Estampas de la intervención

27 de Abril de 2026

Estampas de la intervención

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1ER. TIEMPO: Lo que provocó un accidente. La madrugada del domingo 19, un automóvil en donde viajaban dos comandantes de la Agencia de Investigaciones de Chihuahua y dos funcionarios de la Embajada de Estados Unidos, se desbarrancó en la Sierra Tarahumara y murieron. En la explicación de qué hacían los estadounidenses, el fiscal César Jáuregui se fue enredando y la presidenta Claudia Sheinbaum exhibiéndolo, sin entrar el fondo del problema que había quedado expuesto a la intemperie: ¿violó la gobernadora Maru Campos la Constitución al entrometerse en un terreno de exclusiva competencia federal como es la política exterior, y Estados Unidos actuó a espaldar del gobierno federal pese a la miel que lanza sobre la “extraordinaria” cooperación bilateral? El diferendo tomó una nueva dimensión cuando se reveló que los funcionarios eran en realidad dos agentes de la CIA que estaban trabajando con el gobierno de Chihuahua, lo que, si no fue informado el federal, vulnera la Constitución. Estamos viendo en tiempo real un conflicto de espionaje y acciones de la CIA en México, que han sido parte importante de la historia de las relaciones bilaterales, con algunos momentos estelares. Uno fue en los 60’s y 70’s, de los que conocimos en detalle hasta 2017, cuando en su primer periodo en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump desclasificó 2 mil 800 archivos vinculados al asesinato de John F. Kennedy, que podrìan a los historiadores a reescribir la historia de México durante la Guerra Fría, por el nivel de subordinación del presidente Adolfo López Mateos al legendario jefe de la CIA en México, Winston Scott, quien lo reclutó como un activo de la agencia, como lo hizo con los presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. Los expresidentes eran activos del gobierno de Estados Unidos, que dentro de su red de espionaje en la Ciudad de México eran conocidos por sus nombres código: López Mateos era LITENSOR; Díaz Ordaz, LITEMPO-2, y Echeverría, LITEMPO-8. Otro de los funcionarios involucrados con la CIA fueron los dos policías políticos más importantes en nuestra historia del Siglo XX, Fernando Gutiérrez Barrios, jefe de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) hasta 1970, que también fue diputado, gobernador de Veracruz, secretario de Gobernación y senador, y Miguel Nazar Haro, cabeza también de la DFS y actor clave en larga noche de la guerra sucia. Si México hubiera sido una democracia, trabajar para un gobierno extranjero habría sido suficiente para destituirlos y juzgarlos por traición a la patria, pero no sucedió. Su ejemplo antipatriota lo siguieron otros, pero tampoco hubo consecuencias. Bueno, ni hemos entrado décadas después, a una revisión histórica de aquella negra etapa.

2DO TIEMPO: Aquel momento en Tres Marías. Septiembre de 2012 fue un episodio que permitió a los mexicanos adentrarse al mundo opaco del espionaje de la CIA en México. Desde que la CIA ayudó a construir la extinta Dirección Federal de Seguridad -México fue uno de los campos de batalla de la Guerra Fría en los 50s y 60s-, la agencia de inteligencia estadounidense ha mantenido una relación institucional con el gobierno mexicano, que colaboró con ella estrechamente aún con aquellos presidentes que se decían profundamente anti-norteamericanos, por lo que no es extraño que sostengan una relación fluida con las áreas de seguridad mexicanas, a las que supuestamente tienen al tanto de sus operaciones en este país. El episodio en Tres Marías en aquel septiembre, sin embargo, mostró que la CIA actuaba a espaldas de la gran mayoría de las dependencias del gobierno de Felipe Calderón con las que trataba, y a escondidas de otras agencias de inteligencia de su propio país. En ese pueblo a la orilla de la carretera a Cuernavaca, legendario por sus quedadillas de medio camino, elementos de la Marina se enfrentaron a balazos con la Policía Federal, cuando fueron interceptados transportando a varios especialistas de la CIA que según se informó en su momento, capacitaban a marinos en un polígono de tiro y supervisaban las prácticas. El misterio no se ha resuelto desde entonces sobre el fondo de aquella operación. Tres de los miembros de la CIA entraron clandestinamente a México desde Afganistán y operaban al margen del conocimiento, incluso, de diplomáticos estadounidenses. Ni siquiera se hospedaron en la Ciudad de México, como lo solían hacer, sino en Cuernavaca, para minimizar el riesgo de que pudieran ser avistados por diplomáticos estadounidenses. Qué hacían en realidad, nunca se supo. El argumento sobre la capacitación era endeble. Fuentes estadounidenses dijeron que los empleados de la CIA eran parte de una operación mayor en 55 bases secretas en México donde entrenan a fuerzas especiales de la Marina en acciones contra el narcotráfico, la guerrilla y el terrorismo. Pero el hecho que su presencia hubiera quedado al descubierto en una acción anti-secuestro, que es ,lo que provocó la confrontación entre marinos y policías federales en Tres Marías, no fue una mera confusión, como deslizó el entonces secretario de la Marina, Francisco Saynez, sino un esfuerzo de enterrar la historia detrás de la balacera y reducirlo al ámbito policial, con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos, que también quería el silencio. El conflicto se saldó mediáticamente, pero nunca se cerró, en términos de prioridades y acciones en Washington, que como demostró el reciente episodio en Chihuahua, no son confiables aunque juren lo contrario.

