1er. TIEMPO: Disparo al corazón. Un nuevo libro comenzó a circular el miércoles pasado que despertó el morbo de la sociedad política, es para quien los asuntos públicos son de sumo interés. Se titula “Sin venganza ni perdón”, una frase borgiana que siempre utiliza Jorge Fernández Menéndez, el periodista, viejo amigo de Julio Scherer, el exconsejero político del presidente Andrés Manuel López Obrador, que hace, a través de las manos de su confidente, un recorrido de su relación con el tabasqueño y ajusta cuentas de manera muy severa con dos personas que, evidentemente, siente que lo dañaron de manera importante, en lo político y en lo personal. Uno es Hernán Gómez Buera, un sociólogo que encontró en el periodismo de opiniones, una mejor forma de ganarse la vida, como vocero de grupos de interés poderosos, como del exfiscal Alejandro Gertz Manero, de quien recibió un voluminoso expediente sobre Scherer para dedicarle un libro de más de 300 páginas para que quien fue su padrino, dirimiera públicamente lo que penalmente le dijo López Obrador que no podía hacer. Scherer lo maltrata, con palabras despectivas e insultantes, sin ningún respeto y viéndolo para abajo. El otro es Jesús Ramírez Cuevas, que fue vocero de López Obrador, arquitecto de la maquinaria de propaganda de odio y división del régimen y que actualmente es coordinador de asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum. Ramírez Cuevas también usó a Gómez Buera para golpear a Scherer, aportando otros expedientes de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, para nutrir su libro. Si el primero, por más ruido que haga, en el ecosistema de la política realista es insignificante, el segundo no. Ramírez Cuevas protagonizó una lucha incansable contra Scherer, golpeándolo internamente, mediante intrigas, y utilizando a su establo de plumas mercenarias en los medios para debilitarlo públicamente. Fue una lucha de poder en la cual, en la primera gran batalla, que culminó a la mitad del sexenio de López Obrador, perdió Scherer, que pensó que había ganado, y ganó Ramírez Cuevas, que se deshizo de él. Narra el exconsejero jurídico en el libro que el propio López Obrador se lo advirtió cuando renunció y no quiso aceptarle un cargo público. Te van a comenzar a atacar, le dijo. Hoy lo sabe porque se tuvo que comer el fuego que incluyó una persecución penal de Gertz Manero, pero en ese entonces creía otra cosa. La soberbia parecía cosa natural en él, hasta que los golpes lo ubicaron. “Sin venganza ni perdón” es su reflexión testimonial de lo que vivió, un título que se aplica a su tratamiento del expresidente y el exfiscal, pero es totalmente contrario a la forma como habló con Fernández Menéndez de Ramírez Cuevas, contra quien cobró venganza, aunque su cabeza por lo que disparó, no fue con cabeza fría.
