El juicio de la memoria

27 de Julio de 2026

El juicio de la memoria

Enrique Lazcano

He estado hablando, en columnas anteriores, sobre el tema de la memoria. Este mecanismo es muy interesante e importante en nuestra vida. Nos sirve para infinidad de cosas. Imagine por un momento que no contáramos con él. Bueno, por supuesto, nuestra existencia sería un absoluto caos.

La memoria nos sirve para aprender, para no repetir errores, para acordarnos de lo prometido y de lo incumplido, para incrementar nuestro acervo cultural… en fin, para una barbaridad de asuntos.

Y en este ejercicio de memoria, qué duda cabe, existen circunstancias o hechos prácticamente inolvidables. Si nos remitiéramos sólo a la vida política, y específicamente a la verbalización de ciertas ideas, creo que podríamos calificar con mayor autoridad a quienes las pronunciaron.

Ahí le van algunas:

“NI LOS VEO, NI LOS OIGO”, expresó el presidente Carlos Salinas desde la tribuna del Congreso.

“LA CABALLADA ESTÁ FLACA”, dijo Rubén Figueroa, gobernador de Guerrero, en referencia a los precandidatos a la Presidencia de la República.

“¿Y YO POR QUÉ?”, respondió el presidente Vicente Fox, eludiendo su responsabilidad.

“VOY A DEFENDER EL PESO COMO UN PERRO”, aseguró el presidente José López Portillo, días antes de la devaluación de nuestra moneda.

Expresiones, las anteriores, que bien valdría la pena enmarcar.

Pero le tengo otras, quizá más actuales:

“TENGO OTROS DATOS”.

“TENEMOS EL MEJOR SISTEMA DE SALUD DEL MUNDO”.

“SALGAN A COMER, ABRÁCENSE”, en pleno Covid.

“ME CAMBIO EL NOMBRE SI NO TENEMOS MEDICINAS PARA ESA FECHA”.

“SI GOBERNARA MORENA, LA GASOLINA COSTARÍA 10 PESOS EL LITRO”.

“CRECERÁ LA ECONOMÍA AL 4%”.

“BAJARÁ LA INSEGURIDAD Y LA DELINCUENCIA”.

Todas las anteriores declaraciones fueron realizadas durante la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.

Y es que la memoria tiene una peculiaridad: no milita en partido alguno, no vota, no aplaude ni abuchea. Simplemente registra. Guarda promesas, discursos, compromisos, pronósticos y hasta ocurrencias. Puede tardar, pero termina por confrontar las palabras con los hechos.

Por eso, en política, las declaraciones nunca desaparecen del todo. Quedan ahí, esperando el paso del tiempo. Algunas se convierten en motivo de orgullo para quienes las pronunciaron; otras, en cambio, regresan como un incómodo recordatorio de lo que se dijo y no ocurrió.

Las palabras tienen, sin duda, un peso específico en el momento de ser pronunciadas. Pero no hay duda de que el tiempo termina por poner a cada palabra en su lugar. Ese es, al final, el verdadero juicio de la memoria.