Estas líneas no tratan de África ni de lugares exóticos, pero mencionan al gran líder africano. Todo ello porque en 2009, Fiona Broome, investigadora de lo paranormal, acuñó el término “Efecto Mandela”, fenómeno tan fascinante como frecuente: casos de falsos recuerdos compartidos, donde grupos importantes de personas recuerdan —erróneamente— algo que realmente no ocurrió. Ella y muchos otros tenían una clara imagen de que Nelson Mandela murió en prisión en los 80, cuando en realidad vivió hasta 2013.
Las razones del fenómeno no han sido del todo explicadas. La gente “construye” su memoria, quizá por influencia o contaminación social, y asociación de conceptos. Grupos numerosos de personas viven convencidos de que los iconos visuales, sobre todo populares (la mascota del Monopoly con monóculo, las palabras Looney Toons en las caricaturas o la bruja de Blancanieves diciendo “espejito, espejito”), fueron tal y como lo dictan sus recuerdos. Se frustran cuando la evidencia, preservada en imágenes o libros, muestra lo contrario.
Aunque la investigadora Broome, debido a su interés inicial en lo esotérico, intentó sustentar el fenómeno en la existencia de universos paralelos o en la física cuántica, frecuentemente se encuentran asociaciones colectivas que explican aceptablemente esos errores. La memoria es fundamentalmente reconstructiva, no reproductiva, y actúa mezclando expectativas y emociones. Pero una inquietud sobrenatural o teoría de la conspiración persiste: ese poder que nos cambia la realidad “atestiguada”.
El Efecto Mandela regresa a la palestra cuando aparecen noticias, igualmente con tono conspirativo, de que importantes empresas de inteligencia artificial —se menciona específicamente a Anthropic y su litigio contra varios autores— han comenzado a comprar números formidables de libros físicos, prefiriendo títulos raros, escasos y siempre publicados antes de 2022 para evitar que en su contenido abunde la voz de la propia IA.
Los digitalizan y después destruyen los originales. Esa destrucción es lo perturbador, pero una resolución jurídica en California, limitada a la visión estadounidense sobre derechos de autor que solo habla de tutelar el “copyright”, consideró totalmente legal tal destrucción porque justamente elimina una de las dos copias generadas del contenido. Preservando la versión digital se regresa a un estadio con “un solo contenido”.
Un anticuario recibió un voluminoso pedido y descubrió que los libros eran para entrenamiento de IA y su posterior trituración. Muchos otros atestiguan que, con la base de datos ISBNdb, se adquieren anónimamente numerosos libros. Los alarmistas piensan que alguien acumulará el poder económico que le otorgue poseer y comercializar la información única, la digital, imposible de constatar con evidencias físicas. Los más alarmistas piensan que, sin acceso a copias físicas originales, se diluye la capacidad de fijar una memoria sólida, abriendo más las puertas a la era de la posverdad. Los ultra-alarmistas ven en este patrón la posibilidad de la construcción, con fines políticos antiliberales, de una nueva y sometida conciencia humana “acrítica” con sus fundamentos manipulados. Pareciera que, con la IA, el Efecto Mandela podría establecerse respondiendo a ciertos intereses. Al menos, el arma para hacerlo se estaría montando.
Algunos autores elevaron reclamos jurídicos porque la práctica estaría “plagiando” su escritura. Los tribunales, empeñados sobremanera en la tutela del “copyright”, resolvieron de manera mixta. Si la IA retoma esos contenidos para “aprender” como cualquier estudiante —su principal objetivo, según las empresas tecnológicas que dicen evitar invariablemente cualquier maliciosa maquinación— no viola ninguna ley. Si los reproduce como propios, su acto sería ilegal. Muy distante queda cualquier tutela al valor histórico, testimonial, cultural, emocional del libro original que termina en una trituradora.
Sin negar que la tecnología ofrece mayor accesibilidad y vías relevantes de preservación, el sesgo de los algoritmos de la IA detona al menos desafíos de acceso desigual, pérdida de contexto o incluso exclusión de matices relevantes. Los algoritmos se programan —por mano ajena o por su propio aprendizaje— para suprimir contenido sensible, evitar aquello que resulte comercial o éticamente controvertido y finalmente para discriminar. Construyen narrativas que también impactan severamente en aquello que la gente, por su naturaleza, cree recordar.
Parece indiscutible que nuevas formas de memoria, aceptada colectivamente, sesgada o incluso equívoca, habrán de surgir. No será solo por errores humanos genuinos —eliminación creciente de lo humano—. Estará detonada por una selección, manipulación y por la misma destrucción de la información.