Mujeres ancladas

10 de Marzo de 2026

Mujeres ancladas

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

Durante años la igualdad se ha medido en números: cuántas mujeres hay en un espacio, cuántas ocupan un cargo, cuántas aparecen en una estadística. Las cifras se presentan como evidencia de progreso y, con frecuencia, se asume que la presencia equivale automáticamente a igualdad. Pero la realidad suele ser más compleja. La verdadera igualdad no consiste únicamente en contar mujeres, sino en contar con ellas.

Porque estar presentes no siempre significa poder decidir. En muchos espacios sociales, laborales e incluso familiares, las mujeres aparecen en la fotografía institucional, pero no necesariamente en el centro de las decisiones. Su presencia se vuelve visible, pero su influencia permanece limitada. Se les invita a participar, pero no siempre se les permite determinar el rumbo.

Ancladas a roles que se consideran naturales, a expectativas sociales que delimitan sus posibilidades, a estructuras que, aunque han cambiado en apariencia, continúan reproduciendo desigualdades profundas.

La imagen del ancla suele asociarse con estabilidad. Pero también puede significar inmovilidad. Un ancla mantiene firme a un barco, pero al mismo tiempo le impide avanzar.

Algo similar ocurre con muchas mujeres que, a lo largo de su vida, asumen responsabilidades fundamentales dentro de sus familias y comunidades. Son quienes organizan la vida cotidiana, quienes sostienen emocionalmente a los demás, quienes garantizan que el hogar funcione incluso cuando todo parece inestable.

Sostienen economías domésticas, administran recursos limitados, reconstruyen entornos después de una crisis o de una ruptura. En muchos casos, su trabajo invisible permite que otros puedan desarrollarse, crecer profesionalmente o asumir posiciones de liderazgo. Sin embargo, esa capacidad de sostener no siempre se traduce en reconocimiento ni en poder de decisión.

Al contrario: con frecuencia, esas mismas responsabilidades se convierten en el argumento que limita su participación en otros espacios. El mercado laboral todavía percibe a muchas mujeres como una apuesta incierta, como si su compromiso estuviera condicionado por su vida personal o por las responsabilidades de cuidado que la sociedad les ha asignado históricamente.

El resultado es un círculo difícil de romper. Las mujeres sostienen estructuras familiares y sociales indispensables, pero esas mismas tareas las mantienen atadas a un lugar que pocas veces se traduce en influencia real. Están presentes, trabajan, aportan, organizan, pero no siempre deciden.

No se trata solo de cuántas mujeres participan en un espacio de poder, sino de cuánto pesa su voz dentro de él. Una mesa puede mostrar paridad en números y, aun así, reproducir dinámicas en las que las decisiones siguen concentrándose en las mismas manos de siempre. La igualdad numérica, cuando no va acompañada de una igualdad sustantiva, corre el riesgo de convertirse en una ilusión estadística.

Romper con esa lógica exige reconocer que muchas mujeres han permanecido ancladas no por falta de capacidad, sino por estructuras que limitan su movilidad. Durante décadas se les ha pedido sostener, cuidar, organizar y acompañar, pero rara vez se les ha cedido el mismo espacio para decidir, dirigir o transformar.

El problema no es la capacidad de las mujeres para asumir responsabilidades. Esa capacidad ha sido demostrada una y otra vez en la vida cotidiana, en el trabajo y en los espacios públicos. El problema es que las estructuras de poder no siempre se han transformado al mismo ritmo que los discursos de igualdad.

Esta reflexión, además, no es ajena al propio marco jurídico mexicano. La Constitución reconoce que la igualdad no puede entenderse únicamente como una proclamación formal, sino como una obligación de remover las barreras que históricamente han limitado el ejercicio pleno de los derechos de las mujeres. La doctrina constitucional y los criterios de los tribunales han señalado que la igualdad debe analizarse desde una perspectiva sustantiva, es decir, considerando las condiciones sociales, económicas y culturales que perpetúan relaciones de poder desiguales. Bajo esa lógica, la presencia femenina en los espacios públicos o laborales no basta por sí sola para hablar de igualdad real; lo verdaderamente relevante es que existan condiciones efectivas para que las mujeres participen y decidan en condiciones de plena equidad.

Porque mientras las mujeres sigan siendo el ancla que sostiene la estructura, y se les limiten las oportunidades para tomar el timón que dirige las decisiones, la igualdad seguirá siendo una promesa incompleta. La verdadera transformación comenzará el día en que su presencia no solo sea contada, sino escuchada, considerada y capaz de marcar el rumbo.