La broma es que, al entrar a territorio etíope, uno se vuelve siete años más joven. Una licencia local de conducir expedida este año en Etiopía lleva como fecha “2019”. Lo mismo pasa con contratos o credenciales. Los documentos internacionales, como un pasaporte, usan dos columnas, una con el calendario gregoriano (2026) y otra con fecha etíope o ge’ez.
El Año Nuevo en estas tierras (Enkutatash) tuvo lugar el pasado 11 de septiembre; un viernes, día obligatorio de ayuno. La gente fue a la iglesia, preparó comida (sin sacrificar animales porque no puede haber sacrificios en día de ayuno). Esperó para celebrar hasta el amanecer del sábado 12. No antes. En Etiopía, además, el día empieza a las 6 a.m., y no a medianoche.
Ha comenzado el Mäskäräm, uno de los 12 meses de exactamente 30 días. El año se completa con el Pagume de cinco o seis días, según si es bisiesto. Todo este sistema desciende del calendario alejandrino o copto. Utiliza la antiquísima medición solar egipcia. La ruptura de la iglesia ortodoxa con la iglesia romana implicó naturalmente rechazar también la reforma del Papa Gregorio XIII en 1582 para corregir el desfase estacional acumulado bajo el calendario juliano.
Estamos en 2019. Esto se debe a que las cronologías cristianas de Occidente y Etiopia calcularon de manera diferente la fecha de la Anunciación. Occidente siguió a Dionisio el Exiguo. A pesar de sus errores de cálculo, su apodo proviene de su humildad y no porque fuera corto de tamaño o de ideas. Etiopía siguió la tradición alejandrina que tenía el mayor prestigio científico y creía en el cálculo de Anniano, un zapatero a quien San Marcos el Evangelista curó y convirtió. Anniano evitó usar fuentes históricas. Se basó en su fe en la simetría que debía prevalecer en un universo creado por Dios. El 25 de marzo era una fecha ideal para la creación: un equinoccio que simbolizaba el equilibrio. Debía ser entonces también ideal para datar el nacimiento del Redentor.
Para Anniano, la distancia entre Creación y Navidad debía responder a un periodo exacto de 11 veces la coincidencia del ciclo lunar metónico de 19 años y el ciclo solar de 28 años, lo que genera ciclos pascuales de 532 años. Concluyó así que debieron pasar 5500 años entre ambas fechas. Así que, según Etiopía, Jesús nació ocho años más tarde de lo que dijo Dionisio. Cabe decir que la perspectiva basada en documentos estima que nació incluso antes de la fecha calculada por Dionisio.
Me gusta recomendar The Dance of Time de Michael Judge que hace un análisis maravilloso, inteligente y divertido sobre la relatividad en la medición del tiempo: nunca será un factor impuesto por la divinidad, quizá tampoco por los astros con sus periodos caprichosos y discordantes. No hay nada fuera del acuerdo humano, bueno o malo. Se mide el tiempo para sobrevivir y para creer. En Etiopía, el año inicia en septiembre porque corresponde al final de la larga temporada lluviosa de kiremt y se le asocia con la leyenda de la reina de Saba regresando desde Jerusalén, después de su visita al rey Salomón.
Etiopía preserva fervoroso un calendario diferente. No está del todo sola: Irán y algunas comunidades de Asia Central celebran el Nowruz en marzo. China, Vietnam y Corea dan especial importancia cultural al Año Nuevo lunar. Tailandia respeta el 1 de enero occidental, pero tiene un Año Nuevo tradicional en abril. Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío calculado con calendario lunisolar, cae en septiembre u octubre. Nepal comienza su año, el Bikram Sambat, a mediados de abril y Bangladesh celebra el Pohela Boishakh el 14 de abril.
Cada vez se valora más un concepto del Año Nuevo Africano (Inzalo yeLanga), arraigado en al sur. Y los movimientos panafricanistas promueven activamente celebrar el 23 de septiembre para honrar ese conocimiento autóctono.
Es fascinante paladear esta sazón que ofrece la férrea celebración etíope. Muestra cómo el tiempo no es una inevitabilidad astronómica, sino una decisión imbricada en procesos históricos. Lo importante será que cada vez seamos más capaces de entender que, sobre las cuestiones culturales no se tiene la razón incuestionable. Solo se tiene la perspectiva que permite pertenecer, entender y formalizar nuestra identidad. Sin imponerla, cabe disfrutar la diversidad.