En estos días me ha sido inevitable recordar la manera en la que jugaba cuando era niño. No era poco común acompañar a mis papás a convivencias y fiestas, donde la diferencia entre un profundo aburrimiento y una tarde de ensueño dependía de mi capacidad de encontrar con quién jugar. Para tal efecto, debía emplear toda la pericia emocional que como niño podía tener para identificar a otros niños y atreverme a interactuar. Mas aún, habiendo decidido jugar, era preciso negociar qué jugar, cómo definir al ganador, las reglas del juego y los mecanismos para resolver los imprevistos. Mismo proceso en todos los casos, sin importar si se trataba de quemados o mini-tenis con fusilamiento, videojuegos o futbol.
Pero esto no era suficiente. Si el objetivo era extender los juegos el resto de la tarde, era preciso, además, conducirse con integridad, justicia y consideración. No hacerlo le quitaba el sabor al juego (después de todo, difícilmente se disfruta un juego donde alguien, además de hacer trampa y doblar las reglas, maltrata a los demás) pero, sobre todo, tenía por efecto que el resto no quisiera seguir jugando. El juego debía ser lo suficientemente intenso para que fuera divertido pero, al mismo tiempo, lo suficientemente respetuoso para evitar el abandono o rendición. Olvidarlo producía acaloradas discusiones que, en más de una ocasión, terminaron en trompadas.
Así pues, un juego ferozmente competitivo que respeta los límites de lo aceptado podía ser realmente memorable. Y, a veces, incluso fue el pretexto para que los padres ahí presentes continuaran conviviendo ellos también, o se juntaran para tal efecto. No obstante, en más de una ocasión, fui testigo de cómo esta sana competencia entre niños generaba, irracionalmente, competencia entre sus padres, que no atinaban a entender que hay una diferencia entre el mundo de los niños y el mundo de los grandes, y que pelear en el segundo echaba a perder el juego en el primero. Porque el juego es ponernos a prueba a través de la competencia, pero, más que otra cosa, es pretexto de convivialidad y camaradería. Si estas se pierden, el juego ya no es juego: es rivalidad sin otro propósito que el de dominar al otro. Una rivalidad vacía.
El Mundial de futbol es, en última instancia, un juego. De un profesionalismo, alcance y monetización sin precedentes, pero un juego al fin. De ahí que sea tan importante no olvidar que no solo se rige por las reglas del juego, sino por las del fair play, que no necesariamente se corresponden con las primeras: un delantero que se enfrenta a un portero en un mano a mano y que, sin embargo, observa cómo éste se desploma a causa de un infarto, no tiene prohibido anotar por las reglas del juego, pero sí desde la perspectiva del metajuego. La protesta de CR7 a un penal marcado ¡en su favor! en el partido de Al Nassr v. Persépolis en 2023 que, a la postre, fue anulado, es ejemplo de ello, pues no solo rechazó el potencial derecho a un penal: hizo patente que ningún valor tiene el juego sin respetar el metajuego.
Y estas reglas del metajuego no solo aplican a los jugadores, sino también a los aficionados. Hinchas que no debemos olvidar que, en última instancia, nos reunimos alrededor del futbol no solo porque nos gusta, sino porque es una poderosa razón para convivir con propios y extraños, para romper las barreras de la formalidad de la vida cotidiana y acercarnos. De ahí que sea preciso ser conscientes de que existe una tenue línea entre la pasión con la que apoyamos a nuestros equipos y la denostación del contrario; entre la divertida y pecaminosa “carrilla” entre hinchas contendientes, y la transgresión a los límites fijados de buena fe por el de en frente, y entre competir jugando y rivalizar arruinando.
Escribo estas líneas sin conocer aún el resultado del México-Inglaterra, pero con el deseo profundo de que gane nuestra Selección, de tal forma que los mexicanos sigamos teniendo un gran pretexto para acercarnos, e integrar a quienes nos visitan. Y todo pinta para ser un gran recuerdo colectivo, a menos que lo echemos a perder. ¿Y cómo lo echaríamos a perder? Usted, querido lector, al igual que yo, tiene muy claro cómo.