Las dos caras de Claudia

24 de Abril de 2026

Las dos caras de Claudia

Columna invitada_Redes

Claudia, la hija del 68, la científica progresista, la doctora, la ambientalista reconocida a nivel mundial, la primera mandataria de México, la que lidia con el vecino del norte con sensatez y cabeza fría, la que apoya a Cuba a sol y sombra, la presidenta progresista que lucha por la democracia en foros internacionales, la que ejerce el poder de una manera sobria y sapiente, la que controla el gobierno y el partido, la que quiere dejar un legado imborrable.

Sheinbaum, la que no apoya las consignas feministas, la que coloca vallas frente a Palacio Nacional, la que miró hacia otro lado con la tragedia del Rebsamen, la que jamás dio respuestas a familiares de las víctimas del “accidente” de la Línea 12 del Metro, la que solapa la opacidad y malas prácticas de Pemex, la que, ahora, piensa que el fracking es una estrategia para el progreso del país.

Claudia Sheinbaum tiene esas dos caras de la misma moneda. Sin embargo, esta ambivalencia no es privativo de Sheinbaum, es una constante del poder. Gobernar implica decidir bajo presión, negociar con fuerzas contradictorias, administrar crisis que rara vez admiten pureza ideológica. En esa tensión es donde los liderazgos revelan su verdadera naturaleza, no solo en el discurso, sino en los márgenes donde ceden, corrigen o se contradicen.

El ejercicio del poder siempre muestra la ruta de -no buscar lo mejor, sino de contener lo peor-, por eso es muy claro que la misma mandataria que se formó en la academia y defendió la transición energética, hoy encabeza un proyecto que apuesta por fortalecer a las empresas del Estado aun cuando eso implique postergar metas ambientales. La misma que se reivindica como parte de una generación marcada por la lucha social, se enfrenta a colectivos que reclaman ser escuchados y encuentran las puertas cerradas. La misma que presume rigor técnico, también ha tenido que operar políticamente con pragmatismo frente a crisis que erosionan su narrativa.

Reducirlo a una contradicción personal sería simplificar demasiado. El poder en México -y en buena parte del mundo- obliga a sus ocupantes a moverse entre expectativas incompatibles: crecimiento y sostenibilidad; seguridad y libertades; lealtad política y rendición de cuentas. El problema no es que existan dos caras, sino cuál de ellas predomina cuando las decisiones importan. Ahí es donde la ambivalencia deja de ser comprensible y se vuelve definitoria. Cuando las respuestas a tragedias se diluyen, cuando las banderas progresistas se administran con selectividad, cuando la técnica se subordina a la conveniencia política, la dualidad deja de ser equilibrio y se convierte en incongruencia.

Así, esta dualidad no es de extrañarse, Sheinbaum y todos los gobernantes, tarde o temprano, enfrentan ese espejo incómodo donde el ideal choca con la realidad. Algunos logran sostener una línea clara, otros se diluyen en los matices hasta perder contorno. La pregunta de fondo no es si Claudia tiene dos caras, sino cuál de ellas definirá su legado cuando el ruido del presente se disipe. Porque al final, más allá del relato, los gobiernos se juzgan por sus decisiones y resultados, no por sus intenciones.