Hubo un momento en el que convertirse en juez implicaba años de carrera judicial, discreción pública y una cierta solemnidad institucional. Hoy, en México, también puede implicar grabarte bailando en TikTok, usar audios virales, sonreír frente a la cámara con subtítulos motivacionales y pedir el voto como si estuvieras entrando a La Casa de los Famosos. ¡Y esto tampoco nos sorprende!
Tal como lo vivimos el año pasado, las campañas judiciales mexicanas están produciendo uno de los espectáculos políticos más absurdos de los últimos años. Aspirantes a impartir justicia convertidos en creadores de contenido. Candidatos intentando resumir trayectorias jurídicas en videos de 30 segundos porque entendieron que, en la era del algoritmo, la profundidad perdió contra la visibilidad.
El problema no es únicamente que se perciben ridículos para la ciudadanía, sino lo que revela sobre el país.
¿Acaso han convertido la legitimidad judicial en un concurso de popularidad digital?
Mientras el país enfrenta desapariciones, impunidad, infiltración criminal y un sistema de justicia que continúa decepcionando, la discusión pública está atrapada en jueces haciendo trends. Como si el gran dilema nacional fuera quién comunica “mejor” y no quién entiende la Constitución, el debido proceso o los límites del poder.
La política mexicana tiene una obsesión enfermiza con el espectáculo, todo termina convertido en narrativa, personaje y contenido.
No es casualidad que muchos candidatos judiciales parezcan influencers improvisados. Parecen ser el producto natural de una cultura política que lleva premiando la viralidad sobre la preparación durante los últimos años. En México llevamos demasiado tiempo confundiendo cercanía con capacidad y carisma con competencia.
Además el algoritmo parece premiar la simplificación, es decir; tienen mayor éxito las frases absolutas, posiciones extremas, emociones rápidas y personajes fáciles de consumir. Exactamente lo contrario de lo que debería representar un juez.
Un juez no está para generar engagement; está para generar confianza institucional. Está para interpretar leyes incluso cuando hacerlo resulta impopular. Y está para resistir la presión política, mediática y social; no para optimizar alcance.
Pero México vive una etapa donde todas las instituciones están siendo arrastradas hacia la lógica de las redes sociales.
Tal vez lo más inquietante no son los TikToks, sino que millones de personas probablemente terminarán votando por rostros, tonos de voz o clips virales sin tener la menor idea de los criterios jurídicos de quienes podrían definir su libertad, sus derechos o su acceso a la justicia.
Lo que ha demostrado el deterioro de nuestra relación con las instituciones; porque cuando un país convierte a sus jueces en influencers, no está modernizando la democracia. Está admitiendo que ya no sabe distinguir entre representación y entretenimiento.
Porque no es que la justicia esté entrando a TikTok, sino, que TikTok parece haber entrado ya a la justicia.