Para muchos observadores diplomáticos, Ken Salazar fue el embajador estadounidense más zalamero en 200 años de relaciones. Con derecho de picaporte en Palacio Nacional, cabildeó la agenda de AMLO en Washington; compró sus patrañas contra la sociedad civil y adversarios políticos; amenazó a una ciudadana mexicana con una investigación del FBI; confrontó al presidente del INE con el mito del fraude electoral; fue intolerante a la crítica. Y, quizá más grave, no dejó constancia documental de su paso por México, de acuerdo con el testimonio de un diplomático en posición privilegiada de saberlo.
“Yo era el jefe de todas las actividades políticas, no solo de la embajada, sino también de los nueve consulados, y nunca informamos a Washington porque no permitió que la embajada informara sobre sus conversaciones, especialmente con AMLO. No hay cables. No existen. De eso estoy seguro. Ni siquiera se sabe cuántas veces se reunió con AMLO, pero deben de haber sido docenas y docenas. Muchas veces con poca anticipación. Nunca llevó note takers (anotadores)”, me dijo Brian Naranjo, ministro consejero para Asuntos Políticos durante los tres años en que Salazar fue embajador.
La falta de cables en los archivos electrónicos del Departamento de Estado, no permite corroborar la veracidad de la versión de Salazar de que AMLO temía que El Mayo Zambada pudiera soltar la sopa y delatar a los narco políticos en Morena. “Lo que verdaderamente debería sorprender, si creemos lo que dice Salazar, es que no lo reportó a Washington por ningún canal oficial”, señaló Naranjo.
“En nuestro sistema de seguridad nacional, si uno tiene información así de explosiva e importante, se comunica a través de un cable. Teníamos los mecanismos para hacerlo por canales protegidos, pero con él fue un problema súper serio. Creía que las reglas y normas habituales no le aplicaban”. Compartir información obtenida en conversaciones con actores nacionales, sean jefes de Estado, miembros del gabinete, sociedad civil, empresarios, periodistas o fuentes confidenciales, es una instrucción que reciben todos los embajadores en una carta personal que el presidente en turno les entrega antes de partir. Salazar no cumplió. ¿Buscaba proteger a AMLO de una posible futura investigación penal? ¿O no quiso dejar testimonio de sus pláticas con el presidente?
Salazar abrazó las fobias de AMLO contra la sociedad civil y órganos autónomos. Acusó a María Amparo Casar, presidenta de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) de tener agenda política contra AMLO, amenazándola con una investigación del FBI por presunta malversación de fondos. La organización sin fines de lucro recibía subvención de Washington que Salazar propuso quitarle sin éxito.
“Salazar tomó la línea de AMLO al 110 por ciento”, me dijo Naranjo. La presunta petición al FBI, si es que la hizo, no prosperó por falta de mérito. “Es obvio que no había fundamentos”. Tan seguido viajaba Salazar a Washington para cabildear por AMLO, que altos funcionarios dejaron de regresarle las llamadas, siendo el procurador de Justicia Merrit Garland uno de los primeros. “Salazar temía lo que el Departamento de Justicia pudiera hacer en México”.
En otra reunión, con Lorenzo Córdova, demandó saber qué iba a hacer el Instituto Nacional Electoral (INE) para asegurarse de que no habría “otro fraude” como en 2006, contraviniendo el posicionamiento oficial del gobierno estadounidense de que AMLO perdió esas elecciones. “Cuando dijo lo del fraude casi me caigo de la silla. Le había informado sobre el memorándum que teníamos, zanjando la controversia. Pero no leía nada. Fue un ejemplo importante de que, sin analizar críticamente los temas, tomaba la palabra de AMLO. Sabía cómo manipularlo. Fuentes en Palacio etiquetaron a Salazar como “tonto útil’”, me dijo Naranjo. En 2022, pregunté a Salazar sobre su obsequiosa actitud con el presidente. “Mi trabajo es tratar de entender hacia dónde conduce a México”, me respondió.
Con una carrera de 32 años en el servicio exterior, del que se jubiló recientemente, Naranjo hace una demoledora descripción de su exjefe, retratándolo de “atípico, diletante, narcisista, vano, carente de curiosidad, ingrediente esencial en un diplomático para tratar de poder entender al país donde está asignado”; un “sabelotodo” que se distanciaba de las personas con opiniones que no cuadraban con la suya.
Naranjo señala que muchos en la embajada no querían darle información por temor a que la compartiera con AMLO. “No se consideraba embajador, sino miembro del gabinete, confundiendo acceso con influencia”. No fue capaz de transmitir a AMLO las exigencias de Washington. La Casa Blanca dejó de confiar en él. Tuvo que enviar a la asesora presidencial Elizabeth Sherwood-Randall cada cuatro o seis semanas para presionar a AMLO y obtener concesiones difíciles, particularmente en materia migratoria. En esos encuentros, Salazar tampoco permitió anotadores.
@DoliaEstevez