1er. TIEMPO: La soberbia ciega. Hay algo más peligroso que un político soberbio: un político soberbio que cree haber heredado el poder. Andrés López Beltrán, Andy, se encuentra en ese punto. No es presidente, no es secretario de Estado, no es gobernador y, por ahora, ni siquiera ocupa la posición dentro de Morena desde la cual pretendía convertirse en uno de los grandes operadores del partido y en cuatro años, por designio de su padre, Andrés Manuel López Obrador, presidente de la República. Las alas que le quiso poner su padre se toparon con la realidad de su capacidad y personalidad. Se comporta como si llevar el apellido López Obrador fuera suficiente para convertirlo en una autoridad política. Ahí está el nudo de su problema. Andy no construyó el poder que tiene. Lo heredó. Es hijo del hombre que durante décadas convirtió una carrera política en un movimiento, que después transformó ese movimiento en partido y finalmente llevó a ese partido a la Presidencia. Andy creció dentro de ese poder. Conoció sus códigos, sus privilegios, sus lealtades y también sus mecanismos de defensa. Pero confundió una cosa con otra: creyó que la herencia política equivalía a legitimidad propia, y que la marca del apellido del padre le garantizaban el mismo teflón que durante lustros cubrió a López Obrador. La primera advertencia que así no era fueron las fotografías que circularon de su viaje a Japón, hospedado en hoteles de lujo en Tokio, comprando ropa de lujo y pagando cenas que solo un acaudalado podría pagar sin dolerle sacar el dinero. No le importó. Sus negocios en restaurantes -los menos-, en la venta y distribución de medicinas, en los libros de texto y en el principal negocio que se sospecha tiene, el contrabando de combustible, exhibidos en la prensa, no lo inhibieron ni detuvieron, al no poder entender que la fuerza que creía tener tenía pies de barro y solo lo sostenía que la presidenta Claudia Sheinbaum, protegiendo el legado de su padre, no quiso actuar en contra de él. De ahí vino el gran error de su vida pública, la carta al presidente Donald Trump pidiéndole explicaciones del porqué la cancelaron su visa a Estados Unidos, exigiéndole, además, que despidiera al secretario de Estado, Marco Rubio, y al secretario de Estado adjunto, Christopher Landau. No causó risa en Washington, que mandaron el mensaje de molestia a Palacio Nacional. El país se dio cuenta que ese búfalo en el aparador, era un don nadie. Y él, vio con desconcierto como su castillo se derrumbó. Pensó que la carta a Trump lo convertiría en un ícono en la defensa de la soberanía, y que su defensa por la independencia ganaría consenso nacional. Ingenuo. Lo que escuchó en México, fueron carcajadas que midieron el tamaño de su intelecto.
2o. TIEMPO: Regreso a su realidad. La soberbia de Andrés López Beltrán ha descubierto una de las ventajas más antiguas del poder: cuando nadie está dispuesto a decirle que no, cualquier ocurrencia puede confundirse con una estrategia y cualquier desplante con autoridad. Andy, como se le conoce en el círculo político, no ocupa la Presidencia de la República, ni tiene un cargo dentro del gobierno que le permita hablar en nombre del Estado mexicano. Pero actúa como si tuviera algo más importante y con mayor peso, el apellido. En el régimen construido por su padre, el apellido López Obrador fue una credencial política, una llave para acceder a espacios, interlocutores y decisiones que para cualquier otro ciudadano permanecerían cerrados. Su problema es que todo ello no era transferible. La llegada de Claudia Sheinbaum a Palacio Nacional modificó el equilibrio interno del obradorismo. Es cierto que López Obrador conserva influencia política, simbólica y sentimental sobre Morena, pero ya no tiene el aparato del Estado. Sheinbaum sí. Por eso tropieza continuamente Andy. La reciente cena con su hermano Gonzalo y tres amigos en un restaurante de la Ciudad de México, tras el revés que tuvo en la opinión pública su carta a Donald Trump, y los señalamientos de que era investigado por el contrabando de combustible, fue una señal clara de que no comprende el papel que juega en el concierto nacional, no porque tenga