Una de las cosas más importantes que está ocurriendo en el mundo se refiere a los cambios en la forma de actuar y pensar de varios de los plutócratas, así como a las declaraciones que están haciendo sobre su papel en el presente y futuro de la humanidad.
Sin duda, la riqueza se sigue concentrando en pocas manos en todos los países, y con frecuencia aparecen estudios, sobre todo a partir del año 2000, con información que, a mi juicio, señala uno de los principales problemas para controlar a esta plutocracia: el inmenso poder, no solo económico sino también político, que tienen.
Algunos datos lo confirman, como los que menciona Francisco de Zárate en un artículo de El País: que en las elecciones de 2024 en Estados Unidos tan solo cien familias habían invertido 2 mil 600 millones de dólares, más del doble de los mil millones que invirtieron cuatro años antes; todo ello gracias a que en 2010, la Corte Suprema eliminó los límites a la financiación de las campañas. Y, como bien recuerda la famosa sentencia del siglo pasado del juez estadounidense Louis Brandeis: “Podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en las manos de unos pocos, pero no podemos tener ambas cosas”.
Y los plutócratas han logrado evadir y, digamos, domesticar los esfuerzos de los gobiernos para que paguen más impuestos en función de las enormes ganancias que tienen. A pesar de que, por ejemplo, en Estados Unidos desde 1916 y 1917 crearon el impuesto progresivo a los ingresos y el impuesto al patrimonio, respectivamente, han logrado, sin mucho ruido, evadirlos año con año.
Por eso ahora resulta muy interesante conocer las posiciones de algunos de ellos, como el impresentable Elon Musk, quien en una larga entrevista dada hace un mes a la revista The Economist dijo muchas cosas -además de echarse muchas porras-, pero algunas muy interesantes: que en menos de cinco años los sistemas de inteligencia artificial podrían sobrepasar la suma de toda la inteligencia humana y en diez años los robots producirán tal abundancia de bienes y servicios que el problema será la deflación y no la inflación.
Agregó que el dinero no significará nada, ya que el trabajo humano se podrá considerar opcional, por lo que propone que, sin empleos, será necesaria una redistribución de la riqueza y la creación de un “alto ingreso universal"; es decir, de pronto coincide con nuestra propuesta de Ingreso Ciudadano Universal.
También dice algo desconcertante: que él está dispuesto a pagar billones de dólares en impuestos, ya que, como ha mencionado, en una década el dinero será irrelevante; y, como buen plutócrata que lo sabe todo, afirma: “La gente no cree que lo que estoy diciendo vaya a pasar”.
Por supuesto, la entrevista ha provocado reacciones, muchas de ellas de burla, pero ha habido una que me gustaría comentar: la de otro multimillonario, Vinod Khosla, un inversionista de Silicon Valley, que también hace futurología diciendo que la inteligencia artificial en medicina, a través de asistencia biónica, reemplazará a la mayoría de los médicos aunque, argumenta en la revista Fortune, que no es tan sencillo como lo plantea Musk, ya que sin duda la tecnología permitirá la abundancia, pero se necesita voluntad política para distribuir los beneficios, y resolver lo primero no garantiza nada de lo segundo. Textualmente: “La IA podría crear un mundo donde una pequeña élite prospere mientras el resto enfrenta inestabilidad económica, especialmente en una democracia que se tambalea sin una intervención activa”.
Lo que está en juego es, primordialmente, la capacidad de los gobiernos para limitar el exceso de ganancias en todo el mundo, ya que hasta ahora los que van ganando son los plutócratas. El mejor ejemplo son las propuestas de gravar a nivel mundial, las enormes fortunas con un reducido impuesto que siguen sin prosperar.