El costo del espectáculo político

14 de Septiembre de 2026

El costo del espectáculo político

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Edgar Rodríguez González

La tradición de las convenciones políticas y los mítines masivos, tanto en el Partido Demócrata como en el Republicano, es evidencia de que estos eventos operan como dispositivos de ingeniería afectiva y de catarsis colectiva.

La política que se da en tiempos electorales es impensable sin una buena dosis de espectáculo. Así lo atestiguamos en la reciente convención del Partido Republicano en la ciudad de Dallas, Texas, y así lo veremos en la convención que organicen los demócratas. Del resultado de las elecciones inmediatas de noviembre próximo, podremos esperar cambios en el partido que controle la Cámara de Representantes o el Senado; podrá haber relevo en los grupos de poder que controlan la agenda pública, pero la dependencia de la política respecto del espectáculo público se mantendrá intacta.

Como bien apuntó Neil Postman hace más de cuarenta años, en el entorno de los medios electrónicos no se priorizan la complejidad analítica ni la deliberación pausada, sino el entretenimiento visual, la inmediatez y la carga emocional.

Murray Edelman fue más allá al sostener que estos eventos son “rituales políticos” diseñados para crear una falsa sensación de participación y apaciguar las ansiedades públicas. Las multitudes que abarrotan un estadio no son invitadas a pensar; están ahí para participar en una liturgia secular en la que el líder encarna los miedos y los deseos colectivos del grupo.

El espectáculo político cumple una función tranquilizadora: ofrece dramas maniqueos en los que el bien (representado por el partido y su base) lucha contra el mal (el adversario), enmascarando la complejidad estructural de los problemas socioeconómicos reales bajo un guion teatral bien diseñado.

El costo de entretener. Eventos como la convención en Dallas generan costos sumamente elevados. Por un lado, la infraestructura de seguridad local experimenta una importante presión presupuestaria: tan solo los operativos a cargo de la policía de Dallas y de los cuerpos de emergencia para proteger el evento ascendieron a más de 2 millones de dólares en fondos municipales, destinados principalmente a horas extra policiales y a logística de transporte, en un contexto en el que los gobiernos locales frecuentemente asumen estos gastos sin una garantía total de reembolso federal.

Por otro lado, el financiamiento político interno opera como una economía de exclusión y de contraprestación para las élites. Los boletos de acceso, paquetes VIP y oportunidades de interlocución directa —como mesas redondas o fotografías con los principales líderes y candidatos— oscilan desde los 5 mil hasta los 250 mil dólares por persona, mientras que a los legisladores y candidatos se les asignan cuotas de participación obligatorias que superan fácilmente los 25 mil dólares.

A esto se suman las macrodonaciones corporativas y los fondos de comités de acción política (PAC, por sus siglas en inglés.), aumentando el costo total de este tipo de eventos a decenas de millones de dólares. Así, mientras el costo monetario directo de organizar el aparato proselitista se dispara, el evento se financia como un producto de lujo para los donantes, lo que transforma la liturgia electoral en una feria de vanidades corporativas e ideológicas.

El efecto en el ciudadano. La psicología social nos sugiere que el espectáculo político altera profundamente la psique del ciudadano, transformándolo de un sujeto deliberativo en un consumidor pasivo e hiperemocional. Se infantiliza a la ciudadanía al reducir los programas de gobierno a consignas pegadizas, promesas desmesuradas y ataques simplistas contra el rival. De esta manera, el votante es tratado como un infante al que hay que seducir mediante estímulos pavlovianos, apelando al miedo identitario o al orgullo tribal, en lugar de invitarlo a reflexionar sobre las propuestas programáticas de gobierno. Se estimula una fe ciega y mesiánica en los devotos más fervientes del espectáculo y, al mismo tiempo, una profunda apatía y escepticismo en el electorado independiente, que observa el circo electoral como un espectáculo ajeno a sus necesidades reales.

Finalmente. Al estar atravesados por costos multimillonarios y por una lógica implacable de mercado, estos eventos confirman la mercantilización absoluta de la experiencia política. En la era digital, el evento se segmenta en decenas de fragmentos de quince segundos, diseñados para provocar una reacción visceral inmediata. En este tipo de eventos, el enemigo a vencer es el pensamiento crítico.