Imaginen una niñita de 11 o 12 años que debería estar jugando a ser doctora, cantante o astronauta y que, en cambio, está siendo preparada para casarse.
Una pequeña que tendría que estar escogiendo muñecas, útiles para la escuela o el color de sus tenis, pero que termina siendo obligada a vivir una vida adulta para la que no está lista. Una vida donde otros deciden por ella y sobre ella.
¿Cómo es posible que esto siga ocurriendo en pleno 2026?
Mientras el mundo presume avances, campañas sobre igualdad y discursos de derechos humanos, millones de niñas siguen siendo entregadas, unidas o casadas antes de cumplir 18 años. Algunas por pobreza. Otras por presión familiar. Muchas por costumbre. Y demasiadas porque los adultos a su alrededor decidieron que su infancia valía menos que una tradición.
Estas niñas están viviendo una de las formas más crueles de violencia. Les están arrebatando su vida, sus sueños y la etapa que debería ser la más libre y feliz de todas. Y no, no es cultural: es abuso normalizado y disfrazado de costumbre.
Según UNICEF, más de 640 millones de mujeres vivas hoy fueron casadas siendo menores de edad. Además, alrededor de 12 millones de niñas son obligadas cada año a entrar en matrimonios o uniones tempranas.
Doce millones de niñas dejando la escuela, perdiendo autonomía y creciendo dentro de relaciones profundamente desiguales. Doce millones de infancias interrumpidas.
Esta semana Colombia dio un paso histórico al prohibir oficialmente el matrimonio infantil y las uniones tempranas para menores de edad con la ley “Son niñas, no esposas”. La reforma eliminó cualquier excepción legal y estableció que nadie menor de 18 años puede casarse ni vivir en una unión reconocida legalmente.
Y aunque parece absurdo que todavía tengamos que celebrar algo tan básico, la realidad es que aún existen países donde una niña puede ser entregada legalmente a un adulto.
En Iran, por ejemplo, la ley permite matrimonios desde los 13 años para niñas. En Yemen ni siquiera existe una edad mínima nacional clara. En Bangladesh, Pakistán y algunas regiones de Nigeria sobreviven excepciones religiosas o legales que permiten uniones infantiles.
Y no, México tampoco puede sentirse moralmente superior.
Aunque el matrimonio infantil ya es ilegal en los 32 estados y la edad mínima legal para casarse es 18 años sin excepciones, el problema sigue existiendo bajo otros nombres: “unión libre”, “costumbre”, “acuerdo comunitario” o “se la llevó”.
Cambian las palabras, pero no la violencia.
Los datos son durísimos. En México, alrededor del 18% de las mujeres entre 20 y 24 años estuvieron casadas o unidas antes de cumplir los 18 años. Más de 313 mil menores de entre 12 y 17 años siguen viviendo en matrimonio o unión temprana y alrededor del 76% son niñas.
Además, siete de cada diez abandonan la escuela. Y cuando una niña deja de estudiar, aumenta dramáticamente la probabilidad de pobreza, dependencia económica y violencia durante toda su vida.
Los estados donde más se reportan estas uniones siguen siendo Chiapas, Guerrero y Oaxaca, particularmente en comunidades rurales e indígenas donde muchas veces el Estado llega tarde… o nunca.
La parte más incómoda es que durante años demasiada gente prefirió guardar silencio para no confrontar discursos de usos y costumbres. Pero ninguna tradición puede estar por encima de los derechos de una niña. Ninguna.
Porque una niña de 12, 13 o 14 años no tiene la madurez emocional, psicológica ni económica para asumir una vida como esposa o madre. Mucho menos para cargar con responsabilidades que ni siquiera comprende completamente.
Y cuando una sociedad permite eso, aunque sea “con permiso”, está fallándole a su infancia de la manera más brutal posible.
Las niñas no nacieron para servirle a un adulto. Nacieron para jugar, aprender, descubrir quiénes son y sentirse seguras.
Y cualquier sociedad que permita que les roben eso, le está fallando al mundo entero.