La Odisea y el cine como lujo

27 de Julio de 2026

La Odisea y el cine como lujo

Carlos Celis Estrada_WEB.jpg

Parece que sucedió hace más tiempo, pero fue apenas en marzo de este mismo año que el actor Timothée Chalamet hizo un comentario que se volvió muy impopular entre la comunidad artística: “No quiero estar trabajando en ballet u ópera o cosas que ya a nadie le importan”. Lo que vino a continuación fue una funa universal, ya por todos conocida.

Aunque él se refería a estar muy contento con su trabajo dentro de la industria cinematográfica, un medio al que todavía se le podía considerar relevante y accesible para el público, sus dichos llegaron justo en el momento en el que el cine ya está en vías de convertirse, paradójicamente, en algo tan inaccesible como la ópera y el ballet.

Tomemos como ejemplo el estreno de La Odisea, una película del célebre director Christopher Nolan, nada menos que la adaptación de un clásico de la literatura, un rescate de las grandes épicas cinematográficas, con toda la pompa y la circunstancia, que la gran mayoría del público no podremos ver en la versión final del director y tendremos que conformarnos con una copia para salas de cine económicas.

Nolan concibió esta película como una experiencia en IMAX, filmada con cámaras especiales de 70 mm, para ser proyectada en salas de cine que aún cuentan con proyectores tradicionales y otros aspectos técnicos. En México no hay ninguna sala comercial que cuente con estas características y, aunque mucho se ha dicho sobre la sala del Museo Papalote en la Ciudad de México, este espacio no exhibe cine comercial.

La realidad es que, incluso en Estados Unidos, hay únicamente ocho pantallas que cumplen con estos requerimientos. En ciudades como Los Ángeles, el precio del boleto ronda los 50 dólares (cerca de 900 pesos), que ya es más del doble de una función tradicional, pero que debido a la alta demanda ha generado un mercado de reventa donde los boletos pueden alcanzar precios de hasta mil dólares (17 mil pesos) en sitios como ebay.

Ya ni la Metropolitan Opera House puede presumir estos precios en su inicio de temporada.

Pero este es sólo otro indicador de lo que ha venido sucediendo con el aumento de precios en la oferta de entretenimiento. No es secreto que, ante la crisis de asistencia que padecen las salas de exhibición, se habló sobre diseñar estrategias para transformar el cine en un evento que volviera a ser atractivo para el público. Al parecer, lo primero que se les ocurrió a productores y exhibidores fue convertirlo en otra experiencia elitista, como los boletos de la F1 y las entradas al Mundial.

En el último año hemos visto a otros directores, como Paul Thomas Anderson (Una batalla tras otra), Ryan Coogler (Sinners), Olivia Wilde (La invitación) y, sí, Christopher Nolan, hablar a detalle sobre los aspectos técnicos de sus últimas producciones, romantizando el oficio del cineasta, y destacando la importancia de ver estas películas en salas de cine y en el formato en el que estos directores las visualizaron… lamentablemente, no hay soporte ni infraestructura para hacer esto accesible a todo público. Es una falacia.

Lo más sencillo sería evidenciar la burbuja en la que viven estos realizadores, o acusar que hay un plan para convertir al cine en una experiencia exclusiva de un nicho de privilegiados. Pero hay otra explicación. Expertos en marketing señalan que esta podría ser una estrategia para devolverle su carácter aspiracional y que, al crear distintos niveles de acceso y jerarquías, el espectador hará un mayor esfuerzo para costear la experiencia completa.