En la política mexicana hay una emoción que vuelve una y otra vez: el resentimiento. No es algo nuevo ni exclusivo de un gobierno o de una época, ha sido parte de distintos momentos de nuestra historia política. Lo que sí parece haber cambiado es la manera en que hoy se utiliza, cada vez más abierta y central dentro del discurso público.
El resentimiento político funciona de una manera muy simple, no busca necesariamente explicar los problemas del país ni proponer soluciones complejas; su objetivo es señalar culpables.
Durante décadas, buena parte del debate político en México se organizó alrededor de proyectos, ideologías o visiones de desarrollo. Hoy, en cambio, muchas narrativas políticas parten de la lógica de dividir el espacio público entre quienes han sido favorecidos por el sistema y quienes han sido excluidos de él.
La fórmula es efectiva porque apela a una experiencia real en este país profundamente desigual. La concentración de riqueza, las brechas de oportunidades y la distancia entre élites y ciudadanía son evidentes. Esa realidad genera frustración social, y la frustración es un terreno fértil para la política.
El problema aparece cuando esa frustración se convierte en el principal combustible del discurso público, cuando la política se construye desde el resentimiento, el debate se simplifica, y en lugar de discutir cómo resolver problemas complejos como son la inseguridad, el crecimiento económico, las instituciones débiles, por mencionar algunas, la conversación empieza a gira alrededor de antagonismos permanentes como “el pueblo contra las élites”, “los privilegiados contra los olvidados”, “los corruptos contra los honestos”.
La política se vuelve entonces una narrativa de bandos, y este tipo de discurso tiene una ventaja clara: movilizar las emociones. Y las emociones se movilizan más rápido que los argumentos, sí, pero también tiene un costo, y es que cuando el resentimiento se vuelve el eje de la conversación pública, la política deja de ser un espacio para construir acuerdos y se convierte en un terreno de confrontación constante.
No se trata de negar los conflictos sociales. Las tensiones entre distintos grupos existen y deben discutirse, eso es cierto; pero la desigualdad, el abuso de poder o la corrupción no son inventos retóricos; son problemas reales. Porque una cosa es reconocer esas fracturas y otra muy distinta convertirlas en la única forma de hacer este ejercicio.
El riesgo de la política del resentimiento es que termina atrapada en su propia lógica. Si el discurso necesita enemigos permanentes para sostenerse, entonces la reconciliación social deja de ser una meta y el conflicto se vuelve parte del sistema.
Es en ese escenario que gobernar se vuelve más complicado, porque resolver problemas exige acuerdos, diagnósticos complejos y políticas públicas que rara vez caben en narrativas simplificadas.
Lo primordial es que México necesita discutir desigualdad, poder económico y justicia social, y hacerlo desde el resentimiento permanente es una trampa clara que nos perjudica a todos a la larga. La indignación puede abrir conversaciones necesarias, pero difícilmente puede sostener un proyecto de país.
La política tiene otras funciones, ¿por qué qué pasa con representar nuestros intereses, administrar conflictos, construir reglas de convivencia?, acaso todo se reduce únicamente a movilizar frustraciones, corre el riesgo de convertirse en un espectáculo emocional más que en un ejercicio de gobierno?.
Esa es una discusión que México tendrá que enfrentar tarde o temprano, confrontar enserio si la política seguirá siendo un espacio para resolver diferencias o si se quedará atrapada en la comodidad del resentimiento.