Morir de éxito

12 de Agosto de 2026

Morir de éxito

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José Pérez Linares

A cierta hora la Roma huele a pan, ajo, vino recién abierto. Las banquetas son comedores. Los perros esperan bajo las mesas. Los meseros cruzan la calle con platos dispuestos para la fotografía. En alguna esquina una fila puede durar una hora para entrar a una taquería. En otra, un hotel boutique cobra por una noche lo que antes costaba un mes de renta. Las fachadas resisten. Los árboles también. Pero algo cambió en la respiración del barrio: ya no está de moda. Ahora tiene precio de destino.

En la calle de Jalapa está Numen Design Store, una especie de galería de objetos para escribir, que ya prepara su mudanza a la Doctores. Se llevará sus lápices hechos a mano, sus cuadernos, su silencio. No hay escándalo. No hay persiana que baje de golpe, ni muebles sobre la banqueta. Sólo un espacio que durante años exhibió objetos concebidos para durar y que ahora busca otro sitio donde existir. Algunas mudanzas cuentan una ciudad entera.

Numen llegó con la primera oleada gentrificadora, cuando la Roma cambió de piel sin perder del todo su vocación cultural. Había nuevos cafés, sí, pero alrededor de ellos clubes de lectura, talleres, librerías, presentaciones de libros. La gente iba no sólo a consumir. Iba a conversar, a permanecer. Aquella transformación desplazó encuadernadoras, sastrerías, imprentas, panaderías antiguas. Pero conservó durante un tiempo algo de la Roma intelectual: la idea de que un cafetin podía ser también un lugar para leer, escribir, discutir sin prisa.

Numen pertenecía a ese paisaje. Y quizá por eso sus lápices cuentan esta historia mejor que cualquier discurso.

Son objetos hechos para perdurar en una época que todo lo reemplaza. Madera, metal, piel, grafito. Materiales que envejecen, se rayan, guardan la huella de quien los usa. El lápiz industrial nace para ser idéntico a millones de otros, gastarse y desaparecer. El de Numen propone lo contrario: úsalo. Déjalo cambiar contigo. Consérvalo.

Hay algo anacrónico en fabricar lápices con las manos cuando buena parte de la vida transcurre en pantallas. Está el peso en los dedos, el sonido de la mina sobre el papel, el gesto de afilar, la paciencia de escribir sin teclado. Alguien compra ese lápiz no porque lo necesite. Lo compra porque desea recuperar, aunque sea por un instante, una forma de atención que la vida digital ha vuelto extraña.

El lápiz tiene memoria en esta ciudad. José Luis Cuevas nació sobre una fábrica de lápices y papeles, El Lápiz del Águila, y creció entre grafito antes de convertirse en dibujante. Después vendrían los Blanca Nieves de Lapimex, los Mirado, los lápices escolares que acompañaron a generaciones. Ahora importa otra cosa: que alguien vuelva a querer un lápiz no por necesidad, sino por el deseo de conservarlo.

Numen se va cuando la Roma entra en una segunda oleada. Algunos restaurantes requieren reservaciones obcenas de meses, las estancias temporales presionan las viviendas, las joyerías y los zapatos de diseñador ocupan locales donde antes había otra clase de comercio. La colonia ya no vende solamente productos. Vende una forma de vida.
La segunda oleada comienza a desplazar ya no solo a vecinos sino a quienes llegaron con la primera. Numen no es una víctima ni un caso aislado. Es una señal. El paisaje cultural que ayudó a construir comienza a ser demasiado caro y sobrevalorado para algunos de sus propios constructores.

Hay otro dato que obliga a mirar con cuidado lo que pasa en la colonia. En la geografía de los despojos denunciados en la ciudad, Roma Norte aparece con mayor número de carpetas de investigación. Gentrificación y despojo no son lo mismo. Pero en ciertos territorios coinciden el valor creciente de la propiedad, la presión inmobiliaria y la disputa por permanecer. Cuando el mapa del dinero y el de quienes pierden un lugar empiezan a tocarse, algo se quiebra sin ruido.

La ciudad funciona así: cuando una colonia se vuelve demasiado cara, el deseo busca otra; detrás llegan los cafés, los restaurantes, las inversiones y, al final, las rentas que empujan de nuevo a alguien hacia otra parte. La Doctores ya aparece en ese horizonte.
La Roma está llena. Ése es el problema.

Llena de visitantes, terrazas, hoteles, filas y filas. Lo que escasea es aquello que hizo de ella un barrio peculiar durante un siglo: la mezcla de artistas, intelectuales, oficios, comercios y pequeñas rarezas que permitían habitarla sin convertir cada esquina en una experiencia de consumo.

Primero la Roma expulsó a los negocios de antes. Después llegaron quienes la reinventaron. Ahora empieza a expulsar también a algunos de ellos.

La pregunta ya no es quién llega. Es más incómoda: ¿quién podrá quedarse?

Un barrio puede morir de abandono. Pero la Roma empieza a morir de éxito.