El capitalismo avanza generando riqueza y devastación a un mismo tiempo. La modernidad de alguna manera podría definirse por dicha contradicción, cuya base más elemental radica en la explotación de la fuerza de trabajo y la consiguiente apropiación privada de los productos del esfuerzo colectivo.
La mundialización del capitalismo es la medida de su desarrollo y sus externalidades la prueba de la hegemonía del capital industrial, pues la desigualdad estructural, la pobreza multidimensional y el deterioro ambiental, incluido el cambio climático, no son sino consecuencias del modo material, práctico y concreto de producir riqueza que prevalece hoy día.
La India no está fuera de la modernidad, por más que las tradiciones milenarias estén vivas. Ni existe por fuera del capitalismo, pese a ser parte del llamado Sur global.
Al contrario, la desigualdad estructural que sirve de base al capitalismo se articula con desigualdades sociales previas, de las cuales la extracción de plusvalor saca mayor provecho. Asimismo, la pobreza obscena no es sólo una situación histórica, sino una condición social que se recrudece en la sociedad burguesa.
Desigualdad y pobreza son evidentes en las calles de la India, casi tanto como el caos autorregulado del tráfico vial. Pero también el deterioro ambiental es patente, pues tampoco es ajeno al desarrollo capitalista ni es simplemente resultado de la sobrepoblación.
La fe hinduista o islámica y sus prácticas resistentes al paso del tiempo, así como una cultura riquísima, con 22 idiomas oficiales, costumbres, atuendos y una gastronomía que por momentos parece infinita, subsisten en condiciones ambientales afectadas por el mismo desarrollo capitalista.
La negligencia de la empresa estadounidense Union Carbide y del gobierno indio en 1984 es un crimen industrial que no ha sido reparado integralmente. Los responsables quedaron impunes, las muertes son irreversibles al igual que el daño inmediato e inter generacional causado.
Visitar la India es mirar la fuerza de la comunidad en acción persistente por la vida, pero también es un golpe de realidad para quienes hablan de su desarrollo reciente como potencia emergente y omiten referirse a la violencia económica que padece el grueso de su habitantes, alrededor de 1,400 millones.