1ER. TIEMPO: Atrapada en su pasado. Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, una periodista desconocida que trabajaba en La Jornada de Oriente, en Puebla, le fue recomendada al entonces presidente por su principal asesor político, Rafael Barajas, el moreno Fisgón, para una sección que se había inventado su entonces vocero, Jesús Ramírez Cuevas, para confrontar a periodistas críticos y quemarlos todas las mañanas en leña verde. De esa forma, Ramírez Cuevas, cobarde para dar la cara a quienes quería linchar, llevó a Liz Vilchis a ser su pieza de sacrificio. La señora Vilchis fue presentada como la responsable de una sección inconstitucional en ese espacio de información y divulgación presidencial, llamada “Quién es quién en las mentiras de la semana”, que se inauguró con dos momentos: condenando a quien esto escribe por una información que fue cambiando conforme avanzaba una intervención policial en la Universidad de las Américas en Puebla, que iba registrando en ese entonces en Twitter, y ajustando y corrigiendo de acuerdo con la información oficial que salía, y a una mentira de López Obrador que dijo que la esposa del presidente de Haití, había sido asesinada esa mañana junto con su esposo, durante un golpe de Estado. Resultó que la esposa no fue asesinada, sino que, como se supo más tarde, fue parte de la conspiración. López Obrador nunca corrigió, porque no se trataba de verdades, sino de desinformación, tergiversación, mentiras y ataque a los críticos. Vilchis se desvaneció de la arena pública con el final del mandato de López Obrador, pero reapareció en SDP, un portal que compró Federico Arreola, enamorado eterno de Luis Donaldo Colosio, y que pidió públicamente en una columna en El Norte de Monterrey que Carlos Salinas era tan buen presidente que debía reelegirse, para volverse un mercenario al servicio de la mejor cartera, como su reportera estrella en las mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum. Desde ahí, del otro lado de la barra, hizo lo que mejor hace su patrón, arrastrarse ante el poder. Pero a diferencia de su empleador, a quien pocos le siguen haciendo caso, la señora Vilchis se ha enterado que años después, muchos de los agravios que cometió con impunidad durante los primeros seis años de la 4T, se lo están cobrando. Le dieron nueva vida a lo que dejó escrito en Twitter hace algunos años, y aunque muchos los haya borrado, la recuperación de muchos otros inyectó combustible a sus problemas. Internet tiene memoria, y quien buscó, encontró. Lo que alguna vez escribió desde la impunidad de su cuenta personal regresó como un espejo incómodo.
2DO. TIEMPO: Sus tuits de odio, no pueden desaparecer. La tormenta que vive Liz Vilchis, va para tres semanas y no parece que parará. La creó ella misma, cuando tomó una entrevista de Grecia Manzo con Adela Micha, poco después del asesinato de su esposo, el alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, en noviembre pasado, y justo en el contexto de sus crecientes niveles de popularidad de cara a las elecciones para gobernador de Michoacán el próximo año. Vilchis sugirió -así se entendió-, que la viuda y hoy alcaldesa del municipio, pudo haber estado involucrada en el crimen, a partir de una declaración de que en el evento del Día de Muertos que acompañó a su esposo junto con su familia y un hijo en brazos, pero en la parte final de las actividades, no había acompañado al ex alcalde. Desde entonces, han aparecido mensajes que publicó entre 2011 y 2015, cuando tenía entre 22 y 26 años de edad, que no son inocuos, sino expresiones despectivas sobre mujeres, comentarios sobre el peso, insultos y juicios particularmente severos contra jóvenes que tuvieron un embarazo durante sus estudios. La señora Vilchis estudio Antropología Social en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y durante una década manejó los contenidos Web de La Jornada de Oriente. Pero lo suyo era la política. Su esposo había sido secretario de Gobierno en la alcaldía de Puebla y en la actualidad es asesor de la Consejería