Un 24 de agosto de 1899 nació Borges. En Argentina se declaró esa fecha como Día del Lector, iniciativa afortunada por el colosal tamaño de la obra de Borges y su posición como sagaz lector: la literatura existe solo en las lecturas; un universo que supera ampliamente las líneas iniciales de la escritura. El propio Borges anticipaba la ola de solipsismo escritural que hoy nos invade (sobreescritura abandonada de los lectores que parecen especie en extinción). Así que Borges se sentía más orgulloso de las obras que había leído que de sus escritos. Una versión un tanto egoísta, o intimista, de lo que diría Bolaño de manera más genérica: “escribir no es normal; lo normal es leer y lo placentero también; incluso lo elegante”. Ambos veían el escribir como rejuego sufrido, mientras que el lector puede aprovechar la posición impune, cómoda, del sádico o el voyerista usufructuario de mundos ajenos.
Como lector excepcional, José Emilio Pacheco escribió un estupendo libro sobre Borges. Recopila ahí sus conferencias de 1999, centenario del nacimiento de este escritor argentino a quien tanto admiraba. Lo tituló Jorge Luis Borges: una invitación a su lectura. Lo entregó primero a Hoja Casa Editorial, y fue reeditado después en la Editorial Era (la casa que mejor albergó a Pacheco).
Editorial Era acaba de anunciar su cierre por la inviabilidad financiera que le genera la reducción de ventas y librerías. Tristísima noticia. El mundo intelectual está entre el luto y la zozobra. La muerte de Era es la muerte de un raudal de futuras lecturas de lo editado, de aquello que dejará de estar en la mesa de la vieja librería Gandhi en la que uno obligatoriamente encallaba. Mueren, peor aún, las incontables lecturas pendientes; novísimos títulos, autores por debutar.
Analizando a Borges, Pacheco tuvo el tino de explicarlo como una fuerza enciclopédica a la inversa: no fija ni ordenada, sino en ebullición. Como si Borges incorporara siempre próximas lecturas. Borges era enciclopédico horizontalmente. Abarcaba géneros: ensayo, cuento, reseña. Pero también integraba verticalmente lo escrito y aquello por surgir: una obra grandiosa, en fin, que Pacheco llamaba “palimpséstica”. Lo invitaba a enfocar un retorno desde la lectura, la posible, la que recrea versiones anteriores. De ahí la omnipresencia de reescrituras, yuxtaposiciones e intertextualidades reales, así como aquellas latentes o conjeturables.
Para visualizar el otro lado de la moneda, Pacheco también reflexionó sobre lo que en Borges era la memoria y el olvido. Yo, mente olvidadiza como pocas y lector entusiasta de Borges, tengo mis obras favoritas, y en este Día del Lector reafirmo inclinación absoluta por el cuento “Funes el memorioso”. Leerlo en este día, gozne entre Borges y el celebrado “lector” —añado que me hace pensar en Pacheco y en la trágica caída de Editorial Era— apunta a otra paradoja borgiana: ese cuento en particular enseña que saber no es solo absorber información, sino olvidar selectivamente, interpretar y participar de la reconstrucción constante del significado.
Ireneo Funes, el memorioso personaje que capta todo el universo en sus detalles, demuestra que el pensamiento no consiste en erigir un archivo infinito. Requiere inteligencia para asociar, seleccionar, hacer metáfora, metonimia, comparación, y finalmente también desechar. ¿Qué sería de quien registre como diferente cada forma en el oleaje del mar modificado por las mareas? ¿Qué sería de quien cada ángulo de la catedral a cada paso? Dolor y locura. Sería la “atomización” que un neurólogo —Borges era muchas profesiones en su clarividencia— calificaría de enfermedad asesina del pensamiento.
Somos lectores porque disfrutamos, aprendemos, abstraemos, reinventamos lo leído y porque olvidamos; la relectura nos devuelve sus ofrendas. Con la intromisión de los proyectos acumulativos de la Inteligencia Artificial convertida en un pretencioso “Alef” —quizá así la nombraría un tal Borges—, se estrangula el espacio para quien lee, abstrae y reinterpreta a partir de sus olvidos. En términos del filósofo Éric Sadin, la conexión directa desde la AI hasta la siguiente AI convierte al humano en prompter, en simple cable. Rescatar lo humano de esta tenaza implica pensar más en el lector, cultivarlo. Implica apoyar las instituciones, editoriales y librerías que hacen del lector su centro de actividad y valorar las diabluras que vale la pena a partir de esa inconmensurable actividad que es leer.