El patrimonio y su paradoja

6 de Julio de 2026

El patrimonio y su paradoja

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Alejandro Estivill

¡Qué privilegio! La UNESCO me invitó a visitar uno de los 11 sitios proclamados Patrimonio de la Humanidad en Etiopía: las iglesias de Lalibela. Lugar de cuento. Un fascinante espacio que, por sus riesgos, geografía, preservación, reitera que África —incluso el hecho de que sepamos tan poco de ella— implica asumir lo paradójico como norma.

Estos edificios no son edificios. No se construyeron, sino que se escarbaron hacia abajo en la vasta roca del suelo. Recuerdan la anécdota del místico tallador de madera a quien le piden “sacar un San Antonio” de una troza de madera. Él retaja cada centímetro; astillas y virutas hasta que le queda un tronquito en mano. Cuestionado si finalmente podrá sacar al santo, responde que, si aún se esconde ahí, ya saldrá. Subirá al cielo.

Crear Lalibela fue empresa faraónica: iglesias enormes, con sus puertas, ventanas, columnas y techos cincelados. Paradójicamente obligan a mirar abajo, pero aspirar hacia el cielo. Desde las alturas, su forma de cruz griega inseminada en relieve expresa la devoción máxima al Dios que admira y retribuye. En el siglo XIII, esa técnica arquitectónica de termita era lo avanzado, y deslumbra más por las acequias, zanjas y pasadizos ceremoniales, cuevas de ermitaños y catacumbas que lo complementan.

Las iglesias dedicadas al Salvador del Mundo, María, San Miguel Arcángel y muchos otros se esculpieron por el deseo del Rey Gebre Meskel Lalibela de fundar una Nueva Jerusalén tras la captura de la Ciudad Santa por las tropas de Saladino en 1187. Todavía ostenta el nombre de Jerusalén negra. Las once iglesias rupestres monolíticas se distinguen como el principal atractivo turístico de Etiopía, pero siguen siendo misticismo vivo: ofrecen cotidianamente su ritual ortodoxo, albergan festividades y atraen peregrinos.

La paradoja africana florece: las iglesias nacieron explícitamente para evitar los peligros en la ruta a Tierra Santa. Hoy, acercarse a Lalibela significa sortear la amenaza de grupos rebeldes y posibles terroristas, agentes de un eventual secuestro o una escaramuza. La paradoja se duplica cuando cuentan que, en ese punto inigualable de la región del Welo norte, Amhara, el turismo se ha reducido a 50 visitantes extranjeros diarios. Siendo la base de un sentimiento religioso apoteósico, la localidad tiene, desde la época del Covid, niveles conmovedores de pobreza y dolor terrenal: sus almas combinan entrega al prójimo, severidad y una resiliencia extraterrenal que responde a los conflictos que ahí han proliferado.

La UNESCO declaró Lalibela como el primer patrimonio de la humanidad en su primerísima lista de asignaciones (1978), después de haber logrado las ratificaciones de la “Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural” (1972), de definir las reglas y organizar las primeras reuniones del Comité respectivo. La lista tuvo dos nominaciones etíopes. México no pudo registrar nada en ese esfuerzo inicial, aunque hoy nuestro país supera a tantos y es un líder en sitios UNESCO con 36, honroso séptimo lugar mundial.

En 1978, Lalibela armonizaba con la apremiante necesidad de proteger el patrimonio amenazado. Desde los cincuenta, descollaba en la región el temor por la construcción de la presa egipcia Asuán que inundaría hartos acervos culturales en Abu Simbel y File. Paradójicamente, la presa que hoy motiva tensiones, especialmente entre Egipto y Etiopía, está en el alto Nilo Azul, la llamada Renaissance.

Por el nivel de recursos destinados, programas, y oficinas fuera de la sede en París, África es el continente prioritario de la UNESCO. La educación y alfabetización son su eje, más si pensamos que cuatro de cada cinco niños africanos de primaria aún no alcanzan la competencia lectora adecuada.

Una última paradoja: también la durísima roca escarbada sufre. Su supuesta perpetuidad incuestionable está amenazada por agua, murciélagos, “termitas” y la acción humana que acumula objetos litúrgicos y coloca techumbres. Estas, indispensables, evitan la erosión por lluvia en tiempos en que el cambio climático acelera las distorsiones térmicas. Pero también son las causantes de fisuras y cargas con daños evidentes.

En fin. La paradoja vivencial es la misma de tantos sitios tan cargados de historia y valor cultural en México. Su mejor aprovechamiento (en este caso también una ampliación integrando otras iglesias situadas en los alrededores de Lalibela) podría significar beneficios económicos importantes; podría condenar a Lalibela a perder su mística y su perpetuidad casi divina.