Justicia bajo un árbol

2 de Noviembre de 2026

Justicia bajo un árbol

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Alejandro Estivill

La camioneta Toyota, con aspecto de ambulancia, avanza por el sur de Etiopía. Un camino rural mejor cuidado de lo esperado; las lluvias concluyeron. Estamos en Arba Minch, territorio gamo. En un cruce de caminos, topamos con un centenar de personas resguardándose del sol. Dialogan, apenas se mueven. ¿Qué pasa…?
—Dubussha —aclara el guía.

Paramos para entender. Al fondo, una mesa y ancianos vestidos con sus colores rituales: negro por la fuerza de la tierra africana; rojo por el valor y la sangre de los ancestros; amarillo por la esperanza en el futuro. Algunos invitados descansan aburridos, otros, sudorosos, se entregan a desbordadas peroratas. Las mujeres participan. Pero debemos avanzar, retirarnos. No hay que importunar. ¿El Dubussha es… un juicio público?

No exactamente. El pueblo gamo otorga enorme valor a un patrimonio inmedible: la identidad, la confianza y la tranquilidad de vivir sin enemigos. Así que resuelve sus disputas mediante un mecanismo similar al arbitraje que busca, ante todo, no destruir sus relaciones.
La clave está en que esos ancianos de la mesa al fondo conminan constantemente a todos los involucrados a mantener una pregunta en el centro de sus argumentos: ¿y cómo vamos a hacer para que, después de juzgar y resolver, sigamos conviviendo juntos? El amarillo de sus trajes debe recordárselos.

Esta tradición de justicia comunitaria atiende robos, ofensas, disputas territoriales, ganado, recursos, conflictos familiares... Es una institución ancestral cuya candidatura a ser incorporada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO se encuentra en una etapa avanzada. El expediente habla de una reunión comunitaria en espacios tradicionales, frecuentemente bajo grandes árboles. Es deliberación, resolución aceptada y acuerdo bajo la pregunta constante: ¿y cómo nos vamos a seguir entendiéndonos?

Sin edificios con cariátides, sin mallete, se basa en que las personas reconocen la autoridad moral de los participantes y aceptan las decisiones como legítimas porque surgieron de la propia comunidad, desde abajo, hacia sus líderes y hacia sus descendientes.

Los ancianos del Dubussha —elegidos previamente por consenso para cada caso— y las autoridades tradicionales escuchan a las partes en un esquema de “todos hablan” y fomentan acuerdos duraderos para seguir viviendo juntos.

Esta experiencia recuerda al sistema Gadaa del pueblo oromo, también etíope, que establece obligaciones recíprocas y promueve la reconciliación. Pero es diferente. El Gadaa está vinculado a una forma de gobierno y transmisión generacional del poder. Desde 2016 ya logró su inscripción ante la UNESCO. En Oromía el concepto nagaa (paz) no solo significa ausencia de guerra; implica el mantenimiento de relaciones armoniosas con otros, con uno mismo, con la naturaleza y con Waaqa, Dios.

Dos investigadores de la Universidad de Arba Minch, Mekonen Teka y Tafesse Walea, han examinado la dimensión más atractiva del Dubussha: valora la construcción de convivencia a futuro (John Rawls escribió alguna vez que la idea más fundamental de una sociedad implica cooperación a lo largo del tiempo, de una generación a la siguiente). El Dubussha ya contribuye a enfrentar el analfabetismo y el trabajo infantil, porque sus niños son su futuro. Resuelve pleitos, pero también motiva intercambiar conocimiento y modificar conductas.
La conversación me recuerda el Witan, aquella asamblea anglosajona donde los sabios (witan significa precisamente eso) y consejeros participaban en las decisiones sobre leyes y monarcas.

La comparación no es buena: el Dubussha provoca transformaciones en comunidades altamente tradicionales (los extremos se tocan sin discordancia): por ejemplo, ahí se discuten la educación o modificaciones en los caudales para la irrigación. Una decisión nacida de la comunidad genera un compromiso colectivo duradero.

En Etiopía, numerosas comunidades recurren a sus ancianos para resolver conflictos. Y las regiones donde esto ocurre, coinciden con mejores condiciones de estabilidad. Muchos consideran conveniente recurrir a mecanismos tradicionales para resolver conflictos.
Hoy nuestras sociedades demandan a gritos acabar con la impunidad. Es indispensable. Pero no está de más trascender una justicia limitada al ataque, el castigo y el resarcimiento para enfocar el meollo del Dubussha: el éxito colectivo, la capacidad de mantener unida una comunidad para el mañana. En unas semanas, en años o durante generaciones, tendremos que compartir un país y entendernos sin perpetuar la polarización ni los agravios del pasado.

Quizá, antes de continuar desenfrenadamente, sea tiempo de detenernos, escuchar y conversar debajo de un árbol.