Ormuz es la palabra que nos trae en vilo. Un estrecho clave nombrado en honor de una isla de apenas 40 kilómetros cuadrados que alude a un viejo reino que prosperó en el Siglo XI comerciando con cuanto saliera y entrara a Medio Oriente (seda, joyas, incienso, caballos u otros animales exóticos). La islita se hizo capital cuando Bahauddin Ayaz prefirió seguridad (una fortaleza inescrutable) y control sobre las rutas marítimas. Los viajeros, incluido Marco Polo, vieron el lugar como inigualable. Todo pasa por ahí.
Su población no supera los 4 mil habitantes. Pero todos hablan de Ormuz como de esos lugares diminutos que reconforman la historia: Roncesvalles, Dunkerque o Waterloo, que en 1815 era una aldea de 2 mil almas cuando los “aliados contra Napoléon” llegaron con 113 mil combatientes. Wellington eligió esas casuchas como cuartel y se sentó a escribir sus “partes de guerra” hasta darle un renombre ineludible, símbolo de las derrotas de todo imperio que encuentra su catástrofe, su Waterloo.
En 1507, el almirante portugués Afonso de Albuquerque conquistó las islas del estrecho de Ormuz. Inició una ocupación lusitana que dejó una fortaleza llena de misticismo en cada isla. Portugal lo administraba con el “Estado da Índia”, sistema de puertos amurallados y pactos de tolerancia con monarcas locales a cambio del tributo. También estableció los Cartazes (Peajes), tarifas aduaneras con coerción: quien no pagaba, recibía un cañonazo.
En 1580, el rey portugués Sebastián I murió sin herederos. Felipe II reclamó la corona y Ormuz pasó a sus dominios. Se sumó a los memorables enclaves españoles: Qeshm en el Pérsico; Goa, Bombay y Diu en India; y no se diga Ceuta y Melilla, Orán y La Goleta en el mediterráneo africano. Pero a los hispanoportugueses, fortificados en Ormuz, los sacó el Sha Abbás I de Persia en 1622 con todo el apoyo de los interesadísimos buques de la Compañía Británica de las Indias Orientales.
Hoy, Ormuz mira el tránsito de 1 de cada 5 barriles de petróleo comerciado, principalmente en ruta a Oriente. La anchura del estrecho varía entre 55 y 95 kilómetros y tiene una de las densidades de tráfico más altas del mundo. A diferencia de otros estrechos que se han regido por acuerdos entre partes —ejemplo son Malasia, Indonesia y Singapur en el estrecho de Malaca, o Dinamarca y Suecia en Øresund, que privilegian cooperación y hasta condiciones ambientales—, Ormuz sigue siendo caso aparte. Irán y Omán han apuntado a su manejo casuísticamente —ambos ampliaron su plataforma continental en 1974 controlando totalmente sus aguas y en 2015 trabajaron su frontera marítima en el mar de Omán—, pero no hay un régimen especial de navegación para Ormuz. Resulta imprescindible recorrerlo por aguas territoriales de uno u otro país.
La pauta la da la CONVEMAR, que establece el derecho de paso “en tránsito”. Sólo que Irán ha esgrimido una complejidad única: firmó esta Convención en 1982, pero nunca la ratificó. Sostiene que no está jurídicamente obligado por sus disposiciones, mantiene que únicamente los Estados parte de la Convención pueden invocar frente a Irán los derechos derivados de ella, mientras que los demás quedan sujetos al régimen de “paso inocente” previsto en su legislación nacional.
Con esto en mano, Irán esgrime la posibilidad de exigir autorizaciones o imponer restricciones al tránsito de buques de guerra extranjeros. La mayoría de los Estados rechaza su postura y considerar que el régimen de paso en tránsito forma parte ya del derecho internacional consuetudinario y es aplicable generalizadamente. Estados Unidos, que no ha ratificado ni es parte de la convención, esgrime como argumento para distanciarse de la CONMEVAR la preeminencia de ese derecho consuetudinario.
Ormuz es para Irán mucho más que una vía marítima: instrumento de influencia o chantaje estratégico. Utiliza la ausencia de ratificación de la CONVEMAR y su condición de Estado ribereño para impulsar una interpretación amplia de sus competencias. Recurre a artimañas no jurídicas —despliegue naval, amenazas e inspecciones— y a la alteración constante de las percepciones de riesgo y su impacto en los mercados mundiales para disuadir o fortalecer su posición negociadora. Si el progreso del mundo es comunicación y comercio, el control sobre Ormuz ha sido y seguirá siendo el instrumento para proyectar poder, manipular la seguridad energética y aumentar influencia geopolítica.