2º. TIEMPO: El sin amigos, pero con muchos empleados. En su nuevo libro “Sin venganza ni perdón”, Julio Scherer no tuvo referencias directas sobre el expresidente Andrés Manuel López Obrador hirientes. Tampoco disparó todos sus misiles contra el exfiscal Alejandro Gertz Manero. Los toca, de manera fuerte y delicada, indirectamente, sobre todo al expresidente, porque descarga su furia con quien fue su vocero y consejero político, Jesús Ramírez Cuevas. Hay varias acusaciones de Scherer en su contra, pero ninguna como señalar que tuvo una relación con Sergio Carmona, el llamado “rey del huachicol”, de donde obtuvo dinero criminal para pagar campañas electorales en 2018 -dejando el exconsejero jurídico en el misterio si fue para la campaña presidencial de López Obrador-, y en 2015 para los hoy gobernadores de Sinaloa, b; Sonora, Alfonso Durazo, y Tamaulipas, Américo Villarreal. La imputación quema, porque lleva el dinero del crimen organizado al despacho presidencial en los tiempos de López Obrador. El señalamiento desató el fuego. En las redes, primero, periodistas conocidos descalificaron a Scherer. Al día siguiente, en sus columnas, continuaron golpeándolo, sin entrar a la litis. Los más afectados, fueron más vociferantes. En la mayoría de ellos, porque hay quienes de manera auténtica criticaron a Scherer, el común denominador era que Ramírez Cuevas los tenía en su nómina. No aparecieron los paleros de la primera fila de las mañaneras, a quien les pagaba migajas a cambio de permitirles hacer moleculares negocios con preguntas cobradas, porque en esta discusión, un mínimo de credibilidad era necesario. No aparecieron los de la primera división -aquellos que se llevan más de 150 mil ajolotes por mes, o beneficios de otro tipo-, pero sí los de la segunda línea, para acuerpar a su patrón, e impedir que lo puedan despedir y, por lo tanto, perder sus emolumentos y crecimiento que de otra forma, en el ecosistema de medios, no hubieran podido, como lo demostraron por años, lograr. La batalla es abierta, en redes y columnas. La otra cara de la moneda es el segundo cobro de facturas, la de periodistas que fueron sometidos a las campañas de linchamiento y daño reputacional que armó Ramírez Cuevas y hablaba al oído de López Obrador, como también lo cuenta Scherer, para que colocara el patíbulo e incendiara de manera impone a quienes lo criticaban. El vocero le calentaba la boca al expresidente todas las mañanas, que habría que acotar, que tampoco necesitaba que le susurraran odio con demasiada intensidad. Era el uno para el otro. La pregunta que no responde Scherer es si como fue en la propaganda y los ataques, también lo fue con el huachicol de Carmona.
3er. TIEMPO: En veremos la expulsión del paraíso. Hace no mucho, en este mismo espacio se señalaba que el poder político que había acumulado Jesús Ramírez Cuevas al lado del presidente Andrés Manuel López Obrador tardaría mucho tiempo en calcular su dimensión. En ruta íbamos, con su resposicionamiento como el jefe de la comunicación y la propaganda en la presidencia de Claudia Sheinbaum, cuando, lo que nadie veía venir, llegó: el nuevo libro de Julio Scherer, donde lo acusa de narcopolítico, que por la posición que tenía, como consejero jurídico en la primera parte del sexenio anterior, se puede decir que es la imputaciuón más grave que haya habido jamás. No fue un criminal buscando ser testigo protegido, o un gobernador en desgracia que quería negociar clemencia, o una carpeta de investigación con muchos hilos por delante para amarrar, o producto del periodismo de investigación. Scherer era una persona con toda la información confidencial y privada posible, para un segundo en el poder, como lo fue en los primeros meses del gobierno de López Obrador. Al Ramírez Cuevas que retrata y acusa, era un vocero anodino e incapaz, cuya verdadera función era la de censor, inquisidor y curador ideológico de un régimen que convirtió a los medios y al periodismo crítico en enemigos del Estado. Dentro de su política de linchamiento mediático contra periodistas independientes, coordinaba listas negras y alertas desde la oficina de Comunicación Social de la Presidencia, por donde pasaba todo y controlaba todo, donde se etiquetaba a reporteros incómodos como “adversarios del proyecto”. Quienes aparecían ahí eran blanco de campañas digitales de difamación, bloqueos de acceso y exclusión. Permitió que desde el mismo gobierno se alimentaran expedientes informales de inteligencia en contra de periodistas, utilizando al Centro Nacional de Inteligencia en la elaboración -con verdades, medias verdades y mentiras flagrantes-, perfiles sobre periodistas considerados “desestabilizadores”. Incluían datos personales, trayectorias laborales, posturas políticas y relaciones familiares. La historia que ayudó a construir ha quedado fracturada. Sheinbaum, que lo conoce desde sus tiempos universitarios, dijo que no había renunciado y lo elogió. Palabras políticas para ganar tiempo. Poco a poco, la acusación de narcopolítico irá pesando más sobre su espalda y ese ángel negro, posiblemente, sea expulsado del paraíso, por dejar de ser un activo y volverse un lastre.
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