Esta semana dará inicio el Festival Internacional de Cine de la UNAM (FICUNAM). Del 5 al 15 de noviembre se proyectarán algunos de los títulos más interesantes del cine mundial, en salas de la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México, con algunas proyecciones en la Cineteca Nacional y otros espacios del circuito de cine independiente.
El principal cambio es que, tras 16 ediciones, este año se lleva a cabo en el mes de noviembre cuando antes se realizaba en el mes de junio. Como ya lo adelantábamos en esta columna de opinión, al hacer este movimiento, el calendario anual de festivales de cine en México ha quedado empalmado hacia el fin de año, con eventos como el Festival de Morelia (FICM), el Mórbido Fest y FICUNAM, sucediendo uno tras otro o, incluso, simultáneamente.
Sería fácil decir que la recta final de 2026 se ha convertido en un festín para los amantes del cine, pero en realidad es una pesadilla. No hay tiempo, ni dinero, que alcance. Y cuando hablamos de “cinéfilos”, seguimos hablando de un nicho cada vez más reducido de público, por lo que atreverse a señalar cualquier anomalía dentro del circuito de festivales suena como un “problema de primer mundo”, y de ahí que organizadores e instituciones hacen oídos sordos ante los reclamos de las audiencias.
Hace aproximadamente un mes, tuve un problema en el celebérrimo Cinematógrafo del Chopo, una sala de proyección dependiente de la Filmoteca UNAM (incluida dentro del circuito de exhibición del FICUNAM) y a la que he asistido regularmente como cinéfilo desde hace más de 30 años. Tras este problema, con los proyeccionistas del foro y los miembros de seguridad del Museo del Chopo, me vine a enterar de que la dirección del museo no tiene ninguna autoridad sobre el manejo de la sala de proyección ni los trabajadores que dependen directamente de la Filmoteca. Y así se lavan las manos.
Esto me hizo recordar que, en una anterior edición del FICUNAM, noté fallas técnicas en la sala Miguel Covarrubias, la más grande dentro del Centro Cultural Universitario (CCU) y donde suelen realizarse eventos especiales. El proyector vibraba demasiado y, además de emitir un ligero zumbido, la vibración provocó un movimiento que se notaba en pantalla.
Se lo comenté a los voluntarios en distintas ocasiones, e incluso tuve la oportunidad de hacerlo con la entonces directora del festival, quien me miró con rostro de “¿Y yo por qué?”. La situación continuó. Ahora entiendo que, por más glamour que un festival pretenda transmitir, detrás hay un infierno burocrático. El FICUNAM ya tiene nueva directora, pero lo que yo me sigo preguntando es si al personal de la Filmoteca UNAM ya se le dio la gana arreglar ese proyector.
Y lo mismo me pregunto sobre las burocracias de los distintos festivales de cine, ya sea en Morelia con su problema de boletaje, donde incluso tuvo que intervenir públicamente Guillermo del Toro; o el Mórbido Fest, con esa forma tan cuestionable de asignar pantallas a sus títulos más cotizados y que les está costando muchas críticas en redes sociales; o las proyecciones del Sundance CDMX,reservadas casi exclusivamente a salas VIP. Mejor ni hablemos del MUBI Fest, que fue desterrado de la Ciudad de México tras señalamientos de grupos antisionistas y este año se mudó a Guadalajara.
¿Por qué asistir a un festival tiene que ser un sufrir? Estamos pagando un boleto y, a veces, ni los periodistas “acreditados” se salvan de pagar. Al público no le están regalando nada, y lo que merecemos es la mejor experiencia. Cabe señalar que este tipo de situaciones se dieron durante 2026 en festivales de todo el mundo, y este año, quizá más que nunca, los organizadores han pedido a la opinión pública que su trabajo sea tomado en serio. Pero, lo que consiguieron fue ponerse ellos mismos en el banquillo de los acusados, pues con semejantes faltas de respeto al público, parece que los que no se toman en serio son ellos.