3ER. TIEMPO. Y los venimos arrastrando. Maña vieja no es un resabio, dice un refrán que se originó en las caballerizas rurales. En la relación de amor y odio con Estados Unidos, y la larga historia de intervenciones de la CIA en los asuntos internos mexicanos, el segundo periodo de Donald Trump en la Casa Blanca, nos ha recordado en dónde estamos parados. En cámara lenta estamos descubriendo lo que hacían dos agentes de la CIA operando en territorio mexicano, sin autorización del gobierno federal, que no debería de sorprender porque es consistente de una serie de acciones clandestinas que desde que asumió la Presidencia ha autorizado para combatir al crimen organizado en México, con o sin autorización del gobierno de Claudia Sheinbaum. Esta estampa es de febrero del año pasado, cuando la cadena de televisión CNN -que no tiene muchas simpatías por Trump-, reveló en sus noticiarios que el Departamento de Defensa había enviado sofisticados aviones espía en cuando menos 18 vuelos de vigilancia a la frontera mexicana en Texas y alrededor de la península de Baja California a fin de recolectar información de inteligencia. La información no es secreta, sino que se recogió de fuentes abiertas, lo que significa que las operaciones militares estaban siendo realizadas para que se enterara el gobierno mexicano, y corroborada, para que no hubiera duda, por funcionarios del gobierno estadounidense. El detallado informe de la CNN fue investigado por su corresponsal en jefe para asuntos de inteligencia y seguridad nacional, otra de sus corresponsales en ese campo y una de las corresponsales asignadas a la Casa Blanca, y reforzaba una filtración días antes a The Wall Street Journal -que suele usar el gobierno de Trump para adelantar acciones-, que reveló que en la reconstrucción de la CIA, su director John Ratcliffe pondría énfasis en el espionaje en América Latina en países que “tradicionalmente no son considerados adversarios de Estados Unidos”. Aquella frase resonó la semana pasada cuando The Washington Post fue el primer medio en mencionar que los funcionarios estadounidenses que murieron en un accidente en Chihuahua eran agentes de la CIA, que estaban realizando un trabajo como parte de la expansión que ha hecho Ratcliff de operaciones contra organizaciones criminales trasnacionales. Recientemente acordó hacerlo con el gobierno de Ecuador, pero como el mexicano está reacio a ese tipo de colaboración -que operen directamente en territorio nacional-, lo están haciendo de manera encubierta. El espionaje en México es viejo, y durante décadas la principal actividad fue para conocer y neutralizar lo que estaban haciendo sus rivales rusos, chinos, cubanos e iraníes, por mencionar los principales, y conocer las relaciones del Gobierno mexicano con países “enemigos”, sus intenciones -como estar financiado con petróleo a Cuba desde hace más de dos años- y acciones, para que no los tomen desprevenidos o, incluso, para aplicar antídotos. Pero desde que regresó Trump a la Casa Blanca cambió cuantitativa y cualitativamente la actividad de espionaje sobre México.

Es decir, Trump cambió sus prioridades estratégicas en el corto plazo, por un lado, y por el otro, sus amenazas latente de utilizar la fuerza del Pentágono para ir contra los cárteles de las drogas ha sido, ya vemos, un distractor, para materializar su ofensiva con acciones específicas de la CIA.