Una pareja sentada, tomando una copa de coñac, fumando y platicando. Detrás, la calle ardía. No sonaba música francesa, sino el fuego que consumía lo que encontraba a su paso. Ellos seguían conversando.
La escena me dejó pensando. ¿Habían volteado a ver lo que ocurría? ¿Les preocupaba? ¿O simplemente habían decidido seguir con su noche mientras el incendio no llegara a su mesa?
¿Será que nos hemos acostumbrado a vivir en llamas?
Es fácil indignarse con esa pareja. Lo incómodo es preguntarnos cuánto nos parecemos a ella. Vemos una noticia terrible, comentamos lo mal que está todo y seguimos cenando. También necesitamos continuar con nuestra vida, claro. Pero ¿en qué momento esa necesidad se convierte en indiferencia?
Quizá hemos aprendido a preocuparnos solo cuando el problema nos alcanza. Mientras sea la calle de otro, el negocio de otro o el dolor de otra familia, todavía podemos pedir una copa más.
Al fondo, el otro lado de la moneda: personas decididas a hacerse escuchar. Entre ellas, algunas dispuestas también a romper y saquear. Y detrás de las pancartas hay demandas que merecen tanta atención como el incendio: salarios insuficientes, servicios públicos deficientes y promesas incumplidas.
En Francia, las movilizaciones estudiantiles por las condiciones educativas se ampliaron con reclamos por el costo de vida y los servicios públicos; también hubo disturbios. Debo decir que es impactante ver París ardiendo, con sus edificios, sus hermosas calles y su clara indignación.
A 9,200 kilómetros de distancia, no estamos lejos. México también reclama. Los jóvenes en Jalisco piden mejorar la calidad del agua.
Lisboa y España no se quedan atrás. La vivienda y el costo de vida también han motivado protestas.
Y así… Cada país tiene sus problemas. No todas las marchas responden a las mismas causas. Pero algunas expresan una frustración reconocible: trabajar, cumplir las reglas y aun así sentir que construir una vida estable parece cada vez más difícil.
Hay un momento en que ese cansancio deja de ser privado. Sale de la libretita donde se hacen cuentas y no se llega a fin de mes, del hospital donde alguien termina una guardia, del salón donde un estudiante intenta imaginar su futuro sin mucho optimismo.
El problema es que muchos gobernantes en el mundo se parecen demasiado a aquella pareja: ignoran a la gente y siguen con lo suyo mientras su entorno arde. Pedir paciencia resulta más sencillo cuando quien la pide tiene sus necesidades resueltas, su copa servida, su mesa puesta.
Me preocupa que interpreten cualquier inconformidad como una conspiración opositora. Existen intereses políticos alrededor de las protestas, desde luego, pero eso no vuelve falsos los problemas ni elimina la obligación de atenderlos.
También me indigna que alguien utilice una causa para destruir el patrimonio ajeno. El comerciante que pierde su negocio no tiene por qué pagar la frustración colectiva. Tampoco los adultos mayores que compraron un departamento en España para un día vivir de sus rentas tienen por qué resolver el problema de vivienda ni mantener al que no puede pagar el alquiler. Esa responsabilidad le corresponde al Estado. Defender el derecho a manifestarse exige reconocer también los derechos de quienes necesitan trabajar, trasladarse o recibir atención médica.
Condenar la violencia y escuchar las demandas son responsabilidades compatibles. Una autoridad debe proteger a la población entera y explicar qué puede resolver, con qué recursos y en qué plazo. Escuchar sin asumir compromisos es otra forma de aplazar el problema. De voltear para otro lado.
Si la respuesta aparece después del bloqueo, el poder enseña una lección peligrosa: para ser escuchado, primero hay que interrumpir.
Quienes informamos debemos mirar más allá del fuego y explicar también sus causas.
Vuelvo a la pareja y su copa. No sé qué pensaban ni qué habían vivido. Sí sé lo que su imagen me hizo preguntarme: cuántas advertencias necesitamos antes de prestar atención. Porque cuando solo reaccionamos al sentir el calor en nuestra mesa, quizá llevamos demasiado tiempo dejando que otros se quemen.