En cuestiones de inteligencia artificial, mi hijo es el ducho. Desarrolló una plataforma informática que aprovecha el enorme poder de análisis de textos recopilados, incluidos los propios, y ofrece una “matematización” geométrica (auténticamente una geoda) que define el estilo de cada autor.
Usa un curioso esquema de parámetros binarios abstractos. Digamos que enfoca la mucha o poca “crema” de cada autor: metafórico o directo, repetitivo o diverso, técnico o coloquial, etcétera. Con ello, arroja finalmente un “perfil tridimensional de la escritura”. Su utilidad radica en comparar plásticamente la forma estilística de un mensaje propio con el que usaría un eventual receptor. Puede modificar nuestra propia escritura y hacerla “afín” a la de un comprador, un empleador, un cliente, cualquier destinatario… y convencerlo mejor, porque sentirá nuestro mensaje casi como propio.
Sabemos que la inteligencia artificial ha conseguido la travesura antes reservada a falsificadores de época como Elmyr de Hory, que generaba supuestos Picassos hasta que lo cacharon (Orson Welles retomó la historia en F for Fake). El problema con la IA es que cada día resulta más difícil “cacharla” porque reconoce las técnicas de los expertos y las de la propia IA para descubrir imposturas.
Hoy pululan experimentos de “transferencia neuronal de estilo”, como el desarrollado por Leon Gatys, que usa lo propio de Van Gogh y lo aplica a cualquier fotografía. Google ha experimentado igualmente con 306 armonizaciones corales de Bach que puede aplicar a una melodía sencilla. No solo suena a Bach, confunde a la crítica sobre una supuesta partitura pedida del compositor.
Una narración anodina podría reescribirse incorporando el realismo mágico de Fuentes o las atmósferas de…, ¿qué tal Onetti? La IA reconoce estilos, ritmos y procedimientos retóricos, e imita como nadie a los maestros.
Levanté la voz con un argumento: la apropiación estilística no conlleva obligatoriamente la reproducción del acto imaginativo subyacente. Curioso, pero tampoco garantiza que el resultado vaya a carecer de gran valor estético. Dependerá de los lectores.
Me veo obligado a plantear ante mi hijo una dimensión menos explorada: el carácter “perlocutivo” del habla. John L. Austin lo describió en How to Do Things with Words (1962) al distinguir entre lo “locutivo” (aquello que expresamos al hablar con una simple descripción); lo “ilocutivo” (la acción inserta en el habla cuando promete, inaugura, bautiza…); y lo “perlocutivo” (los efectos producidos en otros cuando conmueve o transforma una conducta; ejemplo de esto es la desbandada que surge del grito “fuego”).
La literatura detona sentimientos de formas que los autores jamás imaginaron. Su eficacia estética no reside exclusivamente en una fórmula predecible, “matematizable”. Interviene en vidas ajenas y las motiva de modo distinto en cada momento.
La genialidad responde en buena medida a la originalidad estilística, reconocible y, por lo visto, cada vez más reproducible artificialmente con exactitud algorítmica. Pero la experiencia creadora radica especialmente en una conexión emotiva “creador-receptor”, y los extremos de esta cadena vinculan estados emocionales variables.
Toda escritura conlleva “iterabilidad” (puede repetirse en circunstancias diferentes de tiempo, espacio y función). Esto invita a pensar en las múltiples lecturas que un creador nunca anticipará. Los efectos de una obra nunca concluyen y continúan desplegándose mediante apropiaciones basadas en nuevas experiencias de cada receptor.
Un texto leído hoy o tiempo después, incluso por su mismo autor, resulta enteramente distinto. La propia IA lo encontrará desigual después de incorporar nuevos insumos. Esto se agrava si median traumas como guerras o transformaciones políticas. La revolución que está generando la IA, así como lo hizo la Revolución Industrial, catalizará visiones muy diferentes sobre todos nuestros textos, nuestro arte y nuestra humanidad.
Lo único cierto es que la conexión entre los extremos seguirá siendo humana. La IA no tiene motivación alguna para dar sentido a esa conexión; no se conmueve inesperadamente con ella.
Dejemos que la IA anticipe algunas profecías estadísticamente, pero confiemos en que nunca podrá asegurar el destino final del texto. Entonces, el futuro relevante del artista y sus receptores, como sublime función humana, está eternamente garantizado. Ningún autor puede tampoco saber los efectos perlocutivos de su obra, pero tiene la ventaja de no pretender averiguarlos al tiempo que, por incalculables, los anhela y cultiva.
Ojalá mi hijo tenga mucho éxito con su invento informático; ojalá tenga igual éxito con su arte.