En la Ciudad de México los automóviles no sólo circulan: palpitan. La ciudad entera parece construida alrededor de su ruido. Desde antes del amanecer, cuando las avenidas conservan humedad, ya se escucha el murmullo sobre Viaducto, el siseo de los camiones foráneos en Tlalpan, el cascabeleo de un taxi viejo frente a una fonda dejando el olor a gasolina. La capital aprendió a reconocerse en los motores.
Ahora, el país inicia un cambio hacia otra forma de movimiento: el silencio eléctrico.
En el anuncio de los avances del prototipo eléctrico Olinia, la presidenta Claudia Sheinbaum refrendó, bajo el brillo de pantallas y renders, un viejo ideal: fabricar autos mexicanos para el futuro.
Desde el Borgward ensamblado con tecnología alemana en Monterrey hasta los Javelin rugiendo en la Zona Rosa, México ya había tenido motores con identidad propia. Aquel Borgward aspiraba a convertirse en “el coche del presidente”: elegante, sobrio, fabricado en México, pero inspirado en la disciplina europea que fascinaba a mediados del siglo XX.
Todavía sobreviven talleres mecánicos en la colonia Doctores, en Portales o cerca de La Viga: locales oscuros donde el aire huele a gasolina y aceite quemado. Ahí sobreviven los últimos sacerdotes de la combustión. Hombres que distinguen un motor “al oído”, como quien reconoce una voz familiar.
Ellos recuerdan los años en que México pretendió convertirse en potencia automotriz.
En Ciudad Sahagún, Hidalgo, el sonido de las líneas de ensamblaje de la empresa estatal DINA era el latido industrial del país. Las máquinas de soldar iluminaban la nave con relámpagos azules. El acero vibraba bajo los martillos y los obreros salían con el rostro tiznado de hollín, orgullosos de fabricar camiones mexicanos que recorrerían carreteras infinitas. En el antiguo Distrito Federal, Vehículos Automotores Mexicanos —VAM— construyó algo más importante que automóviles: construyó una quimera de modernidad nacional.
Ningún otro auto alcanzó el aura legendaria del Javelin. Aún hoy, cuando aparece sobre avenida Insurgentes o en una exhibición de clásicos, la gente se detiene a mirarlo como un animal extinto. Largo, agresivo, musculoso, hecho para una ciudad que soñaba con velocidad. Su rugido atravesaba la Zona Rosa de los años setenta donde en la radio sonaba ‘Light My Fire’ de The Doors mientras la juventud mexicana descubría el rock, las discotecas y la carretera como símbolos de libertad.
Sus motores adaptados a la altura de ciudad y su presencia callejera lo convirtieron en un objeto de culto. Lo mismo ocurrió con el Rambler AMX, hoy convertido en pieza de colección y símbolo de una época en que el automóvil representaba prestigio y modernidad.
En aquellos años, la ciudad también sonaba distinto. El motor de un Rambler estacionándose frente a un edificio en la Narvarte; el claxon grave de un Jeep Willys cruzando caminos de terracería al borde de la capital; el rechinido de las motos “Islo” perdiéndose entre las calles. Cada vehículo tenía una personalidad sonora. Pero la misma ciudad que admiró el automóvil terminó atrapada en embotellamientos, humo espeso y cielos color ceniza.
En el siglo XXI aquel orgullo industrial se convirtió en culpa ambiental. La vieja promesa de velocidad terminó atrapada entre segundos pisos y contingencias. El automóvil había representado libertad, pero la ciudad creció hasta convertirlo en una forma de encierro. La capital que soñó con avenidas para correr ahora parece conformarse con sobrevivir al tráfico.
En ese cambio de época aparece Olinia.
El pequeño vehículo eléctrico que se fabricará en México parece venir de otra imaginación urbana: compacto, silencioso, tímido. Apenas alcanzará los 50 kilómetros por hora. No rugirá como el Javelin ni vibrará como los viejos VAM. Apenas se deslizará. Su sonido no es el estruendo del acero sino el murmullo de una batería. Donde antes dominaba el olor de la gasolina, ahora aparece la promesa del aire limpio.
Pero, detrás de esa modernidad silenciosa persiste la vieja aspiración mexicana: fabricar un automóvil propio para narrarse a sí mismo. Porque quizá eso son los autos en este país: una forma de autobiografía colectiva.
Entre el rugido de los motores clásicos y el silencio eléctrico del Olinia, vuelve la pregunta sobre qué clase de ciudad queremos. Y mientras los Javelin sobreviven en garajes de coleccionistas, el nuevo automóvil eléctrico busca abrirse paso entre bicicletas, scooters y avenidas saturadas.
El zumbido eléctrico comienza a reemplazar el rugido de los viejos motores y la ciudad parece despedirse lentamente del siglo del acero, la gasolina y el humo.
Como si la capital entrara en una nueva era donde el futuro ya no huele a combustible sino a litio y silencio. Quizá por eso Olinia resulta revelador: porque no nace en una ciudad que sueña con la velocidad, sino en una metrópoli exhausta a la que le basta con sobrevivir al tráfico.