La Merced: persistencia del alma

29 de Abril de 2026

La Merced: persistencia del alma

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José Pérez Linares

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Foto: EjeCentral

Para el Heroico Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de México

En abril de 2026, una vez más, el fuego y el humo volvieron sobre La Merced como una señal antigua que la ciudad conoce demasiado bien. Primero fue un resplandor anaranjado latiendo detrás de las azoteas, como si debajo del barrio algo remoto hubiera vuelto a encenderse; luego una columna negra comenzó a elevarse, espesa y solemne, dibujando sobre la noche capitalina una sombra visible desde otros rumbos del valle. Después llegaron las sirenas —ese lamento que ha sustituido a las campanas de alarma— y el olor inconfundible de la combustión urbana: cable derretido, madera húmeda, cartón viejo, fruta madura vuelta ceniza, especias abrasadas. La ciudad, por un instante, volvió a oler a incendio y a mercado, a ruina y a supervivencia.

No es la primera vez. Quizá tampoco será la última. Pero en La Merced cada incendio tiene algo de revelación: entre el humo se alcanza a ver, por un instante, de qué está hecha realmente la ciudad. Mucho antes de estas lonas y estos pasillos fatigados, el fuego ya había consumido, en 1870, al antiguo mercado de El Volador, aquel gran vientre comercial de la capital virreinal. Como si el abasto de México llevara, junto a la abundancia, una terca vocación de ceniza.

Desde el viejo Tlanechicoloyan —el sitio donde se reúnen las cosas— hasta los embarcaderos de Roldán, la ciudad aprendió temprano que su destino era concentrar el mundo para después repartirlo. Bajo el pavimento donde hoy crujen los “diablos” de fierro, todavía corre un río invisible de canoas cargadas de flores, maíz y aves. Es una memoria húmeda que se niega a secarse, un murmullo de agua que sobrevive bajo el peso del concreto.

Luego vinieron el convento, las plazas de abasto, las alhóndigas y el mercado mayorista que hizo de La Merced el estómago de la capital. En calles como Correo Mayor, Mixcalco y Jesús María, entre sederías, mercerías y viejos mostradores donde sobrevivía la libreta de fiado, comerciantes de origen judío y libanés añadieron a la ciudad una discreta trama cosmopolita de palabra empeñada, trabajo familiar y arraigo silencioso. En aquellas calles de comercio y conversación se educó también el oído urbano de Jacobo Zabludovsky, que entendió pronto que la ciudad verdadera habla bajito y sólo se revela a quien la camina.

Es una épica menuda, la de los territorios sentimentales donde cada rumbo defendía su nombre como si defendiera una bandera. Entre La Merced y Tepito circularon más que mercancías, se intercambiaron prestigios, códigos, bravatas y maneras de andar la noche. Esa música secreta —mezcla de desafío, elegancia popular y pertenencia—, quedó suspendida en la Noche de Califas de Armando Ramírez, allí la ciudad plebeya encontró una de sus voces más vivas, como “El Macho Prieto”, califa mayor de La Merced.

Luego, llegó la modernidad por decreto. La gran Central de Abasto apareció como la respuesta definitiva. Pero la planeación y la modernización no llegaron como persuasión: llegaron como operativo. La noche del 21 de noviembre de 1982, un cerco alrededor de La Merced impidió el paso de los camiones que abastecían a los mayoristas; la ciudad sitió a su viejo corazón para forzar su traslado.

Sin embargo, surgió la paradoja: el nuevo gigante de Iztapalapa fue construido sobre chinampas y tierra cenagosa, una plancha de concreto diseñada para flotar sobre el recuerdo del lago. La ciudad quiso huir de su origen acuático y terminó, una vez más, descansando sobre el agua. El mayoreo se fue, pero el alma se quedó a resistir en el centro.

Parte del mayoreo emigró; el alma no. Porque la costumbre —como la memoria— rara vez obedece del todo.

Hoy, mientras el humo de 2026 se disipa, la persistencia se manifiesta en los sonidos más simples. En medio de la tibieza de la ceniza y el azúcar quemada, vuelve el roce de las cajas de madera y el golpe seco de las cortinas metálicas.

Un cuchillo corta una naranja y su perfume cítrico derrota, por un momento, al hollín. Entre el vapor del café y los pregones que despiertan al sol, La Merced vuelve a respirar. Es un barrio herido que sigue alimentando el cuerpo y la memoria de una ciudad que, a menudo, parece haberlo olvidado. Es el triunfo del alma sobre la brasa; la terca insistencia de ser, a pesar de todo, el centro del mundo.