peso político, sino por el apellido que tiene. En medio de un escándalo creciente, en lugar de bajar el perfil actuó como si nada hubiera pasado. La soberbia lo volvió a engañar. Andy sigue enseñando que no puede caminar solo, porque cada vez que lo intenta aparece la sombra de su padre. Y mientras más pretende demostrar que es un actor político autónomo, más evidente resulta que buena parte de su capital político proviene precisamente de ser hijo de Andrés Manuel López Obrador. Es una trampa de la que difícilmente puede escapar. Si se presenta como hijo del expresidente, depende del legado. Si aspira a una candidatura, tendrá que ganar una elección. Y si quiere convertirse en un actor nacional, tendrá que sobrevivir a algo que su padre dominó durante décadas: la crítica. No podrá exigir que lo traten como heredero cuando le conviene y como ciudadano privado cuando le preguntan por sus relaciones. Lo que no ha aprendido es que ya no puede refugiarse detrás de su padre. Ya no habita Palacio Nacional, que no solo es una diferencia fundamental a lo que sucedía hasta hace dos años, sino que sus acciones repercuten directa y negativamente sobre el legado que su padre construyó por cuatro décadas y que parece estar cayéndose a pedazos.
3er. TIEMPO: ¿Cuanto vales Andy? Como su padre, Andrés López Beltrán, piensa que la fuente de sus males e infortunios, es la prensa y sus periodistas, parte de un ecosistema de conservadores que están conspirando contra él para lastimar a Andrés Manuel López Obrador. El expresidente utilizó ese mecanismo con extraordinaria eficacia, transformando una pregunta incómoda en una agresión política, convertir una investigación en una campaña de desprestigio, y presentar al periodista que preguntaba como parte de una mafia y al funcionario cuestionado como víctima. Andy aprendió la lección, pero a él no le funciona, porque así funciona el poder. Su gran error es creer que su principal problema son los periodistas que lo cuestionan, los adversarios que lo atacan o los enemigos internos que buscan desplazarlo. No. Su principal problema es otro. La expectativa que creó su propio apellido. López Obrador hizo de la austeridad una bandera moral, y del rechazo al privilegio, una identidad política. Acuñó la frase de “no somos iguales” para establecer una frontera entre el viejo régimen y la llamada Cuarta Transformación. “Primero los pobres” fue su llamado a la acción. Andy, designado por su padre a ser quien llevara el legado, estaba obligado, por eso mismo, a demostrar que esa frontera también existe dentro de su propia familia. Y hasta ahora ha sido todo lo contrario. Privilegios, negocios y fortunas inexplicables lo han perseguido por cerca de un lustro, y hoy su nombre está en medio de una trama mucho más delicada: las investigaciones en Estados Unidos en su contra por contrabando de combustible. No existe, hasta ahora, una acusación formal contra él, y la Fiscalía General asegura que, aquí, no existe una investigación contra él. Pero tampoco puede hacerse como si su nombre hubiera aparecido de la nada. Su relación con Amílcar Olán Aparicio, quien durante el sexenio de su padre se volvió un multimillonario, es pública y ha sido documentada durante años. Amílcar Olán es un viejo amigo cercano que ha sido vinculado a negocios y contratos durante el gobierno de López Obrador que presuntamente tuvieron como principal beneficiario a Andy. Amìlcar Olán está siendo buscado por las autoridades mexicanas y estadounidenses, pero hasta ahora, no existe ningún delito por ser amigo de un presunto delincuente. La pregunta no es si Andy debe ser declarado culpable por asociación, sino ¿por qué alguien que se presenta como heredero de una ética política tan exigente tiene tanta dificultad para explicar sus relaciones? No hay conspiración de por medio, ni le alcanza la victimizacón. Está descubriendo que, en política, la soberbia, suele ser la última etapa antes de descubrir que el poder no era propio. Era prestado. Y Andy todavía tiene que demostrar cuánto de López Obrador hay en él cuando desaparezca de la ecuación el apellido López Obrador.
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