante demócrata blanco con educación universitaria. Hoy se utiliza como referencia peyorativa para denostar lo que se percibe como un dogmatismo autoritario, moralizante e hipersensible.
MAGA. Si bien el término fue acuñado por Ronald Reagan en 1980, el movimiento MAGA actual surge como respuesta a transformaciones socioeconómicas y demográficas acumuladas durante décadas y tiene tres momentos fundacionales: primero, la pérdida de empleos de la clase trabajadora debido a la desindustrialización impulsada por la globalización. Segundo, la consolidación de la diversidad demográfica y la reacción ante la presidencia de Obama. Tercero, la campaña presidencial de 2016, en la que Donald Trump captura el agravio acumulado y lo transforma de una consigna de campaña a una subcultura política basada en la creencia de que otros grupos (minorías, inmigrantes, élites urbanas y financieras) obtienen ventajas inmerecidas con la complicidad del Estado.
Similitudes
A pesar de lo opuesto de sus contenidos doctrinarios, sus dinámicas para percibir la realidad y sus formas de movilización política muestran cuatro paralelismos principales.
a. Moralización maniquea de la política. Ambos han adoptado una psicología de la pureza moral. Para el Woke, el adversario no está simplemente equivocado en términos fiscales, sino que es racista, fascista, inmoral y profundamente ignorante. Para el simpatizante MAGA, el oponente es un traidor, un marxista y un enemigo del país.
b. Polarización afectiva y sesgo de confirmación. Ambos muestran una alta dosis de hostilidad hacia quienes no son miembros de su grupo. Ambos consumen información a través de cámaras de eco partidistas y tienen un procesamiento defensivo de la información, en el que la evidencia contraria se descarta por considerarla un acto de desinformación enemiga.
c. Victimización y desconfianza institucional. Ambos expresan un rechazo pronunciado hacia las instituciones tradicionales de la democracia liberal. El movimiento Woke desconfía del sistema judicial, de las fuerzas de seguridad y del sistema electoral por considerarlos instrumentos de opresión estructural y de clase. Por su parte, el movimiento MAGA desconfía de las instituciones de impartición de justicia, de los cuerpos encargados de hacer cumplir la ley, de la comunidad científica y del proceso electoral por considerarlos instrumentos manipulados por una cofradía de élites privilegiadas.
d. Desplazamiento del centro. En ambos casos, no manifestar enérgicamente sus creencias doctrinarias e inclinarse por posturas más moderadas activan protocolos de control, como actos de limpieza grupal. El incentivo para acudir a las urnas no es necesariamente el entusiasmo por el propio candidato o por la plataforma política, sino el pánico existencial ante la posibilidad de que la facción opuesta obtenga el poder e inicie un cambio de identidad contrario a sus creencias.
Desde esta óptica, en los Estados Unidos la política se ha convertido en una arena de conflictos identitarios no negociables. Las elecciones intermedias serán un refuerzo de ello.