Como cónsul de México en Montreal, conocí a dos maravillosos escritores. Ya acoplados totalmente a Canadá y mexicanos de sepa, se expresaban tan orgullosos de su México, como comprometidos con sus malestares y desafíos. Antolina Ortiz y Ángel Mota viven intensamente Canadá, pero trascienden fronteras. Son, claramente, la fuerza tras la edición de dos antologías de literatura mexicano-canadiense.
Desde que nos conocimos, nos preguntábamos si existiría una identidad de lo mexicano en Canadá. Aunque queramos decir que sí, dilucidar identidades es siempre materia de aristas inasibles. Mejor, con el espíritu de confabulados de camarilla, nos impusimos convocar autores para compilar un proyecto literario.
Para noviembre de 2023 surgió La violencia más allá de los ríos, con cuentos de mexicanos viviendo en Canadá. Encerraba un leit motiv. Algo dentro de esa identidad provenía, en unos más que en otros, de haber experimentado violencia, en ocasiones detonante de la emigración a Canadá, en otras, resultado del propio choque cultural: almas partidas y reintegradas entre dos realidades.
La experiencia fue tan positiva que se emprendió una tentativa más valiente, invitando a más méxico-canadienses a expresarse con plena libertad. El resultado es la antología De la Sierra Madre al Universo Boreal que acaba de editar Bonilla Artigas Editores, con apoyo de la Embajada de México en Canadá (gran labor de su agregada Ingrid Berlanga) y el Centro Liquidámbar. Se presenta este jueves 5 de marzo en el Centro Cultural El Rule.
Participar como antologador en ambos libros no sólo ayuda a entender mejor la fuerza vital de los compatriotas de la diáspora. Me otorgó la satisfacción de ver el efecto de la escritura en ellos: cómo conmueve, cómo esclarece el alma y sustrae sus mejores pulsiones al tiempo que permite objetivar pasiones sin apagarlas.
Esta antología es diversidad y armonía. Incluye autores de todas las provincias, con paridad entre hombres y mujeres, representatividad de credos, preocupaciones, preferencias y estilos donde, en un par de ocasiones, entra la prosa poética. También se abren espacio para distintas maneras de enfrentar una diatriba común: reencontrar un México turbulento, centellante de colores, olores y sonidos tan vívidos, y confrontarlo con un Canadá, con frecuencia gélido, intrigante, pero no por ello incapaz de transmitir sus propias raíces, su geografía protagonista; un Canadá aún enigmático y siempre en proceso de ser aprehendido por los exploradores mexicanos.
Hay denominadores comunes, así que el experimento, realizado un tanto a la Montaige que solía decir “no pinto el ser, sino el paso”, sí ayuda a zanjar lo de la identidad. Sobresale por su fuerza, un tanto bajo acoso constante: fuerza de un boxeador mexicano que prueba suerte en el Québec de los cincuenta, una trabajadora que resuelve su andar en camiones helados con su playlist, un antropólogo que conecta montañas, y lagos del norte y del sur, un mariachi (grupo) mosaico de las nacionalidades que son Canadá y que cobija al forastero, una parturienta indígena, una familia de productores de sidra canadiense que pone pie en Veracruz y se mexicaniza de lo lindo.
Atendiendo y denunciando también las injusticias y el sufrimiento, el libro termina por ser magnánimo con quien emprende la biculturalidad —México y Canadá son tan complejos que sería propio decir “pluriculturalidad”—. Destaca por sus lances autodiegéticos, por sus detalles de harta carga simbólica: una mariposa, una pieza musical, unas calles sobrecargadas de recuerdos, el maíz… Y al otro lado de la moneda, lo perdido y el desasosiego que embarga a quien se vio obligado a buscar algo mejor.
Participar en el proyecto ha sido emocionante, momentos de tensión y momentos deliciosos como cuando se disfrutan platillos desconocidos. Nos ha enseñado que, asida la pluma, la marcha misma de la escritura no pretende tanto resolver eso de la identidad, sino hablar del reto de bajar las emociones al papel. Es imposible comentar sobre todos sus autores y sus singularidades, que juntas toman carta de naturalización plural y en constante movimiento. Tomando las palabras de una de las autoras, confirmo: “mi cultura no es solo algo que tengo, o en lo que pienso, sino en lo que me convierto”. Me atrevo a añadir que eso de convertirse es trabajo eterno y en ocasiones disfrute perpetuo.