Jurídica Federal. Ella tenía cosquillas por la vida pública, y fue diputada local poblana suplente en 2021, aunque de manera efímera porque fue reclutada para ser la cara de “Quién es quién en las mentiras de la semana”. Uno de los primeros mensajes que fueron rescatados de la memoria de Internet, fue contra la diputada poblana de su partido, Nayeli Salvatori, a quien le escribiñó que era “la vieja más corriente e ignorante que conozco”. Hubo otros que se referían a miembros de su movimiento, el de la 4T, como el hoy senador Gerardo Fernández Noroña, a quien le puso, lacónicamente en su cuenta: “chinga tu madre Noroña”. Vilchis era incontenible. “Yo digo que debería meterse a un curso para superar sus muletillas, pinche vieja gorda, creída y culera”, describió en septiembre de 2014 sobre una persona que no identificó. De una más, dos años antes, expresó: “Esa vieja está cada vez peor de gorda, cachetona y hater”. Tenía un problema con las mujeres con sobrepeso, como a otra tampoco identificada que le pidió “tápate eso, estás fea y gorda”. Cero empática, una hater de mujeres como no se había conocido alguien tan brutal y sistemática, le dijo a otra: “Si te embarazaste en la preparatoria o en la universidad no eres una mami-rica solo eres una prostituta con un bebé”. ¿De dónde sacaba tanta inquina? Vilchis dice que aquella Liz era una persona que ya no lo es, pero los comentarios contra Grecia Quiroz demostraron que aquella mal nacida, mal nacida será.
3ER. TIEMPO: El porqué del escándalo. ¿Puede alguien cambiar su forma de pensar y actuar? Por supuesto. Carlos Marx decía que era dialéctico rectificar. Las personas cambian. Las ideas también. Y hay quien se arrepiente sinceramente de lo que fueron. Pero ¿por qué las cosas son diferentes con Liz Vilchis? Porque es un típico caso del legado del expresidente Andrés Manuel López Obrador: construyó una parte importante de su identidad pública alrededor de la condena moral de los demás. Como responsable de la sección “Quién es quién en las mentiras de la semana”, que cada miércoles servía para hablar de la pureza del fundador de la 4T y fustigaba a quienes identificaba de difundir información falsa, manipulada o tendenciosa, sin importar que mintiera en sus argumentos, tenía como función central no solo replicar a sus críticos, sino establecer las diferencias entre quienes, incondicionales al régimen, se colocaban del lado correcto de su verdad y los que no. De ahí que aquellos mensajes en Twitter adquieren una dimensión política que no tendrían si provinieran de una persona anónima. No se ha estado juzgando con insistencia a una mujer por lo que escribió hace más de una década, sino que al contrastar a la persona que escribía aquellos mensajes con la figura pública que después se presentó como autoridad moral para señalar prejuicios, clasismo, misoginia y discriminación, muestran la hipocresía y la contradicción en la que se ha desenvuelto. Reconocer que era otra persona, como la salida fácil a la trampa en la que sus actos la colocaron es una cosa, y otra muy distinta es pretender que el pasado no importa. Vilchis que mostró su falta de temple al cerrar su cuenta de X cuando vio el aluvión de críticas y la forma como el cateterismo moral la estaba hundiendo, salió a reconocer los mensajes y disculparse, afirmando que la gordofobia, el clasismo y los prejuicios como formas de violencia en los que tanto incurrió en aquellos años, no resuelven automáticamente su contradicción. Una disculpa explica el presente. No reescribe el pasado. Y aquí aparece una ironía difícil de ignorar: la mujer que durante años ayudó a administrar desde Palacio Nacional el tribunal político de las redes sociales ahora se encuentra sentada en el banquillo construido con las mismas reglas. Es lo que muchos podrán considerar, justicia poética, que llegó antes de lo que podrían haber esperado, como parte de un ajuste de cuentas de la realidad con quienes trataron durante un sexenio de esconderla y modificarla.
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