En febrero de este año, Dario Amodei, CEO de Anthropic, la empresa que desarrolló Claude, se sentó frente a un micrófono y dijo algo que ha pasado ligeramente desapercibido: “Estamos cerca del final del exponencial”. Una frase que no debe leerse como metáfora sino como un diagnóstico técnico de un especialista en IA..
Mi impresión es que Amodei sugiere que nos acercamos al punto en que la IA se aproxima a ser mejor que cualquier persona en la ejecución de prácticamente todas las tareas cognitivas. De hecho, señala que esto ocurrirá entre los siguientes uno a tres años para dominios específicos como la programación; y con 90% de confianza antes de 2035.
Para entender el peso de esa afirmación conviene precisar de qué habla Amodei cuando ser refiere a un AGI, es decir, una Inteligencia Artificial General. No se refiere a una máquina consciente ni a un robot con emociones, como suele representarla la cultura popular. Se refiere a un sistema capaz de realizar cualquier tarea cognitiva que un humano pueda hacer, con igual o mayor eficiencia, en cualquier dominio. Programar, diagnosticar enfermedades, redactar contratos, diseñar experimentos científicos, negociar, enseñar. No una tarea silada sino todas.
Lo que hace distinta la posición de Amodei es que no habla desde la tribuna del futurismo especulativo, sino desde el interior del laboratorio. Anthropic es una de las tres empresas en el mundo que construyen los modelos de frontera, los más avanzados que existen. Cuando alguien en esa posición dice que la AGI podría llegar en uno a tres años, no está haciendo ciencia ficción, más bien describe la trayectoria de lo que tiene enfrente, con toda la incertidumbre que eso implica y con la incomodidad de quien sabe que lo que está construyendo podría ser lo más transformador, y lo más disruptivo, que haya producido la humanidad.
Amodei usa una imagen para explicarlo: “un país de genios en un centro de datos”. Hasta hace poco, imaginar millones de instancias de inteligencia artificial operando simultáneamente, cada una al nivel de un Premio Nobel, sin pausas, sin sueño, a velocidad sobrehumana, parecía utópico. “Lo más desconcertante ha sido la falta de reconocimiento público de cuán cerca estamos del final del exponencial”, dijo en el podcast de Dwarkesh Patel en febrero pasado. Desde su perspectiva, mientras el mundo sigue debatiendo los temas políticos habituales, la curva continúa su trayectoria.
La abstracción de los “genios en un centro de datos” adquiere contornos muy concretos cuando se traduce al mercado laboral. Amodei anticipa que la IA podría eliminar la mitad de los empleos de nivel de entrada en los sectores relacionados con derecho, finanzas y consultoría en un plazo de uno a cinco años. Y fue crítico sobre el silencio de la industria al respecto: “Quienes producimos esta tecnología tenemos el deber y la obligación de ser honestos sobre lo que se avecina”.
La propia investigación de Anthropic, publicada en marzo de este año, añade cifras concretas. Según su estudio sobre impactos laborales de la IA, elaborado con datos reales de uso de Claude cruzados con el catálogo O*NET del Departamento de Trabajo de Estados Unidos, los programadores son la profesión con mayor exposición: 74.5% de sus tareas ya pueden realizarse de manera automática. Les siguen los representantes de servicio al cliente con 70.1%, los capturistas de datos con 67.1% y los especialistas en registros médicos con 66.7%.
Hay, sin embargo, un dato que complica la narrativa del apocalipsis instantáneo. El mismo estudio encuentra que no hay un incremento sistemático en el desempleo entre los trabajadores más expuestos. No los están despidiendo. Simplemente, ya no los están contratando.
Amodei tiene un nombre para esto: difusión económica. La capacidad de la IA se mueve en una curva exponencial, pero la capacidad de las organizaciones para integrarla está limitada por procesos más lentos: permisos de seguridad, aprobaciones legales, gestión del cambio interno. El impacto no llega como un golpe, sino como una marea que sube gradualmente hasta que de pronto el piso desaparece. El mecanismo no serán los despidos masivos y ruidosos, sino el silencio de las vacantes que ya no se publican. Uno en que los CEO dejarán de reemplazar vacantes antes de reemplazar personas.