Tlaxcoaque: el arte como forma tardía de justicia

21 de Enero de 2026

José Pérez Linares
José Pérez Linares
Abogado y Cronista. Ha publicado en Rumbo de México, Diario DF, El Capitalino.

Tlaxcoaque: el arte como forma tardía de justicia

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José Pérez Linares

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Foto: EjeCentral

En la Ciudad de México el tiempo no es una línea recta, sino un papiro: una piel escrita y reescrita, donde cada borradura deja el relieve de lo que fuimos. Esta primera semana de enero, mientras el frío seco calaba los huesos de quienes cruzaban el Zócalo, en la agenda del gobierno de Clara Brugada terminó de perfilarse una de las apuestas más audaces de su administración en materia cultural: La Universidad de las Artes de la Ciudad de México.

No es solo un proyecto en el presupuesto de egresos ni un punto más en un documento oficial. Es, en esencia, un viraje profundo en la forma de concebir la cultura como política pública. La ciudad se piensa a sí misma como campo de creación, espacio público y laboratorio de memoria histórica. En esa lógica, la cultura deja de ser ornamento y se vuelve infraestructura moral.

La Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad ya lanzó la licitación para la construcción de la Universidad en la Plaza de Tlaxcoaque, con un plazo de obra que corre del 9 de enero al 31 de diciembre de 2026. El proyecto tiene horizonte, calendario y una carga simbólica que va mucho más allá de su trazo arquitectónico.

En ese vértice donde nace la Calzada de Tlalpan, paralela a la calle de 20 de Noviembre, la Plaza de Tlaxcoaque parece respirar distinto. Basta un parpadeo para volver a los años setenta y ochenta, a ese México de claroscuros donde Tlaxcoaque era un nombre que se pronunciaba en voz baja. El ambiente olía a miedo y orina, a humedad rancia, tabaco barato y al aceite quemado de las patrullas —y de los automóviles sin placas, con vidrios polarizados—, estacionados en batería como advertencia.

El inmueble albergaba oficinas de la Dirección General de Policía, Tránsito y Bomberos, pero en la memoria urbana era otra cosa: los separos donde se incomunicaba lo mismo a delincuentes del fuero común, que a quienes atentaban contra la seguridad de la Nación, o simplemente a ciudadanos comunes que, por mala fortuna, habían quedado a merced de algún agente de la Dirección Federal de Seguridad, la Brigada Blanca o la DIPD. Tlaxcoaque no era un edificio: era una pedagogía del miedo.

Quien pasaba por ahí en aquellos años sentía un escalofrío involuntario. Los separos eran sótanos sin ventanas ni relojes, donde el tiempo se suspendía entre el eco del abuso policial y el silencio cómplice de una ciudad entrenada para mirar hacia otro lado. Era la estética del terror: muros de concreto desnudo, focos parpadeantes y el crujido de puertas de hierro que se cerraban como sentencia. Delincuentes, disidentes, subversivos y despistados compartían una misma fosa emocional, donde la desesperanza se volvía rutina.

Hoy, la luz de enero de 2026 cae sobre la plaza de manera casi descarnada, iluminando un sitio donde durante décadas dominó el terror policiaco. La Universidad de las Artes no vendrá a borrar esa historia, sino a redimirla a través del arte como forma de reencuentro. En una ciudad que aprende a leer sus cicatrices como lugares de resistencia, Tlaxcoaque se somete a una operación más compleja que el olvido: la transmutación.

Donde antes hubo crujías de interrogatorio, los planos proyectan claraboyas cenitales para iluminar talleres de grabado, estudios de danza contemporánea y auditorios concebidos como espacios de encuentro. Los ingenieros hablan de “aislamiento acústico”, pero en el fondo se trata de un exorcismo urbano: que el sonido de un violonchelo o el golpeteo rítmico de los pies sobre la duela disuelvan, capa por capa, las reverberaciones de los gritos que el concreto guardó durante décadas.

El limbo de opresión comienza a retirarse. La atmósfera ya no es la del miedo activo, sino la de una expectativa contenida. Caminar hoy por Tlaxcoaque produce una sensación extraña: el lugar ya no oprime, contiene. No amenaza, espera. Lo que fue sinónimo de castigo clandestino empieza a imaginarse como germen de una ciudad que quiere aprender a sanar.

Entender que para pacificar una ciudad no bastan las patrullas ni los discursos, sino que es necesario devolverles la voz a sus lugares más mudos. En Tlaxcoaque, la historia ha iniciado un viraje silencioso. La ciudad se ha atrevido a comenzar una obra alquímica: el plomo se hará oro; el dolor, será música y danza; y los sótanos de la tortura, por fin, dejarán entrar un cielo de azul cobalto, se transmutará a un punto geométrico de luz y sonido.