Taddei se va, el problema se queda

30 de Octubre de 2026

Taddei se va, el problema se queda

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Annia Quiroz

Lo que pasó con Guadalupe Taddei en el INE no debe solo reducirse a su nombre, a su renuncia y a la búsqueda de quien ocupará su lugar. Como si cambiar a la persona que está al frente de este organismo bastara para resolver lo que se ha puesto en duda.

En México tenemos la facilidad para convertir las crisis institucionales en historias de personajes. Nos concentramos en quién llegó, quién se va, quién perdió la confianza de quién y quién está moviendo las piezas detrás del escritorio. Nos gusta el pleito político porque tiene nombres y apellidos, pero esto debe ir más allá de eso.

En el caso del INE, la salida de Taddei ocurre en medio de cuestionamientos sobre contrataciones y posibles conflictos de interés que ameritan una investigación seria. La Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación de oficio para esclarecer los hechos y poder determinar las faltas y los responsables.

A quienes ocupan cargos públicos les corresponde algo más que defenderse de las acusaciones; también tienen que entender que la confianza es parte de la responsabilidad que asumieron.

El INE no es una oficina cualquiera. Su razón de ser es organizar elecciones y garantizar condiciones de competencia bajo reglas que no dependan de la voluntad de quien gobierna. Su autoridad no descansa solamente en la ley, en sus procedimientos o en la capacidad técnica de sus funcionarios. También necesita que la ciudadanía crea que las decisiones se toman con independencia y que las reglas se aplican incluso cuando incomodan a quienes tienen poder.

Por eso importan tanto las decisiones internas, los nombramientos y la manera en que se administran los recursos.

Durante la presidencia de Taddei se ha discutido la concentración de atribuciones administrativas, particularmente en los nombramientos dentro del instituto. No es una discusión menor ni debería desaparecer con su salida. Si una sola presidencia puede acumular facultades que deberían estar sujetas a una deliberación más amplia, el problema no se resuelve encontrando a alguien más para ocupar esa silla. Se resuelve revisando las reglas.

Pero, entonces, ¿qué tan sólidos son los controles internos de este organismo electoral en casos como este, cuando la actuación de su propia presidencia se convierte en motivo de cuestionamiento?

No escribo esto para dar por cierta una acusación ni para sumarme a quienes aprovechan cualquier tropiezo del instituto para desacreditarlo en su conjunto. Pero sí es importante examinar cómo recuperamos la confianza.

Las instituciones no se fortalecen porque nadie las critique; se fortalecen cuando pueden soportar las preguntas, investigar las irregularidades y corregir lo que no funciona sin convertir cada cuestionamiento en una batalla política.

Además, el momento importa, porque México ya está en la ruta del proceso electoral. La organización de los comicios no puede quedar atrapada en una disputa por la sucesión de la presidencia del instituto ni en una negociación de cuotas que termine pesando más que la experiencia, la independencia y la capacidad de quien llegue.

La siguiente presidencia tendrá que demostrar que puede conducir al organismo, pero también que entiende que dirigir una institución autónoma no significa disponer de ella a voluntad. La autonomía no es una patente de inmunidad. Mucho menos una invitación a concentrar poder sin suficientes contrapesos.

La salida de Taddei puede convertirse en una oportunidad para revisar cómo se toman las decisiones en el INE, cómo se supervisan las contrataciones y qué mecanismos existen para prevenir conflictos de interés, o puede terminar siendo una de esas crisis que hacen mucho ruido durante unos días, desplazan a un personaje y dejan intactas las condiciones que permitieron el problema.

Eso es lo que me interesa observar en las próximas semanas, no solamente quién se queda con la presidencia, sino qué está dispuesto a cambiar el instituto después de esta salida.

Porque si la respuesta es que todo se arregla con una nueva persona al frente, entonces habremos cambiado el nombre en la puerta sin tocar el fondo del asunto, y este país ya conoce demasiado bien esa historia.