Durante décadas, la ciencia y la academia en México se convirtieron, poco a poco, en espacios cerrados. No por falta de talento, sino por una lógica que privilegió a pequeños grupos, redes de influencia y visiones desconectadas de la realidad cotidiana del país. La reciente destitución de José Romero Tellaeche como director del CIDE y su sustitución por Lucero Ibarra no es un hecho aislado: es el reflejo de una transformación más profunda que hoy encabeza Rosaura Ruiz Gutiérrez, titular de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI).
Lo que hoy está ocurriendo en el CIDE no se explica sin el cambio de paradigma que Rosaura Ruiz y su equipo han impulsado desde la política pública. Ya no se trata de sostener instituciones que se miran a sí mismas, sino de construir centros de conocimiento que miren al país. Como bien señaló la presidenta Claudia Sheinbaum, el elitismo académico no es una virtud, es una falla estructural que aleja a la ciencia de los problemas reales de la nación.
El CIDE se convirtió durante años en símbolo de una academia desconectada del pueblo que la financia. Becas, investigaciones, foros y publicaciones parecían pensados para círculos reducidos, sin traducirse en soluciones para comunidades, gobiernos locales o sectores productivos. Esa visión hoy se está desmontando. La decisión de remover a su director no fue un acto autoritario, sino una señal clara de que el país exige instituciones que sirvan, no que se sirvan.
Rosaura Ruiz no llegó a destruir, llegó a democratizar el conocimiento. Su proyecto busca que la ciencia y la tecnología dejen de ser patrimonio de una élite y se conviertan en una palanca de transformación social. Desde la SECIHTI se ha insistido en que la investigación debe estar vinculada con el desarrollo nacional, con la justicia social y con la solución de problemas concretos: pobreza, violencia, rezago educativo, crisis ambiental y desigualdad regional.
En ese mismo espíritu destaca el trabajo de Araceli Ontiveros Vázquez al frente del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). Su liderazgo ha sido clave para romper inercias, ampliar la participación y reconocer el valor de quienes investigan desde contextos históricamente marginados. El mérito académico ya no se mide por pertenecer a ciertos grupos, sino por el impacto real del conocimiento en la sociedad.
Lo que está en juego no es un cargo, es el modelo de país que queremos. La ciencia que se encierra en sí misma se marchita; la que se abre al pueblo florece. Hoy, con Rosaura Ruiz al frente, México avanza hacia una nueva relación entre conocimiento y sociedad, donde el saber deja de ser un privilegio y se convierte en un derecho.
El mensaje es claro: la academia no está por encima de la nación. Está para servirla. Y ese cambio, profundo e histórico, ya comenzó.
@jlcamachov